LA calle Elvira es la puerta de entrada a la Granada más buscada cada día por miles de turistas. Las teterías de la zona de Calderería, los serpeantes callejones conducentes al Albaicín más alto y el sabor de la tapa en la bodega más típica parten de esta vía, penúltima esquina del camino hacia la Alhambra. Sin embargo, resulta extraño ver a un turista disparando su cámara de fotografías para incluir en el álbum de recuerdos las excelencias de esta vieja alma de Granada. Más bien al contrario. «Los visitantes siempre nos preguntan si es peligrosa y prefieren sortearla. El recorrido preferido para ir a Plaza Nueva no es la calle Elvira, sino la Gran Vía». Manuel Martínez, recepcionista del Hostal Arteaga y vecino de esta zona, no se muestra muy hablador pero sí es claro para describir con pocas palabras los problemas más acuciantes de este entorno. «La inseguridad, los graffitis y, bueno, el ruido no lo incluyo porque ya nos hemos acostumbrado».
Las estrechas aceras apenas mantienen dentro los dos pies de una persona. No dan para más. Para ayudar más al viandante, el Ayuntamiento colocó hitos en distintas puntos de la calle que sólo sólo entorpecen el paso del peatón. Para coronar esta carrera de obstáculos aparecen las vallas de las obras de edificios o los contenedores, fáciles de encontrar, de pie o tumbados, en los lugares más insospechados.
La tranquilidad no tiene cabida en la segunda calle más céntrica de la ciudad. El ciudadano camina, si se puede, en fila de a uno por estas aceras, pisando la calzada para no chocar con cualquier peatón que venga de frente, siempre y cuando el ruido del motor de las motos o de los coches no suene. El Ayuntamiento de Granada tuvo la feliz idea de desviar el tráfico privado de la Gran Vía por esta autopista del olvido, arriesgando la integridad física de cualquier peatón. Nueve de la mañana, doce del mediodía, seis de la tarde o lo peor, la noche. La barahúnda de vehículos no cesa en todo el día. «Como se pare un camión durante dos minutos se monta un caos insoportable», dice Pepe Molina, propietario de una tienda de estanterías, ubicada al principio de la calle. «Todos los días nos encontramos con lo mismo. Colas de coches. El humo de los tubos de escape y todo el mundo pitando. Estamos muy cansados de todo esto. Lo deberían arreglar y sacar el tráfico de aquí». Ninguna ciudad española recurre a su casco histórico para acoger el tráfico rodado. Esta parte de Granada, sí. Y así lleva casi ocho años. Los suficientes para que las estanterías de la tienda de Pepe escondan el color de la madera debajo del negruzco hollín despedido por los vehículos cuando queman su gasolina. «La calle más bonita de la ciudad está contaminada y sucia». Este comerciante lleva 44 años instalado en las entrañas de este puerta de la ciudad.
Vecinos reivindicativos
La asociación de vecinos del bajo Albaicín acumula año tras año los recortes de denuncias o comunicados de prensa emitidos para denunciar los males de la gran olvidada del centro. «Peatonalizar la calle, cerrarla al tráfico descontrolado, la limpieza de fachadas con los graffitis incluidos, el control de ruidos y una mayor presencia policial para evitar la inseguridad» son algunas de las peticiones que Manuel Navarro Lamolda -presidente del colectivo vecinal- ha convertido en la carta a los Reyes Magos. La respuesta del Ayuntamiento de Granada o de la subdelegación del Gobierno ante estas reivindicaciones ha sido mirar hacia otro lado. «La gente turista no entra a nuestras tiendas porque no está tranquila aquí en esta calle. Siempre caminan deprisa. Los 'hippies' se sientan junto a nuestros negocios con sus perros y litros de cerveza. Asustan a nuestros clientes que prefieren pasar de largo, aunque les gustaría entrar para comprar recuerdos». Omar Ratea es el dueño de la tienda de 'souvenir' ubicada justo en mitad de la calle Elvira. La proliferación de negocios árabes ha añadido otro gancho más para el turista, pero sin embargo este comercio emergente topa con un problema: «nosotros no estamos en las mismas condiciones de pedir cosas mejores para esta calle porque somos extranjeros y no nos hacen el mismo caso que a la gente de aquí», comenta.
La distancia que separa a la Gran Vía de Elvira es la de cientos de graffitis salpicados por la mayoría de las fachadas, salvo la de la galería de Arte Elvira, completamente limpia. Lo peor es el dineral recibido desde Europa para subvencionar la rehabilitación de viviendas y lo poco o nada que lucen con las pintadas que las ensucian. Ni siquiera se salva el patrimonio cultural que ennoblece esta calle. La distancia con la Gran Vía no se mide en metros, sino en las inversiones acometidas entre una y otra. La arteria central de la ciudad cambió su fisionomía a golpe de talonario: farolas nuevas, calles más anchas, arbolado Veinte metros más arriba de Gran Vía, las farolas rotas se multiplican, las pintadas encierran al viandante en un paisaje tétrico dentro de un casco histórico y los controles policiales se echan de menos. Sólo veinte metros más arriba de la Gran Vía está una de las calles más maltratadas de Granada.
«Está muy abandonada. Resulta raro no asistir a una pelea algún día. Muchos turistas vienen preguntando por la calle Elvira y se marchan desencantados cuando comprueban lo sucia y guarra que está». El quiosco de José Manuel Barbero es el punto de encuentro de vecinos y no vecinos del entorno. «Aquí llevamos muchos años pidiendo soluciones sin que nadie nos haga caso». La calle no está preparada para el turismo, «carece de señalización», y deben «mejorarla como sea». Granada «vive del turismo» y, añade, «si esta es la primera o última imagen que se llevan, apañados estamos».
La concejalía de Urbanismo sí ha mantenido una política rígida sobre el control de solares y edificios en esta zona, lo cual ha servido para presionar a muchos propietarios de estos inmuebles para que acometieran la rehabilitación de casas. Las penalizaciones por no construir en los plazos previstos, por el estado de ruina de algunas viviendas o por la contaminación paisajística que suponía el uso de aparatos de aire acondicionado colgados de las fachadas o algunos rótulos inapropiados de comercios, han servido para poner algo de orden en medio de este caos.
Una calle que conduce al turista de alto nivel adquisitivo al hotel de cinco estrellas Santa Paula, debido a las restricciones de tráfico de la Gran Vía. No sólo un cinco estrellas, poco antes del arco de Elvira aparece el hotel Triunfo de cuatro estrellas. Y no es casualidad que uno y otro estén ubicados ahí, justo en el corazón de la ciudad, donde el turismo busca ese sabor de embrujo que hace de Granada uno de los rincones más buscados del país por el turismo. Justo ahí, en el centro del Sur de España, despierta cada mañana está calle sin cinco estrellas.
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