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Domingo, 21 de mayo de 2006
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MUNDO
 Actualizado: 2.51 a.m.
 
 
EDICIÓN IMPRESA
 
Irak y Afganistán viven una primavera romana, compiten en despropósito político y en pompas fúnebres. Los talibanes se han venido arriba en una orquestación coral del Oriente Próximo animal que da miedo. En cuarenta y ocho horas se han producido bajas americanas y francesas en Afganistán, mientras se extiende la especie de un toque a generala para desestabilizar la región. La provisión de muertos intenta compensar los excesos del hambre, como aplicando la Ley de Maltus a lo bestia y asusta a los ocupantes de la casa de los horrores. El otro día, un grupo de amigos de Bin Laden se apoderaba de una población afgana como en los viejos tiempos en que los estudiantes mantenían a raya a la Alianza del Norte a librazos de Corán. Y allí, les recuerdo, permanecemos en coalición, o sea, estamos para el reparto de bofetadas. Me aturde que la veteranía de un Gobierno democrático, que tantos bienes nos iba a traer y fue ejemplo de voluntad popular frente al miedo a las urnas, no haya conseguido forros para una pelota, que sigua como muerto sin garantizar la seguridad, atenazado por los señores de la guerra y trufado de fiambres encadenados por acciones de la resistencia, los terroristas o la madre que la parió. Digo esto porque vamos de nuestro corazón a los asuntos trasladando nuestra fe de un sitio a otro, sin esperanza. Hora creemos en las bondades del nuevo Gobierno iraquí y en su benefactor amparo, hora la insurgencia pasaporta al otro barrio a otros veinticinco ciudadanos de bien, a quienes se les priva de saborear las mieles de su inédito Ejecutivo. «El Gobierno es lo prioritario», decía Bush, «ahora será otra cosa», preconiza Condoleezza Rice. Y lo será, porque constituido como bien universal, al fin, tenemos niños para echarles la culpa. Sabremos quién es responsable de la inseguridad, del caos y la inflación terrorista y podremos mandarles a hacer puñetas. Será protocolariamente aceptado que los chiíes muerdan a los suníes, y estos a los kurdos. De este gallinero sólo podemos esperar algún huevo. También habremos hallado el pretexto para largarnos. Si ellos no quieren, ¿qué pintamos nosotros?
 
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