Mi padre, aquel hombre joven, aplicado, trabajador, parco pero próximo, con quien se podía contar siempre. «Papá, ¿me puedes traer tal libro?». «Papá, llámame a las ocho». «Papá, matricúlame en el Instituto» Y mi padre lo hacía todo en silencio, puntualmente, sin desmayo, sin escaqueos, con sorprendente efectividad.
Era la juventud entregada a unos niños. Tenía la virtud de llenar de sentido las acciones más anodinas: la elaboración de un postre, la compra de unos tebeos, un paseo por el campo, el despertar del Día de Reyes ¿Qué habría sido de nosotros sin él? No era sólo todos los hombres, sino el Hombre. Su ascendencia provenía de ser el primero en servir.
Mi padre tenía una gran fuerza. Y, sin embargo, era humilde porque se preciaba a sí mismo. No había un solo día en que no me felicitara por la suerte de crecer junto a un hombre así. Jamás lo escuché discutir con mi madre ni imponer normas abstrusas ni atosigarnos con antojos o caprichos. La verdadera libertad, la verdadera democracia, la viví en el hogar, de modo que todas las libertades y democracias posteriores me parecen un pálida copia de aquélla.
Mi padre, leyendo siempre un libro en sus escasos ratos libres, amante de la Historia. Mi padre que, en 56 años de matrimonio, no faltó una sola noche a casa. Que, hasta el final de su vida, siguió bendiciendo los alimentos. Mi padre, incondicional de cada uno de nosotros, preocupado por cada uno de nosotros hasta el último día de su vida. Mi padre, siempre a nuestro lado, llevándonos al fútbol, al cine, a los toros, al teatro. Mi padre, que sabía hacernos trabajar sin palabras, que gozaba entrando en nuestros cuartos y viéndonos estudiar, que se levantaba por las noches a arroparnos, que nunca se metía en nuestras vidas, que siempre fue imparcial y que, sin embargo, nos cuidó visceralmente, con la fuerza de su amor y de su inteligencia.
Hoy día, cuando esta palabra está desposeída, cuando la paternidad se puede suprimir de un plumazo, esgrimo la palabra como un arma cargada de futuro, como un insulto contra la levedad analfabeta, como una provocación contra los matadores del padre, y, así, como un verso, como un conjuro, como un haz de luz, pronuncio: papá y papá y papá y papá y papá y papá y papá Y que los idiotas se rasguen las vestiduras. Y que los cretinos se mesen los cabellos. Y que los psicólogos de tres al cuarto crepiten. Y que haya un clamor contra el mensajero. No importa. Lo seguiré diciendo aunque me vejen o me arrastren.
¿Y dónde dejo a mamá? Mamá no ha sido puesta en la picota. Mamá no ha sido degradada. Mamá sigue siendo tan importante como fue papá. No está prohibido decir mamá. Por eso miro al otro lado del espejo, como una compensación. Y que lo rompan si se escandalizan. Cada fragmento, cada trozo, seguirá gritando: «¿Papá!». Como yo gritaría si alguien lo hubiera hecho desaparecer de mi vida. Así gritarán mañana muchos niños de hoy.





