Martes, 2 de enero de 2007
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OPINIÓN

TRIBUNAABIERTA
La Toma y Europa
LA incorporación definitiva de Granada a Occidente de donde nunca habría salido, aunque por fortuna de forma temporal, de no haberse producido la invasión islámica de 711 y los casi ocho siglos de dominación subsiguiente. Es lo que celebramos cada 2 de enero con el nombre de la Toma. Esta evocación, una de las más arraigadas, coloristas y populares de nuestra ciudad, menos trivial de lo que algunos pretenden y más seria de lo que otros creen, y por la que desde luego no creo que haya que tener mala conciencia ni arrepentirse. Es un debate zanjado desde hace decenios, ratificado por la reacción ciudadana a la acertada decisión del alcalde José Moratalla, que recuperó el protocolo heredado de las corporaciones liberales del XIX para un evento al que no debe mermarse ni una coma, y sí ampliar y potenciar su relevancia hasta donde se pueda. A la voluntad manifiesta de la inmensa mayoría de granadinos, sectores sociales mínimos, definidos por un sentimiento nacionalista o religioso islámico radicalizado, desprecian la realidad de una tradición de más de 500 años, y no cejan en el empeño de que revisemos nuestra historia, porque les molesta que sucediese lo que sucedió y como sucedió: así hay que enseñarla y, si el pueblo quiere evocarla. Respeto a su voluntad soberana. Aquí también es aplicable el concepto de memoria histórica para conocer el ayer en su realidad y sin ira.

Pues bien, este 2 de enero de 2007, día de la Toma, se inserta en la relevante andadura hacia la consolidación de la Unión Europea, y la feliz coincidencia del primer quinquenio de la puesta en circulación del 'euro', para un territorio de más de 300 millones de individuos que sienten la Unión en su forma más genuina de libertad, igualdad, justicia. La Unión Europea es mucho más que un mercado. Es la concreción material de la Europa de los valores reales de la persona, nada abstractos, garantizados por instituciones supranacionales que se afanan en su cumplimiento, ayudadas en su tarea por un sin fin de asociaciones laicas y religiosas que, en régimen de absoluta libertad, vigilan cualquier conculcación de los mismos y estimulan su cumplimiento; con frecuencia los mismos estados europeos, y entre ellos el español, alzan su voz pidiendo el respeto a la vida, como ahora mismo ante la condena a muerte del tirano iraquí Hassam, a pesar de sus atrocidades, precisamente en aplicación de los valores a que nos venimos refiriendo. Es verdad que en la historia lejana Islam y Cristianismo andan parejos en errores, como la creación en el 813 de una institución similar en su proceder, que por estos lares se llamó Inquisición muchos siglos después y que los abasíes denominaron «mihna», según refiere J. Vernet en su reconocida obra 'Lo que Europa debe al Islam de España'. Afortunadamente en Europa la feliz separación de la Iglesia y el Estado le permitió culminar su propio acceso a la libertad, a la razón y a la autocrítica. En el transcurrir de los años la razón se impuso y hasta la Iglesia misma ha acabado por pedir perdón por sus excesos de ayer, unas veces al máximo nivel o a otros no menos meritorios, como hizo el arzobispo de Granada en su homilía del 2 de enero de 2001, durante la ceremonia religiosa de la Toma en la Capilla Real. ¿Cuántas veces ha pedido perdón un muftí, mulá o ayatolá por los excesos del Islam?, o ¿acaso se sienten tan seguros de sus actuaciones, de todas, y de no haber errado nunca, por los siglos de los siglos? No, lo que ocurre es que precisamente su concepción del poder absoluto y teocrático les ha permitido mantener la confusión permanente de los conceptos de religión y Estado, mezcla evidente en las constituciones y códigos civiles y penales de los países árabes, y especialmente en la presión abrumadora de la comunidad sobre el individuo, eterno sometido, no en vano 'islam' en árabe significa sumisión a los mandatos de los intérpretes de los designios divinos, por supuesto infalibles. Desde luego la sumisión no es mi credo ni el de Europa.

La existencia de estas diferencias reales entre culturas y civilizaciones, no está reñido con el entendimiento y la aproximación serena entre ellas, ni con la defensa de una conmemoración trascendental para Granada, España y Europa, que en nada se opone, más bien anima, al esfuerzo por conseguir la mutua confianza entre pueblos, culturas y religiones, que además aplaudimos. Ojalá, antes que tarde, en todo el mundo se consoliden los valores intrínsecos a los derechos humanos sin matices. Hacia ellos emprendimos nuestra andadura decidida el 2 de enero de 1492 al reincorporamos a la Europa del Renacimiento y de la Ilustración; por la Toma volvimos al seno de una sociedad que elaboraba una ética civil que salvaguardase a la persona frente a lo obligado legal y menos aún que éste pudiese ser un canon religioso como ocurre en comunidades dominadas por un radicalismo religioso de tiranos y oligarcas.

Vivir no es volver a ver. Amable lector, espero que si tu paciencia te ha traído hasta aquí comprendas el verdadero sentido del titulo de este artículo porque la Toma es el arranque de un arco de 500 años que cobija valores fundamentales, irrenunciables, con los que se identifican no sólo los miles de granadinos que participan y sienten los actos de la Toma sino los más de 70.000 votantes del PSOE y del PP en las últimas elecciones municipales, que optaron por unos programas que ni por asomo contemplaban la supresión de la conmemoración de la Toma, por esto, también, los alcaldes de ayer como el de hoy, y estoy seguro que el de mañana, merecen nuestro reconocimiento al mostrarse sensibles a la voluntad de la inmensa mayoría de sus ciudadanos y no a un sector marginal por mucho que jalee por tierra, mar y aire. Es verdad, como reconocen sus detractores, este debate de La Toma es un debate desigual, sobre todo en los fines pretendidos. Así lo entendemos y así lo defendemos.

 
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