Ideal

El paraíso recuperado

El paraíso recuperado
  • Un exótico peregrinaje por los remotos rincones del mundo en los que nació el cóctel. No sólo una bebida, sino un objeto místico. Fenómeno cultural

En otra vida, surfeando en otros lugares y explorando las rutas del cóctel, leía la obra de Levi Strauss. Me apasionaban las historias de aquellas tribus perdidas y amenazadas por la globalización, hasta que entendí, observando a mi alrededor, que también pertenecía a una con fecha de caducidad, aunque sin saberlo aún. También leí y estudié al filósofo alemán Martin Heidegger y me impactó su análisis sobre la esencia del existir basada en dos modos definitivos de ser: autenticidad o inautenticidad. Para decirlo de otra forma: ser o estar en el mundo. Fue entonces cuando me lancé en una búsqueda desenfrenada hasta los orígenes de mi pasión. Durante años, me sumergí en un mar de tratados antiguos, estudié la Biblia, los vedas, los textos fundadores de las religiones orientales, el budismo, el Zen, Hinduismo, Sufismo, el Tiki como una invitación a la escapada paradisiaca... De hecho sugerí a mi familia que aprobara mi firme decisión de compaginar estudios biosanitarios con filosóficosartísticos... A la vez que luchaba por proseguir con la carrera de Medicina-Bellas Artes y trabajaba en Alexander, donde me expandí en mis estudios sobre la historia o arqueología de la coctelería.

Un mundo desaparece ante una penosa indiferencia, excepto para los que NO anteponemos, como diría Martin Heidegger, la inautenticidad a la autenticidad. Lo dicta con claridad la Unesco: siempre y cuando exista una población, por muy pequeña y dispersa que sea, que comparta unos elementos culturales comunes definidos en un territorio más o menos amplio, hay que preservar su creencia... Pero esa creencia no debe confundirse con el mercado que nace de ella y, por supuesto, ese mercado no puede sustituirla. Sin embargo, en nuestra sociedad, sumamente consumista, lo verdadero desaparece a menudo bajo las representaciones que se aportan de la misma. El ser se diluye en el parecer y, al menor descuido, el primero acaba reduciéndose a la imagen, más o menos fidedigna, que se ha creado. Quizás por eso, en Alexander, se encuentran varios objetos sin ninguna relevancia traídos de los viajes que realizamos por el planeta cóctel.

El denominador común entre todos estos objetos, es que, al mirar cualquiera de ellos, vuelvo de inmediato hasta las raíces del «mito cóctel», como un chamán hace volar su mente hasta los espíritus primigenios.

Hace mucho tiempo aprendí a vaciar mi memoria de todo lo que pudiera agobiarla. Lo que merece ser recordado flota por sí solo en la superficie, mientras que lo que no, se hunde por su propio peso. El cuerpo posee su propia memoria. Los científicos la llaman ‘cerebro reptil’, donde se conservan sin que lo sepamos los recuerdos almacenados por nuestra especie. Ella explica nuestras fobias, fantasmas o deseos poco confesables. Puesto que el mito del cóctel o mejor dicho del beber en comunión nace con la misma humanidad, esta memoria justifica también que, en cada uno de los amantes de la fiesta del cóctel, perviva la nostalgia de lo vivido a lo largo de varios milenios por cientos de generaciones que compartieron una misma fascinación por el ‘Dios Ebrio’.

No estoy convencido de que la élite de los bartenders actuales sienta esto. O, más bien, estoy seguro de que ni se han enterado de que existe, puesto que ven al cóctel, no como algo extraordinario del que debieran de ser siervos, sino como un producto de gran consumo al que hay que avasallar. Y de ahí viene el problema.

El único viaje que merece la pena es aquel que uno emprende en busca de sí mismo. Eso quería decir quizás Levi Strauss cuando empezó ‘Tristes Trópicos’, con el famoso «odio a los viajes y a los exploradores», que levantó tantas ampollas en el mundo de los viajeros oficiales. En realidad, lo que el antropólogo por antonomasia odiaba era esa moda de pasear deprisa por una comarca perdida, observándola con ojos propios y no con los de quienes viven en ella. Detestaba la ausencia de identificación que sufren aquellos que viajan rápido y, por encima de todo, rechazaba el inaguantable instinto de superioridad que sufre el hombre de ciudad frente al campesino. El mundo urbanita desprecia al mundo rural y, en este penoso abandono de sus raíces, se encuentra el alejamiento de la sociedad y La Fiesta. Demasiado real para ella, ésta se ha convertido en un reflejo insoportable del mundo virtual, donde ahora se busca un nuevo ideal.Viajamos en busca de respuestas desconociendo tal vez cuáles son las preguntas adecuadas, iniciamos el viaje ignorando los paisajes que hayamos a nuestro paso, alzamos la vista en la absurda pretensión de descubrir qué nos aguarda al final del recorrido, ignoramos quizás que nuestro propio relato es un afluente del destino, que cada historia es como la vida misma, pues uno sabe cómo empieza pero nunca sabe cómo acaba.

