Henry Nestlé inventó en 1860 la leche en polvo para bebés, elaborada a base de leche de vaca deshidratada y cereales. En las décadas siguientes, su fórmula fue adoptada por miles de mujeres que se incorporaban al mercado de trabajo en Europa y Estados Unidos, pero el auténtico 'boom' comenzó tras la Segunda Guerra Mundial: a través de la publicidad agresiva y el apoyo de miles de enfermeras y médicos, la industria de la alimentación infantil convenció a medio mundo de las excelencias de su producto, con dos argumentos fundamentales: que la leche en polvo era mejor que la materna -algo que después se demostraría falso- y que el biberón era en realidad un instrumento para la liberación de la mujer -un argumento que el sacaleches dejó obsoleto-.
En los sesenta, Nestlé, en busca de nuevos mercados, desembarcó masivamente en el Tercer Mundo. La contaminación del agua y los biberones y la falta de dinero una vez terminadas las muestras de regalo desembocaron en miles de muertes de niños por enfermedades y malnutrición. La multinacional suiza fue acusada de la masacre y se le declaró el boicot, aún vigente en algunos países.
En 1981 la Asamblea Mundial de la Salud aprobó el Código de Comercialización de los Sucedáneos de la Leche Materna, que obliga a los países firmantes, entre ellos España. El código prohíbe anunciar sucedáneos de leche materna, biberones y tetinas; utilizar imágenes de bebés en los paquetes de leche de fórmula; o denominar a este producto 'leche maternizada' o 'humanizada'. Las etiquetas deben hacer constar la superioridad de la lactancia materna. El código proscribe la entrega de muestras gratuitas o a bajo coste a las madres, a los trabajadores de la salud o a instituciones sanitarias. También prohíbe los regalos de cualquier clase al personal sanitario por parte de los fabricantes.