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Martes, 25 de abril de 2006
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OPINIÓN
NOSOMOSNADIE
Nos vemos en la gasolinera
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LEO en el periódico que el Ayuntamiento de Granada ha emprendido los trámites definitivos para hacer desaparecer la gasolinera de Recogidas y trasladarla a la salida de la circunvalación hacia La Chana. Lo leo y una sensación indefinible de nostalgia y melancolía me inunda suavemente. Sí, ya sé, esa gasolinera es un peligro ahí donde está. Desentona en un enclave estratégico de entrada a la ciudad, resulta anacrónica, desfasada, inservible, fea. Además, la mera posibilidad de un reventón de los tanques de combustible y las espantosas consecuencias que acarrearía, pone los pelos de punta a cualquiera. A mi, sin embargo, se me han puesto como escarpias al imaginar esa esquina con tiendas y sin surtidores. Y no estoy loco, que diría el del bar de la avenida Cervantes. Vale, es un capricho, será la tentación lánguida y asténica que el tópico atribuye a estas hojas del calendario, pero la cuestión es que he sentido pesadumbre y añoranza anticipada al conocer la noticia. Como si presintiera que mi mapa existencial comienza a borrarse por las esquinas.

La gasolinera de Recogidas llenó su primer depósito hace sesenta años. Sólo la de Villarejo es más antigua. Todo ha cambiado desde entonces, además del precio del combustible. Las estaciones de servicio (el nombre es una modernez de ese idioma ampuloso que nos invade) parecen ahora centros comerciales. Se puede uno tomar un café, comprar el pan recién horneado, el periódico, chicles, un deuvedé, leña y hasta cartones de leche y botellas de Ribera del Duero. Antes se podía despotricar del Madrid con el gasolinero o al menos quejarse del frío o del calor mientras se llenaba el depósito. Ahora cada perro se lame su manguera y sólo apetece contestar con un gruñido a eso de «ha elegido usted gasolina sin plomo eurosúper».

En la de Recogidas era otra historia. Los gasolineros, con su pulcro uniforme azul, te hacían la pregunta de rigor «¿cuánto va a ser?» y al rato hundían sus manos en una cartera de cuero que amarraban a la cintura para guardar el billete o darte el cambio. Recuerdo con cariño a un empleado calvo, con gafas, sordo, al que acudíamos cada vez que nuestro 'seíllas' azul matrícula de Almería pedía de comer. Allí me aficioné al olor de la gasolina, inflé balones y ruedas de bici y aprendí geografía de España en un enorme mural que llenaba la pared lindante con Recogidas. La atravesé miles de veces en ambos sentidos y siempre me pregunté por los misterios que se escondían tras una puerta acristalada de doble hoja que nadie franqueaba nunca y tras la que se veía un sofá de skay siempre vacío. Allí nos hemos resguardado todos en días de lluvia bajo su acogedora visera, pero, sobre todo, la gasolinera ha funcionado como un punto cardinal de la geografía granadina, faro y lugar de encuentro para las citas.

Ahora ya es un fantasma al que la transparencia le come terreno día a día. Yo mismo me refiero a ella en pasado. Desmontarán todo aquello y se instalarán tiendas más lustrosas y seguras, como debe ser. La esquina seguirá allí, el kiosco también, pero un absurdo murmullo interior me dice que cuando quedemos allí dentro de cien años volveremos a citarnos en la gasolinera. ¿O acaso no seguimos quedando en Costales?



Vocento


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