Por suerte, en la grandeza del mundo cóctel, todavía quedan algunos focos, llenos de una sabiduría antigua y reacios a la globalización. En ellos, haciendo gala de humildad, debemos buscar la esperanza para creer que esto aún no se acaba. Lo que hubo y ya no está, desapareció porque no supimos salvarlo, por ello, sólo perduran algunos, ahora en peligro, que hay que preservar. Lo que queda forma parte de lo mismo, salvo por la diferencia de que ha sabido evolucionar. Y por ello, también debe preservarse, convenciendo a aquellos que lo poseen de que el cóctel tiene que ser el eje alrededor del cual gira nuestra cultura, porque aquí, siendo o estando en el mundo, sobramos todos los demás.

Por lo tanto hay que convertirse en peregrino, visitar a todos aquellos que conservan lo que hay-o lo que queda-, sin olvidarnos jamás de lo que hubo y se añora. Muchas bellezas nos esperan a lo largo de este viaje por las comarcas del cóctel que emprendemos hoy... Mucha gente generosa, y no pocos soñadores empedernidos que han hecho del cóctel su proyecto de vida. Y sólo por eso merecen nuestro respeto y, sobre todo, nuestra solidaridad.

Una joven pareja entra para la noche en un misterioso templo. Al instante sus almas son pacificadas por la música apacible, el agua de los jardines del Generalife que corre (como diría el gran Doctor José Julio Ramos Bruno), un exótico exorno floral, materiales nobles-maderas, terciopelos, grabados, bronces... Y distantes cocteleras con sus extraordinarias mezclas. No estamos hablando de un espacio kitsch, puesto que el gran atractivo es genuino, original, de buen gusto, nada irónico. El embrujo es inmediato y aún continúa siéndolo...¡Alexander SpeakEasy!

Nada parecido habían observado antes, aunque salvando las distancias encontraron ciertas similitudes con el embrujo y exotismo de los locales que Ernest Raymond Beaumont Gantt ‘aka’ Don the Beachcomber, creó en Hollywood allá por los años treinta del siglo pasado, algo que como algunos conocen cambiaría el rumbo de la historia del cóctel en USA y del resto del planeta. Retrospectivamente, parece que América fue destinada a ser el nacimiento del movimiento Tiki. Después de todo, los americanos siempre habían sido arrastrados por la tentación que suponía el entorno del Pacífico Sur desde el siglo XIX. Los cuadros de Gaugin mostraron al mundo la belleza de Martinica y Tahití, y las historias de aventuras-ficticias y de primera mano- de Herman Melville y Robert Louis Stevenson entraron a formar parte de la cultura popular. El furor por la música hawaiana que barrió Estados Unidos a comienzos del siglo XX también ayudó mucho. Estos ‘sueños paradisiacos’ se vieron reflejados en algunos de los nightclubs de 1920s y 1930s, como el Coconut Grove en el Ambassador Hotel de Los Ángeles, y un gran número de bares de temática ‘Hurricane’ a lo largo del país. Estos nightclubs ofrecieron una deslumbrante experiencia, a menudo con una big band entreteniendo y baile. Constituyeron destinos muy glamurosos llenos de celebridades elegantemente vestidas. Pero a pesar de sus pretensiones paradisiacas, la gente todavía seguía bebiendo lo mismo, que era lo que conocía por otra parte como un Martini, sin ir más lejos, mientras bailaban rodeados de plantas exóticas. Nadie había pensado aún por aquel entonces-y han pasado casi 100 años- emparejar las bebidas con decoraciones top, lo que llevó a un trotamundos de Texas a maridar las bebidas del Caribe con interiorismos que recordaban al Pacífico Sur bajo un mismo tejado... Estamos hablando del ‘raquero de la playa’, de The Beachcomber, aquel que se paseaba por la playa buscando conchas u otros objetos que vomitaba la mar.

Todo un vagamundos de las playas paradisiacas, este Ernest Gantt, que nació en una pequeña ciudad de Mexia, Texas en 1907. O nació en Nueva Orleans, ¡o en Jamaica! Una de estas posibilidades es, con toda probabilidad, verdad. Ernest estaba un poco perdido con las cosas de su juventud. Antes de que fuera incluso un adolescente, se encontraba merodeando por las calles de Nueva Orleans con su carismático padre. Juntos viajaron al Caribe en el yate del abuelo como parte, ejem, de sus negocios de importación-exportación- un negocio que rápidamente giró a la importación de las aguas más fuertes cuando la prohibición llegó. Imaginen a este joven e impredecible chico topándose con esta marabunta de experiencias sensoriales: descubriendo las ricas fragancias de los rones jamaicanos, las especias y sabores de la cocina caribeña, el desfile de las comidas de los descendientes europeos antillanos, y las infinitamente efervescentes combinaciones de las fuentes farmacéuticas de Nueva Orleans.

