SOLO dos días antes de que expirara el plazo disponible desde que fue designado al efecto, Nuri al-Maliki acaba representar al Parlamento el primer gobierno irakí destinado teóricamente a cubrir una legislatura completa y nacido de las elecciones legislativas de quince de diciembre pasado.
La gran cantidad de tiempo transcurrido desde la jornada electoral indica claramente las dificultades del proceso. Al-Maliki, un chií conservador-moderado salido del partido al-Dawa, fue escogido por la Alianza Irakí Unida (el grupo chií que domina el Parlamento) como sustituto del primer ministro saliente, Ibrahim al-Yaafari, quien se resistió duramente a dejar el encargo tras haber ganado, por un voto, las primarias en la Alianza como candidato.
Maliki ha necesitado un mes casi entero para distribuir el poder entre los diversos factores presentes, sobre la base de que su tarea central es integrar a los sunníes al proceso político en curso. En principio parece haber conseguido sus objetivos, aunque porque no ha podido encontrar los titulares para los ministerios de Defensa (pretendido por los sunníes) y del Interior (para un chií) y él mismo asume interinamente las cruciales carteras, que manejan a las fuerzas de seguridad.
El hercúleo esfuerzo ha dado un Gobierno de amplia base y unidad nacional, medida rigurosamente en porciones de poder atribuidas a las distintas comunidades, más alguna presencia técnica. Formalmente nadie está ausente y el Gabinete debía fomentar la reconciliación y tener éxito en apuntalar el proceso. Pero, desafortunadamente, nada es menos seguro. No está garantizado que la rebelión sunní, en primera instancia, se dé por satisfecha, aunque haya recibido algunas seguridades a cargo de mensajeros del presidente Talabani, que ha negociado en paralelo con representantes de la insurgencia, por no hablar del terrorismo yihadista. De hecho, la presentación del Gabinete fue recibida con dos terribles atentados y el descubrimiento de muchos cadáveres de personas asesinadas en acciones de violencia sectaria. Una ominosa y trágica señal de lo que le espera a este ejecutivo, el primero no provisional desde la invasión.