Lunes, 18 de junio de 2007
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OPINIÓN

LACOLUMNADELBÚHO
Fauna granatensis
LA editorial 'Almuzara', en su colección 'Andalucía', donde ya figuran varios escritores granadinos, publica el libro de Jorge Cabrerizo 'Fauna granatensis' (Teoría de los granadinos), a través del cual este joven autor, paisano nuestro, historiador de arte, y actualmente guionista de la productora Euromedia Films, así como del director holandés Ruud Van Hemert, nos ofrece una galería de retratos, fisonómicos y psicológicos, sobre una amplia serie de personajes locales, definitorios de nuestras señas de identidad popular.

Desde la figura estrafalaria del 'Hippy del Darro', a 'La mujer de las perdices asás', pasando por 'La gitana del ramito de romero', 'La señora que te cuenta sus dolamas', 'El tío de debajo del gigante', 'El guiri', 'El guardia de la plaza de los Lobos', o 'El señor que lleva el carro de las chucherías en Semana Santa', entre otros tipos que actúan sobre el escenario del callejero granadino, se perfila una esperpéntica representación, algo más que caricaturesca y matizada por la ironía reflexiva, de lo que podría ser una función surrealista de la vida ciudadana granadina.

Los granadinos sabemos que aquí, en nuestra tierra, y no sólo por la influencia maléfica de la malafollá genética que, con variable graduación fonsecamétrica, padecemos todos, abundan los llamados 'majarones', algo así como un cruce de locate y fantasma, raros seres insomnes y volátiles, despistados y peripatéticos, que parecen estar, y lo están, de cuerpo presente en varios lugares a la vez. Son realmente ubicuos, de tal modo y manera que cuando cualquiera de ellos, o ellas, merodea por los jardinillos del Salón, al mismo tiempo baja por la cuesta de los Chinos, o toma el fresco por el Paseo de los Tristes. Nunca fallecen. Se suceden a si mismos, permaneciendo incorporados al paisaje, lo mismo que las estatuas de los monumentos públicos, o los muñecos de un Museo de figuras de cera. Algunos ejemplares de esta variedad 'sui generis' de tipos granadinos, como una especie de endemismo sociológico, insólito, aparecen tratados con ternura y hasta cariño en la 'Fauna granatensis' de Jorge Cabrerizo, un zoológico humano, digamos, al que en próximas reediciones podría ir incorporando otros de los muchos y variados personajes, dignos de pasar a la posteridad histórica granadina, tanto por sus singulares características personales como por sus estrafalarios comportamientos.

Este libro se abre con un sustancioso prólogo de Tico Medina, cronista oficial de la ciudad de Granada, en el que recomienda su lectura porque es «la crónica palpitante de un excepcional investigador, y contador, de lo que todo el mundo ve pero nadie cuenta». El propio autor, en su introito, nos advierte que el suyo no es un libro 'de' humor, sino 'con' humor, que no es lo mismo. Aparte de señalar que todos los personajes que aparecen a través del texto «existen, pero en ningún caso son reales». Son tipos reconocibles, afirma, pero que en ningún caso se refieren a persona concreta alguna. Por lo tanto, si alguien se da por aludido, absténgase de molestar, o sea dar el coñazo, con superfluas reclamaciones. Por último, como cierre de la edición, aparece un epílogo, perpetrado por un servidor de ustedes y del que me declaro responsable a todos los efectos.

Lo cierto es que la lectura de este libro me trae a la memoria que antiguamente, cuando yo era un esmirriado chavea transparente, por la plaza de Bib-Rambla, corazón del callejero granadino, entre la variopinta 'fauna granatensis' que por allí pululaba, concurría algún que otro retratista, uniformado con la bata blanca, propia de un enfermero, y la gorra de hule, característica de los cocheros, trasteando su aparatosa cámara de fuelle, montada sobre un alto trípode, esperando pacientemente la aparición de cualesquier familia, probablemente catetos provinciales, que decidiera retratarse, con la torre de la Catedral al fondo, apelotonados y sonrientes, jacarandosos y bromistas, o fotografiar al niño, el día de su cumpleaños, o la niña que recibe su primera comunión. Tampoco sería raro el caso del soldado de Infantería que se retrataba simulando montar el viejo caballo de cartón descolorido y repintado, que solía aparecer junto a la máquina y los utensilios profesionales de aquel sosegado retratista.

Creo que Jorge Cabrerizo, sin él sospecharlo, es uno de aquellos antiguos fotógrafos ambulantes. Los personajes que salen retratados en su libro tienen ya ese melancólico color amarillo, virando al sepia, de las añejas fotografías familiares traspapeladas en los cajones de la memoria. Son las figuras de un teatrico popular, representando sobre el escenario de la plaza, bajo el decorado plateresco de la fachada del palacio arzobispal, la cotidiana función del acontecer ciudadano. Son las fotos fijas de los actores que personifican la galería de los 'bartolos' y 'volaeras', y otros tipos, típicos y tópicos, exclusivos de una histórica Granada inmóvil, 'Bella durmiente de España', ensimismada en el sopor de su propia ensoñación paisajística.

Ya digo que Jorge Cabrerizo no lo sabe, pero yo estoy seguro de que él es uno de aquellos antiguos retratistas, al minuto, de la plaza Bib-Rambla. Años cuarenta del siglo pasado. Días oscuros, largos y melancólicos. Ahora, la vieja cámara fotográfica, con todos sus artilugios complementarios, se habrá convertido en un minúsculo teléfono móvil, prodigiosamente versátil. El caballo de cartón piedra se lo colocaría algún alcalde bromista en lo alto del tejado del Ayuntamiento, quieto, sobre el reloj y las musiquillas que difunde con las horas. El jinete que lo monta puede ser 'el tío de debajo del moro gigante' que acompaña a la Tarasca cuando sale a la calle por las fiestas del Corpus. Isabel la Católica, en su pedestal, 'la señora que le cuenta sus dolamas' a don Cristóbal Colón. Y el Hombre de Orce, que viene con algún retraso por el Zacatín abajo, follaíco vivo, para que lo retrate Jorge Cabrerizo, con permiso de don Isidro, junto a la fuente de los Gigantones, con un ramito de romero en la mano y una panorámica y luminosa sonrisa dominical.

En Granada, el tiempo no se ajusta al compás de los relojes ni al rigor de los calendarios. Aquí siempre es ayer.

 
Vocento

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