Al mismo tiempo que cumplía los 18, habiendo visto bastante del Caribe ya, sus padres le dieron a elegir: irse a la universidad o tomar el dinero de la misma y usarlo como viera más adecuado. Ernest cogió el dinero y salió a descubrir mundo(y probablemente incitado por su abuelo). Pasó los siguientes años transitando los mares en busca de aventura. Desde las aguas calmas del Caribe hasta el lejano Pacífico Sur y más allá. Ernest visitó gran cantidad de islas y se vio inmerso en su cultura y tradiciones. Se empapó de la gente, de sus artes y habilidades, y también aprendió de sus bebidas. Desde los helados daiquirís de La Habana precastrista, hasta los largos y refrescantes ponches de ron de Barbados y Jamaica, hasta esa sinfonía en torno al enebro conocida como Singapore Sling en el lujoso Hotel Raffles de Singapur...¡Ernest había visto más mundo del que la mayoría de la gente había visto y con la mitad de años! Fue divertido mientras duró, pero los recursos se agotan.

Alrededor de 1931, Ernest contaba con 24 años y regresó a América, a Los Ángeles arrastrando tras de sí todo un completo cargamento de restos de naufragio: máscaras, esculturas y muchas pequeñas joyas marinas de La Polinesia. Pero no tenía ni un centavo para él: empezó teniendo trabajos dispares como lavaplatos, pinche o camarero. Fue trabajando de camarero cuando empezó a encontrarse con celebridades, que le confiaban sus coches. Él los extasiaba contándoles historias del Pacífico Sur, y pronto fue contratado como técnico de películas de bajo costo, donde disponía para decorar de todos sus objetos de La Polinesia, y su set en la Playa de Santa Mónica pasaba por ser Tahití para los nuevos y emocionantes seriales que se grabaron en la época. Siendo a finales de 1933 cuando nuestro héroe ahorró suficiente dinero para dejar colgado su sombrero en algún lugar fijo.

Y esta decisión cambió el curso de la cultura del cóctel, de la gastronomía y del diseño para los siguientes cuarenta años: Don’s Beachcomber Café había nacido en un antiguo local desalojado de North McCadden place en Hollywood. Incluso en Hollywood, nada como esto se había visto nunca antes. Los clubs elegantes, «tropicalmente nocturnos» como el Coconut Grove, eran bien conocidos y ofrecían lujosas fantasías. Pero esto era algo más: la visión de un hombre de un extraño oasis de una isla... Pero la decoración no era lo que hacía al lugar: ¡eran sus bebidas!. Ernest amplió sobre todo lo que había aprendido durante sus viajes, y en el proceso creó todo una nueva categoría de cócteles.

Empezó con el legandario y muy antiguo Planter’s Punch (que en Alexander se lleva preparando más de cuarenta años) una receta inmortalizada a través del Caribe con el estribillo de «One of Sour, Two of Sweet, Three of Strong, Four of Weak». Basándose en este pilar, crearía lo que más tarde él mismo llamó ‘Rhum Rhapsodies’, usando estos poderosos cuatro componentes de nuevas e innovadoras maneras para llevarnos al Paraíso de una manera multisensorial.

La Coctelería Tiki había nacido. La palabra Tiki se originó en Nueva Zelanda y en Las Islas Marquesas, donde se refiere a un labrado-escultura-cincelado de un primer hombre. Un dios o un símbolo de procreación dependiendo de la cultura donde se originara. Pero a menudo, la mayoría de la gente se apropió de la palabra para describir cualquier escultura de La Polinesia con forma humana alargada, facciones exageradas y una cara intimidadora.

Así, pues, nació otro tipo de tiki cuyo origen es arbitrario y caprichoso y que se encuentra en muchos lugares independientemente y alejado de los lugares primigenios de origen: estamos hablando del estilo Polinesian Pop, un útil recipiente para insuflar los objetivos de ventas por parte de estos comerciantes de la alegría y algarabía de mediados del siglo pasado, que olvidaron por completo el verdadero significado cultural del Tiki. Lo que podría ser percibido ahora como inapropiado culturalmente fue entonces simplemente disfrutado por su apariencia inusual y atractivo desafiante. Su común presencia a nivel de todos los estratos de la cultura de masas norteamericana lo convirtieron en una de las imágenes del subconsciente americano por décadas.

El Estilo Tropical o Pre-Tiki: el concepto de organizar el movimiento Tiki de acuerdo a ‘estilos’ fue promovido por Sven Kirsten en su libro ‘Book of Tiki’ y ‘Tiki Pop’: Tropical nightclubs, Bamboo y Hurricane Bars.

El estilo BeachComber: Se observa un giro de las formas de estilo tropical hacia lo excéntrico y desvencijado con decoraciones marinas por doquier.

Y otros tantos tipos. El estilo de Alexander es genuino, personal, con gusto, exótico. Las bebidas son todo un fenómeno cultural y los objetos cuentan historias. Hemos hecho un guiño y similitudes entre la vida de Ernest Gantt y Don Julio, esas dos maneras tan auténticas de ser y luego de estar en sus proyectos vitales y profesionales, a esa manera tan natural de crear sensaciones.