Las letras forman palabras; las palabras, frases; las frases, historias. Ayer por la tarde, en la Carrera de la Virgen, las historias eran hilos que se entrecruzaban tejiendo una red. Y en ese cedazo quedaban atrapados los paseantes con más tiempo, o con más pasión por la literatura. Entre los hilos escapaban vivos los transeúntes distraídos, los que tenían ocupaciones importantes, los que creyeron que la megafonía escupía promesas electorales. La editorial Cuadernos del Vigía estrenó ayer el proyecto Narradores a Pie, dentro de la XXVI Feria del Libro de Granada, en la que once escritores leyeron sus cuentos en plena calle tratando de pescar a quien les escuchara. Los cuentistas eran Cristina García Morales, José Cruz, José Manuel Motos, Cristina Gálvez, Elena Sanjuanbenito, Ginés Cutillas, Isabel Humbert, Alfonso Martínez, Mercedes Prieto y Marina Siri. De siete a ocho, la calle fue suya.
Jesús Ortega, representante de Cuadernos del Vigía, explicó que se trataba de «un encuentro lúdico y amable entre los escritores y el público». Algunos de los autores, dijo, son ganadores del Concurso de Microrrelatos de la feria del año pasado -que por cierto, se ha eliminado este año-; otros, alumnos del Taller de Escritura que la editorial organiza junto a la UGR y la Delegación de Cultura.
Al principio, los paseantes apenas lanzaban una mirada de extrañeza a la escena: un señor o señora leyendo ante un micrófono frente a la caseta de la editorial.
La curiosidad venció a los primeros lectores-oyentes, que se unieron al grupo de escritores, organizadores, amigos y familiares. Los aplausos y algunas risas actuaron como cebo y pronto se formó un semicírculo que a ratos llegó a alcanzar el medio centenar de personas y colapsó la circulación humana de la calle.
La literatura se batió el cobre con el ruido del tráfico y la megafonía de la feria. En cambio, los helados, los abanicos y unas gotas de algo minúsculo y refrescante que caía de los árboles del paseo fueron sus aliados.
Algunos autores optaron por los relatos brevísimos y acertaron. La tarde calurosa se prestaba a la indolencia, a una atención predispuesta a aflojarse y dejarse llevar por la corriente. José Cruz leyó su historia 'Morir matando': «De las muy estrechas relaciones que mi padre mantenía con su corazón, le vinieron los celos al marcapasos». Entre lo micro y lo macro, el pez chico se comió al grande.