Domingo, 25 de febrero de 2007
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Los niños del talio
El libro 'La tragedia del hospicio' recuerda el envenenamiento mortal de 14 niños del orfanato provincial en 1930 a causa de un error en la dosis El autor, Miguel Ruiz de Almodóvar, explica que el médico condenado, que confundió 8 mg. con 80, falseó pruebas con ayuda de otros colegas
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FICHA
F Título: 'La tragedia del hospicio'.

F Autor: Miguel Ruiz de Almodóvar Sel.

F Edita: Archivo Museo Ruiz de Almodóvar.

F Páginas: 115.

F Precio: 10 euros.

F Tirada: 500 ejemplares.

F Distribución: En la sede del archivo en Órgiva y en las principales librerías de Granada.

F Contenido: El libro relata la tragedia ocurrida en febrero de 1930 en el Hospicio de Granada (Hospital Real) donde 16 niños resultaron envenenados -14 de ellos murieron- por un error en la dosificación de las sales de talio, tratamiento de la tiña capilar. Dos médicos, un farmacéutico, un practicante y un enfermero fueron imputados, pero se beneficiaron del indulto general promulgado por la República, que se instauró antes de que se celebrar el juicio oral. El caso tuvo una gran repercusión en los periódicos de la época.

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EL viernes 7 de febrero de 1930, 16 niños residentes en el Hospicio Provincial de Granada fueron seleccionados para un tratamiento con sales de talio contra la tiña, una infección por hongos que afecta al cuero cabelludo muy contagiosa en poblaciones infantiles. El domingo día 9, uno de los chiquillos, el malagueño Juan Payán Vicente, de 10 años, sufrió complicaciones respiratorias y murió. El 12 de febrero, otros dos chavales con síntomas neurológicos sucumbieron también. En los días siguientes se produjeron nuevas bajas: uno tras otro, hasta catorce pequeños murieron entre dolores y convulsiones. Sólo dos sobrevivieron.

Este desgraciado suceso ha vuelto de nuevo a la actualidad gracias al trabajo de investigación del abogado Miguel Ruiz de Almodóvar. Historiador vocacional, el letrado alpujarreño recoge en las páginas de 'La tragedia del hospicio' la crónica de aquellos hechos, fruto de su pesquisa periodística y judicial de lo que considera «una de las páginas más negras de la historia de la Medicina en Granada».

El abogado conocía los hechos desde pequeño por su familia, pero sólo sabía «tres cosas: que un médico se había equivocado en el tratamiento de la tiña, que los niños se morían 'a montones' y que a partir de entonces a ese doctor se le llamó 'Herodes'». «Me extrañaba que algo tan importante no saliera en ningún texto de la época, por mucho que yo llevo años trabajando en el periodo que comprende la biografía de mi abuelo», el pintor José Ruiz de Almodóvar (1867-1942).

Lo que reactivó su interés por aquel suceso fue un reportaje publicado en IDEAL el 30 de noviembre de 2006, que, a raíz del asesinato del espía ruso Alexander Litvinenko -hasta que se descubrió que fue envenenado con polonio 212, se pensó que le había matado el talio-, relataba la trágica intoxicación del orfanato granadino. «Salió en portada y me impactó. '¿Dios, yo estoy detrás de esto!', pensé». La novedad más importante del reportaje fue que, al menos, los «montones» de muertos eran exactamente 14.

Tenían padres

Desde aquel día y hasta el pasado 1 de febrero, cuando el libro salió de la imprenta, el abogado pasó muchas horas investigando: primero en Internet, después en la hemeroteca y finalmente, en la Real Chancillería.

Según relata en su libro, el suceso traspasó pronto los muros del Hospital Real, en parte porque muchos de los niños implicados tenían padres: en el orfanato no sólo había huérfanos y niños abandonados, sino también hijos de presidiarios o, simplemente, críos cuyas familias eran demasiado pobres para mantenerlos. De hecho, algunas madres trabajaban como nodrizas en la casa-cuna del mismo establecimiento. También había un departamento de enfermos mentales y otro de ancianos. «El hospicio era un cajón de sastre en el que vivían las personas mas desamparadas de la época», recuerda el autor.

