Lunes, 2 de octubre de 2006
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Estambul, con los ojos de Orhan Pamuk
Un recorrido por la capital otomana de la mano del escritor turco, candidato muy bien situado para el Nobel y uno de los autores más prestigiosos de la literatura contemporánea
Estambul, con los ojos de Orhan Pamuk
SU CIUDAD. Orhan Pamuk, antes de comenzar la travesía por el Bósforo. / RANDOM HOUSE MONDADORI
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DESDE el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido». Las casas, las calles y los barrios de los que habla el escritor Orhan Pamuk son los de Estambul, en cuya historia se mezclan los brillos de un pasado doblemente imperial con las sombras de las luchas de religión, la magnificencia de su arquitectura con el polvo de sus calles, la modernidad de una ciudad con un pie en Europa y otro en Asia con las tradiciones medievales de nuevo reivindicadas. Pamuk, uno de los escritores mejor situados de cara al Nobel de Literatura, según quienes tienen buen olfato para detectar por dónde se mueve la Academia Sueca, publica ahora en España 'Estambul. Ciudad y recuerdos' (Ed. Mondadori), un libro que combina el ensayo y las memorias para trazar el perfil de una ciudad fascinante.

«Soy incapaz de imaginar que vivo en otra ciudad, así que nunca he pensado en marcharme de aquí, ni siquiera durante los dos últimos años», comenta en alusión al proceso judicial al que estuvo sometido -acusado de traición por haber hablado de genocidio en referencia a la muerte de miles de kurdos y armenios- y que finalmente fue sobreseído, por la presión internacional. Lo explica a un pequeño grupo de periodistas, con quienes sube a un barco para un recorrido por el Bósforo, esa vía de agua tan evocadora, con tanto poder, que incluso cura sus depresiones. «'Estambul' no es un libro nostálgico. He querido reflejar el pasado con exactitud, con la pasión de narrar las cosas con precisión, porque es distinto verlo bonito que contarlo bonito», asegura.

EL BÓSFORO

La fuente de la vida

El barco surca ya las aguas del estrecho, el escenario que ha servido de telón de fondo a toda su vida. «Un autor siente la necesidad de escribir sus memorias, y sin embargo, eso es algo ajeno a la cultura turca», cuenta a los periodistas. «He escrito mucho sobre Estambul, incluso una colección de reportajes para 'National Geographic'. Cuando me puse con este libro me acordé de una idea de Walter Benjamin, según la cual hay dos tipos de obras sobre ciudades: las escritas por autores que no han nacido allí, y que insisten en lo exótico, y las hechas por autores de la ciudad, que terminan por ser autobiográficas».

Pamuk se valió además de su propia experiencia como pintor aficionado (la gran vocación de sus años finales de adolescencia) para concretar mejor los matices de un lugar que recuerda «en blanco y negro» en los cincuenta y sesenta. Y en el que siempre está presente esta vía de agua. «Estambul está asentada sobre colinas, y la vertiente que no da al Bósforo no me gusta», dice. La mejor prueba de ello es que el estrecho aparece en buena parte de las numerosas fotografías que ilustran el texto.

NISANTASI

La infancia mitificada

Cuando Orhan Pamuk llegó a la escuela, se sorprendió del hecho de tener que compartir profesor con otros alumnos. Nacido en el seno de una familia adinerada, aunque venida a menos, estaba tan acostumbrado a tener sirvientes que atendieran en exclusiva todas sus peticiones que le costaba entender que en la escuela no hubiera un profesor por cada alumno. «Para un escritor no es difícil hablar de su infancia, todos los hacemos en algún momento», dice el autor de 'Nieve' con una sonrisa maliciosa.

El barco se desplaza con lentitud y ahora está justo frente a Nisantasi, el distrito elegante en aquel Estambul de los años cincuenta. Allí vivía y vive aún el escritor, en un inmueble pomposamente bautizado como 'edificio Pamuk', porque cada una de sus plantas estaba ocupada por una de las ramas familiares: la abuela, sus tíos y primos y sus padres y su hermano.

El libro cuenta la peculiar situación creada en su casa a causa de las frecuentes 'escapadas' de su padre, que su madre soportaba unas veces con resignación y otras con rabia. «Antes de publicarlo tuve problemas con algunos fragmentos de la narración. Mi padre murió en esos días pero mi madre vive aún y no ha sido fácil contar su reacción ante las desapariciones de mi padre». Y luego estaba su hermano mayor, inevitable vencedor en las batallas entre ambos niños. Pamuk lo cuenta con detalle, y eso le ha valido críticas de la prensa turca, que no ha visto con buenos ojos la revelación de esas intimidades de familia.

