Martes, 20 de febrero de 2007
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OPINIÓN

TRIBUNAABIERTA
El cráneo de Orce
DESDE que hace unas semanas el Dr. José Gibert diera una conferencia en la sala Zaida de la Fundación de la Caja Rural en Granada, algunos periódicos no han parado de publicar cartas al director o artículos de opinión en los que se pide una explicación del trato que ha recibido Gibert por parte de la Junta.

En la citada conferencia, el científico de Sabadell dio a conocer el reciente descubrimiento en Tarragona, por el equipo del Dr. Campillo, de un(a) niño(a) de la época romana que presenta una cresta laminar en el occipital idéntica, ¿si no más alta!, que la del 'niño de Orce'. Tal y como me comunicó el profesor Emiliano Aguirre (por carta primero y personalmente después), se da por zanjada la discusión sobre la humanidad del cráneo de Venta Micena. Reacción de la Junta: mutismo oficial. Pero ésta es sólo una prueba más de las que se han publicado.Años atrás, mi amigo Enrique García Olivares y Concha Borja y sus colaboradores, en Granada, por un lado, y Jerold Lowenstein y los suyos, en San Francisco, por otro (independientemente un equipo de otro), detectaron proteínas humanas en el fósil de Orce, y lo publicaron en una prestigiosa revista americana. Reacción de la Junta: mutismo oficial.

Y es que, claro, Enrique ya nos dice en su carta que un asesor «científico-político» de la Junta (personaje muy dado a pronunciar frases lapidarias) dijo con contundencia que «la decisión de la Junta era que los fósiles de Gibert no eran humanos». A pesar de que las pruebas son cada vez más contundentes, la Junta ya ha decidido que el fósil no es humano; a pesar de que cada vez hay más especialistas de talla internacional (Tobias, Coppens, Aguirre, Bosinski, etc.) que avalan la humanidad del resto, la Junta ya ha decidido que el fósil no es humano. Y es que la Junta tiene un '¿asesor?' sobre el tema de Orce que sabe más que nadie; aunque no tiene ni idea de evolución humana ni de anatomía, él ha decidido que el fósil no es humano, y su opinión para la Junta es la verdad oficial. ¿Por qué? Pues porque este señor cumple dos requisitos indispensables: es catedrático (aunque su especialidad sean unos caracolillos llamados 'ammonites') y es miembro destacado e influyente del partido. En ningún país que se precie de ser democrático se permitiría que un perfecto desconocedor sobre un tema asesorase acerca de éste. Pero es que el señor catedrático no hace prevalecer criterios científicos (porque no los ha tenido, ni los tiene, ni los tendrá), sino los (por llamarlos de alguna manera) políticos. Y ya se sabe, frente a las verdades oficiales hay poco que hacer. Pero, ¿y si la verdad oficial no es la correcta? Ahí es donde nos equivocamos la mayoría: acaso no sabemos que cuando los políticos toman una decisión nunca se equivocan; seguramente estará equivocado el resto de la sociedad, pero ellos jamás. No, de ninguna manera, ¿es que aún hay alguien que desconoce que los políticos en este país son los pilares de la democracia? (¿que paradoja!, hemos pasado de la dictadura franquista a una democracia tutelada por los políticos).

Entonces, si los políticos no se equivocan, ¿se habrá equivocado el 'asesor'?, ¿tampoco! Otra de las conocidas frases de este señor es que «sólo Dios y los catedráticos estamos en posesión de la verdad». Frase que a muchos nos llevaría a soltar una fuerte carcajada, si no fuera porque en ella se plasma una manera caciquil y feudal de entender la ciencia. ¿Para que aplicar el método científico si ya tenemos a catedráticos como él que nos dirán cuál es la verdad oficial?

Pero lo peor de todo es que a este señor no le importa en absoluto si el cráneo de Orce es humano o no, su gran preocupación era que se prohibiera a Gibert que excavara los yacimientos de Orce, aunque para ello se tuvieran que parar las excavaciones indefinidamente. Por lo que se ve, la voluntad de este señor es ley en la Junta.

Si la Junta se hubiera dignado a pedirle a Gibert que demostrara de forma fehaciente la humanidad del cráneo, para acabar de una vez con la polémica, se hubieran evitado más de 20 años de parálisis científica en la región; pero, tal y como lo describe Ladrón de Guevara, la Junta prefirió optar por la opinión de «un pequeño pero influyente grupito de mediocres recelosos. Algunos, desde su insignificancia profesional intrigaron lo suyo e influyeron donde se tomaban las decisiones oficiales». Y a pesar de esa patética mediocridad, alguno, en otra de esas frases tan pomposas, se autodenomina «virrey de la paleontología desde Despeñaperros a Nairobi». Supongo que sabrá, señor catedrático, que desde el norte de África hasta Nairobi están trabajando los mejores equipos de paleontólogos, y creo que pocos, sino ninguno, le conocen a usted, en fin, es usted un «virrey» desconocido por sus súbditos. Claro que fuera de nuestro país sus méritos políticos no tienen ninguna importancia. Por desgracia, en este país, con respecto a la ciencia seguimos llevando retraso; las 'orejeras de burro' que algunos llevan puestas han hecho que sólo haya una dirección hacia donde mirar y sin amplitud de miras. Triste destino para la ciencia mientras esté en manos de «científicos-políticos» sin escrúpulos. Sólo deseamos una cosa, señor catedrático: que la forma de entender la ciencia que tiene usted, la que tienen los que piensan como usted (que por fortuna cada vez son menos) y la de los que no piensan (que por desgracia son legión) deje de imponerse como verdad oficial en este país.

 
Vocento

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