Miércoles, 21 de marzo de 2007
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OPINIÓN

CARTAS AL DIRECTOR
Lágrimas en las mejillas... (Apuntes de la fiesta orgiveña de mayor tradición)
SE han vestido con sus mejores galas, aun mejores que las galas domingueras. En los ojos un brillo de emociones nuevas, y, sin embargo, son ya muy viejas. El resurgir de un recuerdo perdido en las brumas de los años, escondido en los rincones del corazón. La ilusión esperanzada y amorosa en los cálculos de una mocita; los proyectos prometedores en el noble espíritu de un joven. Todo esto -y mucho más- aflora esta jubilosa tarde por los ojos del alma

Y es un tarde luminosa de primavera, que destila sol y pone efervescencias en las venas como chorro de lumbre. La plaza -todos los pueblos tienen plaza y Órgiva no es menos- es amplia y espaciosa, donde se ubica la iglesia con sus dos torres esbeltas, airosas, iguales, con susurros de brisas centenarias enredados en sus muros, nimbadas de nubes blancas, que cubren de algodón las cruces que las coronan intentando escalar el cielo.

Esta plaza está animadísima. Hay rumor de colmena agitada y un nerviosismo especial flota en el ambiente. El gentío aguarda con paciente espera, febrilidad en los cuerpos y en las almas. Al instante, y de improviso, las campanas se arrancan en un voltear jubiloso, lanzando sones de plata y cristal a los cuatro vientos. El cielo ha purificado su inmenso azul, que se torna brillante. El sol derrama sus rayos de oro sobre el amplio paisaje. Se agita la muchedumbre. ¿Qué ocurre? ¿Es una aparición o un lienzo sublime de Velázquez desplegado sobre un fondo negro? Un escalofrío de emociones contenidas ha recorrido a la multitud como un soplo divino y sutil, sacudiendo sus sentimientos más profundos y arraigados. En el inmenso y grandioso vano de la puerta principal de la iglesia -que se abre a la plaza de García Moreno- aparece la figura ensangrentada, morena y agonizante del Cristo Crucificado en el momento más doloroso y trágico de su expiración, con los brazos abiertos, rígidos y yertos, clavados con alevosía blasfema en el madero; la cabeza, inclinada y entre sus labios entreabiertos y resecos, el eco estremecido y silencioso de unas palabras de perdón paras sus verdugos.

La majestuosidad del momento se quiebra en la tarde que declina y se torna en algo soberbio y bravo, como una grandiosa pantalla bélica. Se agita la muchedumbre y todos se repliegan en las bocacalles. En los portales de las casas, con un latido más en el corazón. Y todo se ahoga, se estremece. Suenan horrísonos, secos, atronadores, los cohetes y los truenos. Y la aparición del Cristo de la Expiración en la puerta principal del templo se nubla y desaparece en medio de una inmensa humareda, acompañada de fuertes estampidos El humo irrita los ojos y la nariz de las gentes y se percibe un fuerte olor a pólvora quemada. Se oyen de nuevo las campanas, que laten con ecos de melancolía y sonidos vibrantes y monótonos. La gente inunda de nuevo la plaza para contemplar la figura serenamente dramática, dolorida y redentora del Señor Crucificado.

Los rostros palidecen, las manos tiemblan; las almas, suspendidas y los ojos llenos de lágrimas, que empapan las mejillas y humedecen los labios temblorosos de los devotos del Cristo, con un sabor a espumas rizadas de un mar tenuamente glauco. Y una plegaria que sabe a sal y a sollozo se eleva hasta el corazón abierto del Crucificado, con sus ojos vidriosos y un gesto de resignada amargura en su boca entreabierta. ¿Será una ilusión de óptica o tal vez una alucinación de los sentidos? No sé. Pero en sus mejillas, pálidas y amoratadas, me pareció haber descubierto unas lágrimas como perlas preciosas en la dramática noche de su pasión. Cerré los ojos unos instantes y después miré al cielo emocionado y agradecido, porque me dejaba ver el rostro sufriente y entregado del Cristo de la Expiración, inmolado por la humanidad.

El cielo permanecía azul, intensamente azul. Una nube blanca lo cruzaba como si quisiera escoltar y proteger el espectáculo. Las campanas, lanzadas al vuelo, seguían tocando. Ahora la gente vitoreaba, entusiasmada, al Señor. Yo también, desde el fondo de mi corazón, lancé un viva silencioso y sentido al aire, que se esfumó, junto a los demás, como una saeta de amor y fuego Eran las seis de la tarde, la hora en que iniciaba su recorrido procesional la venerada imagen del Cristo de la Expiración. En el ambiente flotaba un aroma de incienso, pólvora quemada y vítores exultantes en alabanza del Señor, que bendecía amorosamente desde la cruz a los orgiveños y orgiveñas que se habían arracimado en torno a su adorable figura

 
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