EN estos días se viene hablando mucho del Pazo de Meirás. Todo el mundo sabe que fue regalado mediante suscripción popular a Franco en 1938. La obligatoriedad de la colaboración formó parte de los modos y formas de la dictadura. A pesar del tiempo transcurrido el silencio de los vecinos pone de manifiesto el miedo que atenazó a este país y lo mantuvo sumido en el inmovilismo que caracterizó aquellos oscuros y eternos años.
Ese Pazo fue destruido por los franceses que entraron en la Península supuestamente de paso para Portugal, pero que decidieron quedarse dando así comienzo a una guerra de guerrillas que arrasó gran parte de nuestro patrimonio.
Fue Emilia Pardo Bazán quien lo compró y restauró instalándose en él. Allí se escribieron gran parte de sus obras. Seguramente el espíritu de sus personajes se pasea todavía por la enorme casa. ¿Qué nos contarían si pudiesen hablar? Paradojas de la vida, esta mujer fue un ejemplo de lucha. Revolucionaria, feminista, librepensadora, acogió entre aquellos muros a los intelectuales más progresistas del momento.
El acto de escribir, de crear, es un momento mágico en el que se paraliza el tiempo y las musas a través del autor o la autora dan vida a historias que flotan en el éter desde sabe Dios cuando esperando para ser contadas. Es un parto invisible que da vida a unos personajes que solo toman forma cuando alguien los lee, pero que existen, están ahí.
Los de ella fueron imbuidos de su espíritu. Luchadora incansable usó su pluma para denunciar todo tipo de injusticia social, en particular la que sometía a la mujer condenándola a la ignorancia y a un eterno papel limitado al servicio del hombre.
Y allí se quedaron. Imaginen su estupor ante la llegada de los inquilinos que la supuesta donación convirtió en nuevos propietarios. Debió ser muy difícil para ellos convivir durante tanto tiempo con el espíritu cuartelero y retrógrado que se instaló en la casa.
Con el paso de los años la muerte visitó a alguno de los dueños y su espíritu se incorporó a los habitantes invisibles que poblaban el lugar, creando una confusión aún mayor entre los que llevaban allí desde siempre.
Ahora el pueblo quiere recuperar el Pazo por su valor histórico y cultural y devolverle las reminiscencias literarias que en su día tuvo. Pero los descendientes del dictador se han atrincherado y en un irónico 'no pasarán' niegan una y otra vez la entrada a los técnicos de la Xunta encargados de su estudio.
Quien sabe, quizás venza el espíritu que un día reinó en el lugar y sea el aliento cargado de libertad el que logre moverlos.