Miércoles, 13 de septiembre de 2006
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OPINIÓN

TRIBUNAABIERTA
Josefa sabe leer
NO me hago una idea clara de la edad de Josefa. Podría decir que ella y su marido, Hilario, son de esas personas por las que no pasa el tiempo. Siempre los he conocido así y sería poco elegante indagar en exceso, si no fuera porque esta historia impone un mínimo rigor que nos dé una idea, siquiera aproximada, de este pequeño prodigio, uno de los cientos que ocurren a diario y para los que sólo algunas veces tenemos ojos y oídos. Admitamos, pues, que se jubiló hace 7 u 8 años y cada cual podrá sacar sus conclusiones.

Hasta entonces, días y días paseando escobas, cubos y fregonas por las clases y pasillos, apartando mochilas de los niños que vendrán mañana a hacerse hombres y mujeres, quizás los hijos de otros para los que también limpió el colegio, escoltada por millones de aquellos raros signos que parecían guardianes de secretos y noticias desconocidas. Había letras por todas partes: unas enormes, formando carteles de color que miraba con admiración, cada vez que hacía una parada en el trabajo, que hay que ver lo bien que dibujan estas maestras otras, más pequeñas, en las libretas, como hormigas por caminos de papel, tal vez retorcidas como los hilos del ganchillo o como las rutas inexistentes que describen al volar las golondrinas del alero primero hechas a lápiz y luego con bolígrafo, por manos pequeñas que pronto se harán grandes y conquistarán el mundo y amasarán el pan, construirán casas, escribirán libros o trazarán las carreteras

Cualquiera sabe lo que quieren decir tantas letras. Más de una vez ha contemplado algunas hojas, llenas de letras y colores, antes de mandarlas con sus raros mensajes al otoño del olvido, porque el trabajo hay que hacerlo y no se puede una entretener.

Frente a la casa de Josefa e Hilario vive Alicia M.ª, cuyas idas y venidas inundan de niñez y algarabía la casa de sus vecinos y evitan que el cariño sin gastar, por los hijos y nietos que no llegaron, se convierta en lacerante soledad. Por eso, desde que la niña recuerda, Josefa le ha enseñado cuentos, refranes y acertijos, hasta que la noche y la prudencia cierran las puertas, abiertas de par en par, el resto del día. También le explicó, cuando la niña empezó a ir al colegio Caminillo, que allí había trabajado y vivido muchos años y le habló del día de su jubilación, uno de los más importantes que recuerda.

El caso es que por una u otra causa, Josefa y Alicia M.ª tenían una relación muy especial y llegó el momento en que la niña empezó el Primer Ciclo de Primaria y se encontró con el reto de aprender a leer. Todos los días volvía con una carpeta de lectura para repasar y todos los días la repasaba con Josefa. Al principio fue un juego en el que necesitaba alguien que hiciera de 'maestra', hasta que cada una lo fue de la otra por necesidades de guión, porque Josefa no sabía leer. Incluso a la mujer le extrañó no sentir rubor ante una situación que, en otros tiempos, le habría avergonzado sólo con pensarlo y le hubiera hecho desistir. Al contrario, al ser sorprendida una tarde de febrero, en plena tarea por Hilario, reconoció sin ningún tipo de problema que estaba aprendiendo a leer, estaba segura de hacerlo y que ya no le parecía tan difícil.

Había pasado la Semana Santa y los niños empezaban a llevar a casa los primeros libros de cuentos de la biblioteca de aula, cuando un día les dijo la señorita que leer era casi tan importante como ver, porque todo lo que vemos está lleno de mensajes que sólo entienden los que leen, como ahora pueden hacer ellos. También les dijo que hay personas, incluso personas mayores, que no pueden comprender los misterios que hay en las letras porque no saben leer. Algunos, en un arrebato de cruel sinceridad, aclararon que Manolo aún no leía con libros, así que Emilia tuvo que reconducir el tema y advertir que era cierto que iba algo más despacio, pero que ya conocía muchas letras y lo demás sería cuestión de poco tiempo.

Varias veces, en medio de la explicación, interrumpió Alicia M.ª: «¿Josefa sabe leer, seño Josefa sabe leer !» y, como la maestra continuaba, insistió en cuanto tuvo otra oportunidad: «¿ que Josefa sabe leer !».

Le hubiera dicho que esperara, pero descubrió en su cara la expresión de quien está contando la noticia más importante del mundo, por lo que se hizo necesario un receso que sirvió para aclarar, en improvisada asamblea, el resto de la historia que ya otros conocían.



MIENTRAS escuchaba a Emilia me sentí atraído por este relato mágico y grandioso: después de tantos años trabajando como maestro y unos pocos de orientador, la fortuna me ofrece todavía nuevas ocasiones de asombro. Por eso busqué un hueco, en mi siguiente día de atención al colegio Caminillo, para hablar con Alicia M.ª, a la que encontré coloreando un trabajo de 'Pintores de hoy'. Me acerqué con la curiosidad del que espera desvelar el misterio más oculto y le pregunté -no recuerdo con qué palabras- por los detalles de lo que me parecía la proeza digna de un nuevo Rousseau. La niña, pendiente de su tarea, me dedicó la mínima atención precisa para no resultar antipática y contestó, sin dar importancia a mi pregunta, casi justificándose:

-Claro; la señorita Emilia nos ha dicho que leer es muy importante casi tan importante como hablar o ver no querrás que Josefa se quede sin aprender ¿no ? por eso la he enseñado porque es mi amiga.

Seguramente hay enigmas de la enseñanza cuya clave no siempre está escondida en los grandes tratados que se apilan en los anaqueles: puede que nos los enseñe una niña del Barrio Alto de Loja, empeñada en que su amiga aprenda a leer. Por eso algunos sortilegios tienen una explicación tan sencilla.

Y como debió parecerle que yo tardaba en reaccionar, volvió a lo suyo: apretó de nuevo el lápiz para seguir interpretando una obra de Jesús Gámiz. Como si no hubiera dicho nada.



 
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