Su padre era católico y su madre, budista. Ella se bautizó al casarse y sus cinco hijos aprendieron a leer con un libro de oraciones. El más pequeño, Vicente Guo, nació en 1974. «La política del hijo único se impone en 1979, ¿así se entiende que seamos tantos!», aclara el benjamín. Todos ellos son católicos, como un tercio de los vecinos del pueblo, al sur de China, en Fuzhou. Los dos tercios restantes son protestantes. «Unos y otros nunca rezan juntos; el ecumenismo es impensable. ¿La razón? Ningún obispo chino estuvo en el Concilio Vaticano II, que es cuando empieza a valorarse el diálogo interreligioso. Y el aislamiento siempre se traduce en conservadurismo. Muchos creen que ver un cuadro con mujeres desnudas es pecado...».
Vicente Guo, en cambio, rompe moldes: «Lo importante no son esas menudencias, el Mensaje es otra cosa, una invitación a la alegría y la convivencia». Y en ese sentido, encuentra muy parecido el cristianismo a las doctrinas de Confucio y el Tao, que son las creencias propias de China. «El budismo no, pues proviene de la India». Para conquistar el alma oriental, recomienda aprovechar el concepto de armonía del ministro de Justicia Confucio (551-479 a. C.), basado en el respeto al prójimo y el orden, así como ahondar en la serenidad del Tao que señalaba el filósofo Lao-Tsé (369-286 a. C.). «Podrían servir de complemento del cristianismo, sobre todo en lo que se refiere a la paz. Ambas enseñan que sólo quien está en paz consigo mismo puede transmitirla a los demás. Los conflictos se resuelven empezando por uno».