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Martes, 9 de mayo de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNAABIERTA
Sobre la estupidez
BORIS Vian escribió, hace ya décadas, una curiosa y recomendable novela: 'Que se mueran los feos'. Pero por qué ese tono desabrido, si el feo no hace daño; además el mundo es mejor con ellos (nosotros), como lo es con tontos. El problema comienza cuando el feo pretende ejercer de guapo (cincuentón tratando de ligar al pedir martini agitado, no mezclado, con sonrisa entornada a lo James Bond). O cuando el tonto actúa como si le sobraran neuronas: hace poco cayó en mis manos uno de esos correos que circulan por internet con un examen de un alumno que después de decir no sé cuántas barbaridades exigía -apoyado por sus padres- el aprobado en la materia. Ese 'plus' que proporciona la estupidez, puede provocar que se tope uno con algo realmente peligroso. La sensación es real en muchos profesores.

El tonto a secas hasta puede resultar enternecedor; pero el tonto a secas es cada vez más difícil de hallar. Los tontos son cada vez más enterados, están informados y creen que eso les otorga el derecho a que se les haya de escuchar, atender, considerar..., no como personas, sino como auténticos peritos en algo.

«Oh, los estupendos cretinos de antes -exclamaba Leonardo Sciascia-, genuinos, integrales. Como el pan hecho en casa». Y es que el cretino puro suele ser prudente y comedido, lo que ya es un grado de sabiduría; conoce su límite y conoce lo que es. Pero el cretino listillo y enterado se atribuye el derecho a opinar sobre todo -acaso esto no esté mal-. Y, además, pretende ser escuchado como si lo que dice tuviera alguna relevancia -eso ya es intolerable-. La vitola que aduce como argumento para reafirmar sus criterios suele ser «es mi opinión»; es decir, el que 'sea suya', la opinión, es lo que por lo visto hace de ella algo valioso.

«Tonto de capirote» era la expresión preferida de Miguel de Unamuno para los ejemplares de esta especie. Y si el capirote es utilizado para cubrir la cabeza, «y hay muchas diferencias de ellos: unos son capirotes de doctores...» incluso, menciona Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana, habrá que concluir que tonto de capirote es equivalente de «tonto graduado», acaso hasta con distintivo de doctor... ¿Dónde queda la sencillez proverbial de Perico el de los Palotes? Jamás de los jamases, Perico se hubiera puesto a dialogar sobre Platon, pronosticar una salida para el conflicto árabe-israelí o comenzar una autobiografía con la célebre frase «era de noche, y sin embargo llovía». Perico es más elemental, carece del alarde de suficiencia del enterado, e intuye que la 'opinitis' es una patología de difícil arreglo cuando ahora ya se fomenta desde los años tiernos de la primera escuela.

Entre la infinita cantidad de tontos -lo sentencia el Eclesiastés (1,15) «Stultorum infinitus est numerus»- la tipología puede reducirse a esos dos. El tipo Perico discurre poco (cuando mira, parece que entiende), pero tampoco hace discursos, no molesta; y aunque sea un adoquín tiene la suficiente luz para ver que el tonto callado, si no pasa por sabio, al menos sí lo hace por menos tonto. El tipo enterado resulta peligroso: es desenvuelto, interviene en los asuntos más peregrinos, puede sostener sin sonrojo que ha leído a Sócrates y utilizar tres veces seguidas al adverbio «ontológicamente» porque lo escuchó ayer; reprende y da consejos, sentencia siempre sobre fútbol y política, y postula sin vacilaciones en asuntos de mujeres con una sonrisa lanzada al infinito; y, en pretendido afán de corroborar lo que dice, hace muecas dando a entender que aún se deja cosas en el tintero... Necio «de metal resonante» lo llama Luis Rufo, «que al no saber hoy más que ayer, infiere de aquí que ha llegado al cabo de lo que hay que saber».



Vocento


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