El chico -un alumno de segundo de ESO de un centro escolar de la capital- vomitaba constantemente. Sus padres le llevan al médico. Diagnóstico: una gastroenteritis. Cuando la enfermedad parece amainar, vuelve al instituto. Al poco tiempo, el muchacho empeora de nuevo. Su familia ya sospecha que su mal no es físico. El chico tenía miedo y no quería ir a clase. Un compañero le acosaba desde hacía tres meses: unos días le pedía dinero, al siguiente, le quitaba un juego para la 'play' o una carpeta... No era el único afectado: al menos había otro. El acosador -que actuaba junto a otro menor de 14 años; es decir, que ni siquiera tenía edad para ser procesado- trataba a las víctimas de manera «intimidatoria» y «humillante». Además les exigía silencio, el caldo de cultivo ideal para el 'bullying'. Si contaban a alguien lo que estaba pasando, se iban a arrepentir. La ansiedad se estaba apoderando de los jóvenes. Ir al instituto se convirtió en un suplicio.