El pintor José María Rodríguez Acosta (1866-1941) mandó construir el carmen granadino que lleva su nombre en la segunda década del siglo XX, cuando sufría una crisis personal, motivada sobre todo por la muerte de sus padres. Casi cien años después, esta vivienda se despojó ayer de todo halo de tristeza para colmar sus jardines de niños que celebraban el Día de los Museos, que oficialmente es el 18 de mayo.
El reputado artista granadino abandonó temporalmente los pinceles e ideó esta ambiciosa vivienda de tres pisos, patio columnado, aljibe, jardines y ... cuevas (las grandes desconocidas del recinto, que ayer se abrieron al público). Nunca habitó el palacete, sólo volvió a él para pintar. Y a pintar, entre otras cosas, acudieron decenas de críos ayer, al reclamo de los animadores de Pinponclown.
Miguel Rodríguez-Acosta, presidente de la Fundación, se alegraba de la mañana primaveral con la que se había despertado el domingo. «Me complace ver a la gente moviéndose por los jardines y refugiándose del sol», apostillaba el sobrino de José María Rodríguez-Acosta, que agradeció a Puleva el patrocinio del evento.
Mientras los niños prestaban atención a los payasos, cuentacuentos y malabares de Pinponclown; los mayores atendían las explicaciones de Manuel Casares, profesor universitario de Botánica; Javier Gallego, director de la escuela de Arquitectura; y José María Pita, ex director del Museo del Prado y catedrático de Historia del Arte. Sus palabras ayudaron a entender mejor este carmen influenciado por la Secesión vienesa, el racionalismo y el funcionalismo.
Otros se despistaron demasiado en el ir y venir de la mañana, como ese 'guiri' intentando encontrar la Alhambra en un mapa urbano de Sevilla. Algún individuo intentó ayudar concienzudamente a este delirante personaje de Pinponclown, que algo más tarde, revista del corazón en mano, preguntaba dónde encontrar a Tita Cervera. «En Madrid, no aquí», le respondían algunos progenitores en uno de esos días en los que hacen la vista gorda con los lamparones de pintura de sus hijos. José Antonio, de 6 años, después de «desayunar, jugar y poner la tele», vio «muchas cosas» y se hizo fotos en la Fundación. No obstante, «lo de los globos y los malabares» fueron sus actividades predilectas, además de conocer a dos nuevos colegas, Mariana e Ignacio.