Domingo, 22 de julio de 2007
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ALMERÍA

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Los lobos de Greenpeace
Nueve horas de navegación y charla en el 'Rainbow Warrior II' permiten conocer a la tripulación del barco más amado y odiado del mundo
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El 'Rainbow Warrior I' fue hundido en 1985 por los servicios secretos franceses cuando los ecologistas protestaban por las pruebas nucleares de los galos en Mururoa -supuso la muerte del activista portugués Fernando Pereira-. Este martes, el 'Rainbow Warrior II' viajó de Barcelona a Palamós dentro de su campaña en el Mediterráneo español. Fueron nueve horas de navegación a 8 nudos -12 kilómetros por hora para los profanos en náutica- con los sucesores de aquellos escudos humanos. Maite, la cría de Albacete, es uno de ellos.

LEVANDO ANCLAS EN BARCELONA

A las 10.35 es hora de zarpar. La gente saluda desde el puerto de Barcelona. El barco despierta simpatías, al menos entre los paseantes, porque también ha recibido alguna que otra andanada de huevos duros de parte de pescadores cabreados. Maite es una tía aguerrida con mucho brillo en los ojos y músculos forjados a base de duro trabajo en el navío. Cuando acaba de reparar el óxido y pintar por la popa, empieza de nuevo por la proa. Es lo que tiene un barco de hierro de 52 años. Ha estado embarcada con Greenpeace seis veces, dos en cada uno de los tres buques que la ONG posee en la actualidad -además del velero 'Rainbow', el 'Esperanza' y el 'Artic Sunrise', curiosamente, un antiguo barco de caza de focas. También tienen un helicóptero, el 'Tweety'-.

Para estar contratada como marinera (sin serlo de profesión) hay que realizar dos travesías de tres meses cada una como voluntaria para aprender. Una vez cumplidos, por esta labor se perciben unos 1.200 euros mensuales.

«Estudié Derecho y estuve un año de abogada, pero me mataron a mi primer cliente en una riña de sábado y lo entendí como una señal», cuenta sobre su vida anterior a Greenpeace, organización a la que se apuntó hace 20 años al ver la pegatina de un coche. «Siempre fui muy ecologista, muy pacifista. La primera vez que me dijeron que me contrataban como marinera me puse a saltar de alegría, no me lo creía, y gritaba: '¿¿¿Me voy de marinera de Greenpeace!!!'».

Pero más que de aquellas imágenes de los bidones radiactivos, Maite se acuerda de las campañas por las ballenas -«Al verles, yo decía: 'eso es lo que yo quiero ser'»-. De ahí su alegría cuando, en su cuarto viaje, hace dos inviernos, embarcó en el 'Artic Sunrise' rumbo a la Antártida para enfrentarse a los balleneros japoneses, su 'acción' más complicada. Así lo cuenta ella mientras el electricista alemán Martin Steffens toca la guitarra en el comedor del barco:

«Fue duro de verdad, no sabes lo que es ver a una ballena muriendo a tu lado. Lloras, ¿vaya si lloras! Las zodiacs tenían un sistema para lanzar un chorro de agua que no dejaba ver al arponero. Nos interponíamos entre el barco y el animal, pero ellos maniobraban muy rápido y nos dejaban atrás. Ver morir a una ballena es durísimo; cuando suena el cañón, ese gran 'bum', es como un disparo al corazón. Estaban cada vez más tensos, querían su cuota y no les dejábamos. Entonces dispararon el arpón y nos quedamos enganchados a la ballena, casi nos matan. Lo peor es que tiraron de un cabo y Texas, el segundo oficial, se quedó en el aire enredado. Al fin pudo soltarse y se fue al agua de la Antártida. Ahí decidimos parar». Más tarde, Maite pudo reír al fin cuando saltó al hielo y vio a los pingüinos. «Fue el día más feliz de mi vida».

A BORDO NO SE COME PESCADO

A mediodía se almuerza. Patricio Sacco, un argentino de Tucumán de 23 años, es el cocinero, ayudado de la italiana Simona Fausto. Éste es su segundo contrato con Greenpeace. Estudió para chef y de ello trabajaba en su país, pero envió un currículum y un capitán paisano suyo le recomendó: «Y aquí estoy. ¿Esto es muy grande, impresionante, es una meta que nunca pensé alcanzar! Soy feliz», resume él. Ahora, lo más extraño -e ilógico- es que a bordo no se come pescado. «Sí lo comemos, pero nunca en campaña de mares como ésta. Es por la prensa, porque hay mucho amarillista que podría verlo y decir que pedimos que no se pesque y luego comemos peces. Pero nosotros no luchamos contra la pesca, sino contra la que se hace sin control». Sacco siempre intenta adquirir productos ecológicos u orgánicos y del lugar donde atracan.

Hoy ha preparado comida para 40 personas -aunque a veces sólo cocina para las 12 que componen la tripulación-. Hay pasta, polenta, vegetales, pizza, pollo... «Tenemos mucho vegetariano, pero, por suerte, en este viaje no me tocó ninguno que sólo pida verdura...». Por lo general, ni el cocinero, ni el capitán ni el médico suelen participar en las 'acciones', pero Patricio no quiere privarse de esa ilusión y cuando puede deja la comida preparada. «La que más me gustó es una que hicimos en Londres contra un submarino nuclear y otra en Holanda, donde me encadené en una grúa a 30 metros de altura». Los activistas reciben entrenamiento y siempre realizan estas prácticas bajo estrictas normas de seguridad y acompañados de profesionales. ¿Y cuando uno vuelve a casa? «El primer mes no quiero saber nada del barco, pero después empiezo a añorarlo».

