Domingo, 17 de septiembre de 2006
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OPINIÓN

HISTORIASDEAQUÍ
José Fernández Castro
MANUEL Benítez Carrasco, llamaba «Lazarillo» a su bastón, pero Pepe Fernández Castro lo definía como su bastón, y punto. Era el pezeño poco dado a la fantasía, a no ser que se encontrara sobre su mesa de trabajo y ante el desafío de la cuartilla en blanco. Pese a ser un hombre que disfrutaba con la conversación multitemática, Pepe era económico en los grafismos de su expresión sincera. Tocado de gorra de invierno o verano según la estación, horadaba a diario el Zacatín, en ese paseo obligatorio desde su casa de Pedro Antonio de Alarcón, hasta su carmen albayzinero, a los pies de San Nicolás, haciendo gala de una prudencia humana que rayaba en lo imposible, pero gracias a la cual, posiblemente lo contaba y lo escribía, porque de otra forma era del todo inimaginable, que el joven republicano que ejerció como taquígrafo de Fernando de los Ríos en su discursos por las plazas de toros, muriera de viejo, habiendo sido funcionario del Gobierno Civil franquista. Sin duda la prudencia fue inventada por Pepe Fernández Castro, y haciendo gala de ella, se llevó a la tumba todos los horrores de la guerra y la posterior persecución depuradora de los años cuarenta. En una conversación privada con la ciudad al fondo desde el jardín de entrada a su carmen, lo único que pude arrancarle al viejo escritor, poeta, y sobre todo, amigo, es que él tenía información mejor o complementaria de lo que había ocurrido con García Lorca, a la que había anunciado que publicaría en un libro explosivo tras su jubilación de 'Patria', nuestro común amigo Eduardo Molina Fajardo.

Y esa regia prudencia fue la que seguramente le hizo volcarse en la creación literaria, aunque en alguna novela se le escaparan como grandes salpicones de cruel realidad bélica, de una España enfrentada y fratricida, con ajustes de cuentas intestinos y pueblerinos, que él suavizó con licencia literaria para que no fueran reconocidos. 'De un verano a otro', hay que releerlo con detenimiento varias veces para reconocer hechos y personajes reales. Tal vez para escapar de los horrores vividos y conocidos de la guerra, Pepe no publicó hasta la década de los cincuenta su primera obra trascendente, 'La sonrisa de los ciegos', pero dejó mucho de sí mismo en su 'Balada de amor prohibido', y abordó el tema biográfico con soltura, en sus obras dedicadas a Alejandro Otero y Juan José Santa Cruz. Jamás lo escuché hablar mal de nadie, y mira que lo intenté. Pero Pepe era un habilidoso de la oratoria, y en su peculiar magisterio, sin que lo notaras, en lo que tu creías que iba a ser una contestación a tu maledicencia, te dejaba posado al otro lado de la parábola, sin que pudieras apreciar la traslación del lenguaje. Catedrático del driblin oratorio, Fernández Castro, no defraudó nunca a sus amigos, y lo que ya es una exageración, tampoco a sus enemigos. Alguna noche cuando viene a verme, se ríe mucho con los nuevos datos que sesudos estudiosos, están sacando a flote sobre Federico, en un sutil intento de seguir convirtiéndolo en un pozo sin fondo, sin que se sepa bien a costa de que o de quienes y ¿para qué? De todas formas, la luz es la luz, y Pepe está en ella.



 
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