El hombre es barro frágil y sudor caliente. El hombre es apego a la tierra, amor a sus semejantes y ciquitraque en manos de los sentidos y de las estaciones. Así ve al hombre el poeta de Orihuela, y así lo refleja en su Auto Sacramental de sacramento esquivo. Porque en su verso, atemperado por la lejanía del barroco, se dan la mano Calderón y la lucha del proletariado, la antigua cultura judeo-cristiana y la nueva esperanza de la tierra para quien la trabaja.
Poco importa que el fratricidio relatado en el Génesis entre agricultor y pastor esté traído por los pelos ni que el oriolano mate de dos tiros a Caín, sabiendo que «quienquiera que lo matare lo pagará siete veces». Estos balazos del mal sobre el mal podrían alterar muchas de las bases de nuestra cultura simbólica, más que cierto código que ahora es un best seller, pero Miguel Hernández no va por ahí.
A él le interesan libertades y no retóricas crípticas, a él le gusta la singularidad del toro y no el adocenamiento de los mansos.
Con esa libertad expresiva, la Compañía Corral del Carbón lleva una vez más a escena esta difícil obra de Hernández. Ha atemperado un poco las tintas y los disfraces, ha mantenido libérrima la imaginación para el vestuario y ha aterrado de color el decorado, que parece acariciado por una erosión anterior al paleolítico. Otros colores, como el amor rojo, la inocencia celeste o el miliciano negro, demuestran la atención que presta el director a los detalles simbólicos.
Sigue estupendo el mimo por los objetos: jáquimas, espigas y venera. El desarrollo vertical de la escena es timbre característico y de calidad de esta compañía que lo usa tanto para un presidio de arrecogías como para una cabaña montaraz. La inclusión de jóvenes también debe valorarse en la mayor de las alturas, ya que así es como se entusiasma a las nuevas generaciones por el teatro de siempre y así es como varias generaciones ensayan un diálogo en escena que luego es tan necesario fuera de ella.
Variadas facetas
La interpretación continúa mostrando las más variadas facetas, desde los actores experimentados y ricos en matices hasta los noveles aún indecisos de zumbel y todavía no despojados de soniquetes en la dicción del verso. La prosodia propende al estilo antiguo, aunque sin perder su necesaria comprensión.
La coreografía, con ser detalle loable, deja mucho a la improvisación y al azar, mientras gusta ese toque delicado de la canción a capella que aparece un par de veces.