Pero lo que comenzó siendo un rumor saltó pronto a las páginas de los periódicos y conmovió a la vez que escandalizó a la opinión pública. ¿Habían sido los niños utilizados como «cobayas humanas» para un tratamiento nuevo? ¿Hubo un error en la dosificación del medicamento? ¿Se encontraban 'contaminadas' por algún tóxico las sales de talio? La investigación judicial a cargo de un juez especial se difundió en grandes titulares durante semanas. Y después... el silencio.

El libro relata cómo, casi tres años más tarde, el 12 de diciembre de 1932, la Audiencia Provincial dictó sentencia: 2 años y 4 meses de prisión para el médico Carlos Puertas, como autor de un delito de imprudencia temeraria, y una multa de 500 pesetas más las costas al también médico Ignacio Durán, el farmacéutico José María Muñoz y el practicante José Calero, como encubridores. El enfermero Francisco Palomo no fue procesado. En la misma resolución, se liberaba de su pena a los condenados en aplicación del indulto general de la República, instaurada el 14 de abril de 1931.

¿Qué causó la tragedia? Las primeras informaciones de prensa apuntaban a algún fallo en el pesado de los niños o a una administración errónea del medicamento. Sin embargo, el auto de procesamiento y la posterior sentencia dejan claro que los chavales recibieron una dosis de sales de talio diez veces superior a la indicada por un error del médico condenado: en lugar de 8 miligramos del fármaco por kilo de peso, el facultativo les prescribió 80 miligramos. Una dosis mortal.

Cuando los chavales empezaron a enfermar, los procesados falsificaron las recetas y rellenaron el frasco de sales de talio tras comprarla en varias farmacias, entre ellas una de Madrid, en un intento de ocultar tan grave equivocación, según la sentencia.

Con ello pretendían, presuntamente, hacer recaer la responsabilidad sobre el enfermero que había pesado a los niños y les había suministrado la medicina. La investigación detectó errores en estos procedimientos: al parecer, los pequeños se subieron vestidos a la báscula de la cocina, muy imprecisa, y algunos, en vez de tomar las sales mezcladas con agua, se las metían en la boca y luego bebían agua, por indicación del enfermero. Sin embargo, ni las autopsias ni las referencias médicas sobre el tratamiento -conocido desde hacía décadas- hacían pensar que una confusión menor fuera el origen del desastre.

Evitar el escándalo

La sentencia, afirma el autor del libro, resultó «una decepción», por la levedad de las penas. «El error es humano y disculpable, pero no la falsificación y las maniobras que llevaron a cabo, no sólo para confundir a la Justicia, sino para echarle la responsabilidad al más desgraciado, al cuartelero», asegura. La «jugada» fue buena: garantizado el indulto, aceptaron la petición del fiscal y se libraron del escándalo que hubiera supuesto el juicio oral.

«Una de las cosas que más me ha gustado de la investigación es la posición tan valiente de los periódicos de la época. Sin ellos, la gente no se hubiera enterado y posiblemente no se hubiera llegado a la sentencia», argumenta el historiador.

El autor del libro no encontró el fallo en los diarios que habían seguido el proceso -sobre todo, 'El Noticiero Granadino' y 'El Defensor de Granada'-; sí estaba en el archivo de la Real Chancillería. Ruiz de Almodóvar achaca ese silencio a la llegada de la República: «Los periódicos cambian radicalmente: toda la información es política y lo que antes era un suceso importante, seguido por toda la población, pasa a segundo plano».

Fotos históricas

Miguel Ruiz de Almodóvar encontró una colaboración extraordinaria de la responsable del archivo histórico de la Diputación, Pilar Arcas, a la que está muy agradecido. 'La tragedia del hospicio' incluye una extraordinaria colección de fotografías que pertenecen a un libro-álbum sobre la beneficencia provincial, tomadas entre 1927 y 1934. Aunque se trata de instantáneas «oficiales», en las que los chavales «parece que están en la gloria, bien vestidos y bien alimentados», tienen un gran valor histórico: en ellas aparecen, probablemente, las víctimas de aquel terrible error médico.

Tras acabar su libro, al autor le queda una sensación «gratificante»: la de haber sacado a la luz un suceso casi olvidado. Pero también tiene preguntas. Por ejemplo, si las familias de los fallecidos fueron indemnizadas. Y también qué fue de los dos chicos supervivientes, que, tras debatirse tres meses entre la vida y la muerte, hoy tendrían cerca de 90 años. Si aún viven, quizá podrían explicar un hecho algo enigmático: por qué cayeron enfermos pero no se quedaron calvos.

igallastegui@ideal.es

 
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