ADMIRO a los audaces. A quienes se las juegan todas. A quienes son íntegros en medio de la desintegración. Admiro a las mujeres que luchan por sus derechos. Admiro aún más a las mujeres musulmanas que luchan por sus derechos. Como la iraní Shirin Ebadi, una de las pocas juezas de su país, amputada de su profesión por la revolución fundamentalista de 1979. Desde entonces, ejerce como abogada y lucha contra el régimen teocrático promoviendo la libertad de prensa, la igualdad de género y la defensa de la infancia. Como es natural, recibe continuas amenazas de muerte. En su buzón. En su correo electrónico. En las paredes de su casa. La acusan de traidora. Y peor aún, de enemiga del Islam. Pero ella sigue adelante. Leo sus declaraciones en TIME y, más incluso que su enorme valentía, me sorprende su templanza. Ella, que podría ser una mujer llena de rencor contra un patriarcado que la despojó de su importante rol social, ella que podría proclamar a los cuatro vientos ser víctima del fundamentalismo, afirma que «soy una mujer iraní. He aprendido a ser paciente». Qué hermosas palabras para una luchadora. Y añade quitándose importancia: «Occidente debe saber que en Irán hay miles de mujeres como yo».
Teniendo como tiene fama de testaruda, responde así a la pregunta de si las continuas discusiones exasperan a su marido: «Mi marido y yo apenas discutimos. Creo tan firmemente en la igualdad, que he llenado con ella toda nuestra vida familiar». Hay belleza en estas palabras. Por su convicción. Ya lo dijo Keats: «Lo que es bello debe ser verdad».
La belleza interior se manifiesta en el exterior y, así, esta mujer de 58 años no aparenta más de 40. Con la inteligencia de la que hace gala, ha sabido penetrar en el tiempo, domarlo, hacerlo suyo. Cuando le preguntan cuál es su verso favorito del Corán, recita sin dudarlo: «Dios jura por el tiempo. Cualquier cosa que ganas en tu vida, la pagas con tiempo». Por eso, el secreto de la belleza de Shirin Ebadi es simple, tan simple como las cosas importantes de la vida: «Cada noche, antes de dormirme, leo durante una hora una novela. Así es como trato de olvidar el agresivo mundo del día». No hay más. ¿Tan sencillo!
¿Pero qué novela está leyendo Shirin Ebadi? Aquí también se salta las normas. «Ahora estoy leyendo 'El Zahir', de Paulo Coelho», declara, para añadir a continuación por si cabía duda: «Me gusta la forma en que Coelho ve el mundo». ¿Ahí es nada! Que los escritores serios españoles se rasguen las vestiduras.
Shirin Ebadi fue premio Nobel de la paz en el 2003. Eso no la salvó de las persecuciones. Aún tiene abierto un proceso por haber ayudado monetariamente a Akbar Ganji, un periodista injustamente encarcelado por el régimen. Que un generoso rasgo de solidaridad dé lugar a un proceso es algo propio de las peores dictaduras.
Pese a esta persecución, y en una nueva prueba de su lucha sin ira, Shirin Ebadi ha publicado un libro de memorias que sólo puede hacerle bien a su país: 'El despertar de Irán', se llama. Ebadi pone nuevamente el dedo en la llaga: «No hay aún un lugar en el mundo donde las mujeres sean tratadas como deben».
En efecto, hacen falta muchas mujeres como Shirin Ebadi para ello. Reivindicación sin ira. Firmeza sin rencor. Belleza sin tiempo. Y una novela. Esta es la verdadera bomba atómica de Irán.