LA MEZQUITA AZUL

No olvidar la religión

La Mezquita Azul, iluminada, se recorta sobre un cielo violáceo. El barco navega lentamente y el escritor habla ahora sobre la religión, tan presente en sus novelas y que ocupa también un lugar en 'Estambul'. «Temo menos a Dios que a quienes creen demasiado en Dios», dice en el libro. A los periodistas se lo explica con detalle: «Vengo de una familia que no es demasiado religiosa. Por eso, cuando hablo de religión en mis libros deseo centrarme más en las diferencias sociales que están detrás de todo ello que en la religión misma». De todos modos, Pamuk reconoce que en el fondo hay en él un cierto sentimiento de culpa, «por ser poco religioso».

En Estambul, una ciudad con 2.000 mezquitas, la religión no es asunto menor, por más que Turquía sea un estado laico. «En esta cultura, uno puede no ser religioso, pero no debe olvidar la religión».

PUENTE BOGAZIÇI

Oriente y Occidente

El puente Bogaziçi, que desde hace tres décadas comunica Europa y Asia, soporta una interminable fila de coches que circulan con lentitud. El barco pasa bajo la enorme construcción a una distancia similar entre los dos continentes. «Estoy de acuerdo con Edward Said, cuando en 'Orientalismo' escribía que los occidentales se imaginaron un Oriente artificial, y esa es la base de su política actual, que ha llevado a graves enfrentamientos. Pero quiero añadir algo», dice Pamuk concentrando la mirada. «Ese libro se usa en todo Oriente para potenciar el nacionalismo y consolidar el 'statu quo'. El problema es que muchos países orientales viven en regímenes sin libertad de opinión ni forma alguna de democracia».

Hay algo más que el escritor destaca: «Turquía no ha sido nunca una colonia de Occidente. Por eso su situación es muy distinta a la de los países árabes». De entrada, porque el Gobierno actual, explica, mantiene una política que «se diseña a partir de las grandes diferencias sociales existentes en el país. El Ejecutivo se apoya en la rabia de la clase baja».

DISCOTECA 'REINA'

Miedo al nacionalismo

Casi exactamente debajo del puente Bogaziçi, en el lado europeo, centenares de estambulíes se divierten en una gran discoteca al aire libre. Desde el barco se escucha la música y se ve con claridad el interior. En el local de moda en la ciudad, los muchachos lucen ropas de marca y móviles de diseño y las chicas ondean su pelo teñido de rubio al son de la música. Junto a ellos, unos cuantos vigilantes, impecablemente trajeados, controlan todo lo que sucede. Antes de entrar, los clientes han debido pasar por un detector de metales. Es lo que sucede en todos los restaurantes y bares de moda, por el miedo a atentados terroristas. Apenas unas horas antes, una bomba puesta al parecer por un grupo de extrema derecha ha matado a varias personas en el Kurdistán turco. Era la respuesta a los atentados de terroristas kurdos en Estambul y otras ciudades.

«Cuando pienso en el futuro del país, me preocupa el nacionalismo», confiesa Pamuk. Él está convencido de que el ingreso en la UE solucionaría muchos problemas, «pero crecen los nacionalismos turco y kurdo, y eso crea mucha incertidumbre». Además, se ha comenzado a aplicar con demasiada frecuencia un artículo del Código Penal que califica de traición y castiga con penas de cárcel lo que no son más que críticas a la actuación del Gobierno.

BARCOS EN LA NOCHE

Influencias recibidas

El recorrido por el Bósforo está a punto de terminar. Pamuk aún contempla los buques mercantes que no cesan de cruzar el estrecho, rumbo bien al mar Negro bien hacia el mar de Mármara y el Mediterráneo. En su infancia, y así lo cuenta en su libro, el escritor vigilaba esos buques. Muchos eran soviéticos, barcos de guerra que navegaban amenazadores. Otros eran mercantes que llevaban hasta Estambul productos occidentales. Uno de los artefactos culturales que Pamuk importó de Europa fue la novela. «Soy consciente de que aquí es un género extraño, pero también lo soy de que nos hemos acostumbrado a que las cosas que nos hacen progresar vienen de fuera». Y de fuera llegaron Borges y otros escritores que contribuyeron a forjar su estilo literario, en una mezcla en la que la cultura otomana tiene gran peso. «A mí me ha influido mucho, quizá por mis estudios de Arquitectura, pero en realidad en mi obra tiene gran peso todo lo que hay en esta ciudad».

El buque atraca junto a un palacete reconvertido en hotel de lujo. Mientras baja a tierra, Pamuk recuerda una frase de uno de sus personajes, que simboliza el espíritu de Estambul y el de su propia literatura: «Tanto el Oriente como el Occidente son de Dios. Que Él nos proteja de aspirar a la pureza sin adulterar».



 
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