Texas Constantine, el hombre que quedó enganchado en la cuerda del arpón ballenero, tiene 31 años, es canadiense y segundo oficial en el 'Rainbow Warrior II'. Prefiere recordar las campañas de bosques en su país: «Estabas allí colgado de un árbol bajo la lluvia varios días, pasando mucho frío y pensando en una playa tropical. Este trabajo merece la pena, aunque sea duro porque estás luchando por cosas buenas en las que crees».

Pero él no es el único que ha estado colgado: Marta García es la responsable de Acciones de Greenpeace en España, entre ellas la de la pintada en la fachada de ese hotel de glamuroso nombre, El Algarrobico, en Almería, realizada la semana pasada. En otra protesta, Marta aguantó seis días junto a un compañero en la minúscula plataforma del mástil de un barco que llevaba pesca ilegal. «Creía mucho en lo que estaba haciendo y mi compromiso en aquel momento era lo más importante. Llevaba mi mochila con comida, agua, ropa para abrigarme por la noche...». ¿Y cuando vienen las ganas de orinar o...? «En una bolsa de plástico». Se muestra entusiasta respecto al 'Rainbow', donde ha pasado cuatro meses como voluntaria: «Da igual si es tu primera vez en el barco o no, los pelos se te ponen como escarpias».

Mientras el capitán descansa, Texas guía la nave; muestra los radares, la carta de navegación... «Cuando llegamos a puerto, otros barcos nos dicen por radio: '¿En serio sois el 'Rainbow Warrior' de Greenpeace? Oh, ¿qué bueno!'. Se alegran de vernos, éste es un barco especial», cuenta con orgullo.

APARECEN LOS DELFINES

Pero aún queda un buen rato para llegar a Palamós, en Gerona. Son las cuatro y cuarto de la tarde, hace sol, el velero navega a motor por la falta de viento y acaba de hacer su aparición un grupo de delfines. «Siempre son buena señal», dice Leslie Simkiss, la doctora del barco, una neozelandesa de 59 años que también hace labores de marinera y a la que muchos consideran una madre. En su camarote hay un armario lleno de medicinas y el poster de un gorila sacando un dedo con la leyenda 'No destruyas tu casa para hacer la mía'. Lleva desde 2000 en barcos de Greenpeace. Pasa seis meses en la mar, seis en casa. Y eso que nunca antes había navegado. Trabajaba como médico de una empresa, «pero necesitaba cambiar». Su marido había muerto hace tiempo y sus dos hijas ya eran mayores, así que cuando un amigo que navegaba con la ONG le propuso este trabajo tardó 30 segundos en decidirse. «Quería viajar y aquí estoy. Siempre había tenido conciencia medioambiental. Todos los días son diferentes: unas veces pinto, limpio, otras participo en alguna 'acción'. Como médico, no hay mucho trabajo: pequeñas heridas, golpes, mareos...», dice la doctora.

Como excepción, en este viaje hay otro doctor, el 'Vilches' de 'Hospital Central', Jordi Rebellón, que se encuentra aquí para apoyar la campaña del Mediterráneo. Es socio desde hace dos años y le encanta el mar: «Tengo una casa en Águilas (Murcia) y he visto cómo han construido sin límites, se están cargando playas vírgenes. Por eso ofrecí mi colaboración, hay que ayudar a esta gente».

'RASCACIELOS' EN PALAMÓS

El capitán, Joel Stewart, anuncia que queda poco para llegar. Nacido en Oregón (EE UU) hace 52 años, trabajaba en barcos comerciales. «Pero estaba muy desilusionado con muchas cosas que estaban pasando, como por ejemplo lo del 'Exxon Valdez'. Así que me ofrecí a Greenpeace, de la que ya era miembro, y me contrataron en el 'Rainbow Warrior II'». Dos años más tarde conoció en este buque a la que hoy es su mujer, una activista española con la que vive en Costa Rica. Stewart recuerda con especial cariño aquella 'acción' en 1985 en las islas Marshall: «Sus 320 habitantes estaban afectados por pruebas nucleares que mi país realizaba en la zona. Así que los trasladamos en el barco a la isla Mejato, que estaba sin contaminar. No sabes cómo nos lo agradecieron».

Sobre las siete de la tarde, el 'Rainbow Warrior II' hace su entrada triunfal en Palamós. Bonito pueblo, salvo por esos edificios de 20 plantas que se ven despuntar a la izquierda del puerto, ejemplo del despropósito urbanístico de la costa Mediterránea que este navío ha venido a denunciar. Entonces salen a recibirlo algunos barquitos haciendo sonar sus alegres sirenas, entre ellos el de un amigo de 'Vilches'. Esta vez, los pescadores les esperan sin ceño: junto a Greenpeace reivindican la creación de reservas marinas en este mar.

 
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