Dicen los agoreros de ese futuro necesariamente peor que la humanidad va a perecer sepultada bajo sus propias basuras y los belgas, gente práctica y realista donde la haya, han decidido que, si eso tiene que pasar, cada cual vaya pechando ya con su carga y que, además, la clasifique por colores, para saber de antemano dónde huele y dónde no.
La recogida de basuras en Bélgica es uno de los servicios públicos de este país que más desconcierta a los extranjeros, a los mediterráneos sobre todo. Aquí, el basurero no pasa todos los días. El servicio actúa por barrios según jornadas y retira unas cosas u otras, en función de si ese día toca o no...
En algunas zonas, por ejemplo, los domingos están destinados a la recogida de los desechos menores del jardín, como la hierba cortada o las hojas. Los viernes, de mañana, los camiones se llevan la basura sin clasificar, de tipo orgánico, que vuelven a llevarse también los martes, junto con el papel, el cartón y otros residuos como el vidrio, los tetra-briks, las latas, etcétera.
Cada cosa, por lo tanto, tiene sus días (escasos, en ocasiones una sola vez a la semana), lo que obliga al ciudadano a dos ejercicios de intensidad pareja: almacenar basura en casa durante varios días y preguntarse constantemente cuáles son las bolsas que tiene que sacar a la calle en las jornadas del calendario semanal en las que la providencia pública le libera de una parte de tan indeseable carga.
Preparar el futuro
Consciente de todas estas dificultades, la basura belga ha buscado fórmulas para hacerles la vida más llevadera a sus clientes. Los colores, por ejemplo. La basura no es bonita, y ya se sabe que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Pero medio metro cúbico de basura dejada a su libre expansión en el interior de un domicilio puede tentar al propietario, si no a echarse al monte, que este país es muy plano, sí a sentirse arrojado de vuelta a la edad de las cavernas. Y tampoco se trata de eso, sino de preparar el futuro, ¿no?
De modo que a la basura, en Bélgica, hay que empaquetarla por colores. La orgánica no seleccionada va en bolsas blancas, la de jardín en verdes, el papel y el cartón en amarillas y las latas, los vidrios y demás artículos sólidos en azules.
Las aceras de los ciudadanos modélicos de este país -todos- presentan, los martes de madrugada, primorosas pilas de bolsas amarillas, azules y blancas; los viernes sólo blancas; y los domingos verdes. Las bolsas, claro está, son particularmente sólidas. No podrían soportar de otro modo las tensiones de la fermentación durante el tiempo que tienen que permanecer en los domicilios. Y vienen semitransparentes, de modo que el providencial hombre de la basura que nos desembaraza con cuentagotas de los metros cúbicos de residuos que almacenamos en casa pueda certificar que, efectivamente, el contenido responde al color del envoltorio. Los vecinos, de paso, verifican si sus conciudadanos se han dado a la cerveza durante el fin de semana y lo que se ha comido en la fiesta de la casa de al lado.
55 pesetas la bolsa
Cada una de las bolsas cuesta 55 de las antiguas pesetas. Algunos ayuntamientos, siempre necesitados de dinero, han descubierto en este negocio un filón: estampan en cada una de las bolsas un escudo de la comuna y exigen que en su demarcación territorial no se vendan otras.
De nada vale que vivamos en un mercado común, donde cada cual debería poder procurarse bolsas verdes, azules, blancas y amarillas a su antojo, al precio del mejor postor. Porque, a fin de cuentas, ¿por qué los belgas no pueden viajar a Londres en el Tren de Alta Velocidad, a comprar bolsas de basura verdes, amarillas, azules y blancas? Si hasta les saldría a cuenta
En las grandes superficies menudean las ofertas para gestionar ordenadamente semejante batiburrillo de olores y colores. A una de ellas le dieron un premio porque tiene tapa, portarrollos (de bolsas de basuras, claro) y un sistema de ensamblaje que facilita el encaje simultáneo de tres o cuatro de ellas. Desde luego, no es un modelo pensado para pisos de 30 metros cuadrados.
Todo este follón está concebido en función del desmesurado costo de la mano de obra en este país, así como de las necesidades del reciclado. Un incinerador quemando hojas sale mucho más económico que fundiendo metal. Pero, al fin y a la postre, con unas y con otros, la combustión fabrica dioxinas que terminan en los pollos dioxinados que Bélgica vende a montones por toda Europa, como pudo verse hace unos pocos años.
Los controles de dioxinas y de sus precursores, los PCB, en el entorno de las incineradoras cuestan un dineral. De modo que lo que no se va en lágrimas, se va en suspiros. Claro que el fabricante de bolsas