EL Sahara es llamado por los nómadas el 'Gran Vacío'. No escasean los libros y artículos que tratan del gran vacío físico y espiritual que nos rodea. Hasta el siglo XVII se creía que a la Naturaleza le repugnaba este fenómeno, pero la ciencia moderna acabó aceptándolo. Cinco de los doce primeros Nóbel de Física y Química fueron concedidos por trabajos y descubrimientos de las técnicas del vacío, que no cesa de crecer en el Universo, igual que los agujeros negros cuya concentración de gravitación no deja escapar ni la propia luz. Es alucinante este contrapunto del devenir del Cosmos. Habrá que tenerlo en cuenta para no caer en su oquedad.
Alguien confesaba hace unos días lo siguiente: «Reconocí que en mi vida existía un gran vacío que debía llenar. Como muchos otros, siempre fui muy ambicioso y creí tener el talento y las agallas para conseguir lo que me propusiera. Pero en lo más profundo de mi ser sentía que me faltaba algo, un vacío imposible de llenar que me provocaba gran descontento. El reconocimiento de que la única manera de alcanzar una felicidad y satisfacción verdadera era el abandono de esas ambiciones y la opción por una vida de pobreza ». Y es que nuestra astuta sociedad, sabedora de que la política y el poder suelen ser principales fabricantes del vacío, compañero de las ideologías -hoy repletas de palabrería y discursos envolventes, preparados y alentados por los dioses de la imagen, los que de verdad gobiernan el mundo, enaltecen ánimos y arrancan entusiasmos ante la 'nada' convertida en realidad virtual-, tiene instrumentos muy eficaces para generar señuelos.
Un cúmulo de carencias conduce al gran vacío, a la soledad de la ausencia que nos hace desvariar y apostar por el bozal, la servidumbre voluntaria, los pedestales, los dólares, los blindajes, la vida social de alto standing, los negocios oscuros, los incrementos patrimoniales inmorales, movidos por el miedo a no traspasar la barrera del sonido vulgar y quedar condenados a soportar a los plebeyos y por tanto privados de vivir con el estrellato del 'oxígeno' puro de la zona VIP, donde se dan cita la categoría, la reputación, la importancia y la solvencia. ¿Quién duda de que la fama, el poder y el lujo están vacíos aunque salgan en las primeras páginas de los periódicos y las revistas, en las pantallas de la televisión y las vallas publicitarias, y no quepan en sí mismos?
Se empeñan algunos medios de comunicación en diseñarnos rutas de 'dignidades' con recompensas en forma de prestigio, reconocimientos, aplausos, rendibúes, círculos de poder, cheques 'generosos' y casas sin tiempo para disfrutarlas, animándonos a entrar en el grupo que, previa venta de honor al diablo más querido, vive dedicado a la tarea de instalar un nuevo orden en el mundo para transformarlo en una descarada escuela de negocio, en una bolsa ruin, a cambio de dividendos ilícitos. Y además se nos quiere convencer de que no se puede ser feliz comiendo por siete euros en un restaurante donde no haya reservados ni miradas de presunción, con gente normal, sin aspirar a desear lo que otros tienen, aunque lo hayan conseguido por procedimientos injustos. ¿Dónde queda el proyecto de ganarse el respeto, si es que es un valor, con el exclusivo apoyo de uno mismo? Porque lo fundamental en la vida es oler bien por dentro, donde no llega el aliento del perfume. Ante tantas situaciones extrañas a veces no queda más remedio que hacer el vacío para aislarse del mundo que no tiene intención de cambiar a mejor.
En el camarote de nuestra vida nos sobrecoge la contemplación de la inmensidad del mar donde navegamos hacia un horizonte de horizontes, mientras nos acosan unas ansias enfermizas, un desasosiego de limitación y una frustración desmesurada a causa de los atractivos cantos de una seductora procacidad. Pero tras esa música aparentemente sublime está el vacío que grita que los individuos nunca son mayoría, como tampoco lo son los que limpian cada día los llamadores de la puerta de las conciencias ni los que ponen luces de aviso en los caminos de la noche.
Hay gente que deja un gran vacío cuando se marcha de este mundo; gente que perdió la oportunidad de su vida dedicándose a los demás, desaprovechando negocios rentables, desperdiciando su tiempo haciendo el bien, rechazando la traición, la suplantación, la especulación, y creyendo en actitudes, no en teorías, en un trabajo honrado que no propicia el enriquecimiento desmesurado, normalmente acompañado de robo y malversación. ¿Cómo destruir el vacío? Tal vez «guardando cerdos y comiendo algarrobas», como San Agustín en su conversión, o abandonando 'cátedras', palacios, altas posiciones y privilegios, escribiendo así una modélica sinfonía de adioses.
Se cree que el silencio convive con el vacío, y no es verdad. El silencio habla y alto. No se le pude hacer el vacío. Como acusa y deja al descubierto el protagonismo de la palabra huera y del pensamiento huérfano, se procura eliminar pues desagrada al ruido impertinente de unos tiempos pervertidos que rinden pleitesía a las riquezas. Pero nunca, yo lo sé, consentirá que deje de percibirse la música del latido del corazón de un ruiseñor.
El vacío interior acosa a nuestra sociedad que se siente triunfadora por la ciencia, mientras, ¿qué ironía!, los espacios verdes desaparecen por la especulación más vergonzosa. Se me ocurre pensar que en tantas ocasiones también nuestra sombra intenta alejarse de nosotros hastiada y harta de aguantarnos día y noche impertinencias, sonrisas falsas, poses indignas, discursos mezquinos, artimañas y mentiras propiciadas por el cabestro voluntario del pensamiento único. Pero la pobre nunca podrá ser libre, su vida pende del hilo de la nuestra. Vive con y por nosotros. Si el cero es el vacío matemático, la ausencia de cantidad, lo opuesto al número, el indicador de nuestra ignorancia, el cero absoluto es el gran vacío de una vida que como un agujero negro lo engulle todo convirtiendo la luz más rutilante en oscuridad tenebrosa. Siempre queda la esperanza de la llama diminuta del corazón ardiente de una vela. JESÚS FERRERO