EL pasado 26 de mayo, el presidente George W. Bush reconocía junto a su homólogo británico, Tony Blair, que el «mayor error» de los cometidos tras la invasión de Irak había sido lo sucedido en la tristemente célebre prisión de Abu Graib. Pero apenas una semana después, las torturas y vejaciones de la cárcel de Bagdad pueden haberse quedado cortas si se confirman las revelaciones sobre los asesinatos de varios civiles iraquíes desarmados a manos de soldados norteamericanos.
Por el momento, dos investigaciones tratan de esclarecer si en noviembre pasado, en Haditha, fueron asesinadas a sangre fría 24 personas como represalia por la muerte de un joven cabo de los marines e, igualmente, si otros once civiles lo fueron en condiciones parecidas en Ishaki, en marzo pasado. Washington se enfrenta así a dos sucesos injustificables que pueden poner en grave riesgo la estabilización del país. Si conseguir que la población acepte los lamentables «daños colaterales» que se producen en cualquier intervención militar moderna -incluso tratándose del derrocamiento de una tiranía- es siempre muy difícil, cuando se trata de soldados descontrolados y convertidos en auténticos «escuadrones de la muerte», entonces estamos hablando de un verdadero desastre psicológico para las tropas sobre el terreno. Nada hay que justifique el asesinato a sangre fría de ancianos, mujeres y niños. Ni siquiera el altísimo estrés que puedan sufrir los combatientes ante el acoso de los insurgentes o las bombas-trampa. Una cosa es que en una respuesta ante un ataque mueran civiles en un fuego cruzado o porque los propios guerrilleros hayan buscado utilizarlos como escudos humanos, y otra muy distinta entrar en una casa, apuntar y disparar viendo claramente sobre quién se hace. Eso es simplemente inaceptable. Y eso es, precisamente, lo que hace urgente una investigación rápida, pero tremendamente rigurosa, que aclara qué sucedió exactamente el 19 de noviembre de 2005 y el 15 de marzo de 2006.
Los terribles hechos que se investigan ahora, y sobre los que conviene no olvidar que sólo se conocen las consecuencias, se han desvelado porque dos prestigiosos medios de información -'Time' y la 'BBC'- han difundido una información pese a que sus propios países, los Estados Unidos y Gran Bretaña, tienen sobre el terreno la mayor cantidad de tropas y soportan las mayores bajas. La lección que ambos medios han dado -que no es otra que la de la grandeza de la democracia, en este caso bajo el epígrafe de la libertad de información- pasará desgraciadamente desapercibida para la inmensa mayoría de una población, la iraquí, que ha sabido aguantar que le sacudiesen el yugo de una dictadura como la de Sadam Husein, pero que puede no aguantar más episodios como los de Abu Graib, primero, y Haditha e Ishaki, después. La matanza de My Lai, en 1968, contribuyó a desmoralizar a la sociedad norteamericana sobre la guerra de Vietnam y no sería descabellado pensar que estemos asistiendo a los primeros compases de la misma historia.