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Martes, 25 de abril de 2006
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OPINIÓN
PUERTA REAL
Mi movida
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DICEN que la movida comenzó en 1980 en un concierto de la Escuela de Caminos, pero, en realidad, se inició en muchas partes a la vez. Para mí, se abrió el día de octubre de 1982 en que puse los pies en la Librería Moriarty. Situada muy cerca de Ópera, caía a cinco minutos de mi buhardilla en el número 1 de Puerta Cerrada. Fue entrar y toparme con los que serían mis compañeros de viaje: Borja Casani, Lola y Marta Moriarty, Tono, Kiko Feria, Ramón Mayrata, Ceesepe, Javier Barquín, Javier Utray... Ya no dejaría de ir un solo jueves, día en que nos reuníamos a partir de las ocho. Allí se forjó la idea de que Madrid era la capital cultural del mundo. Allí surgió 'La luna de Madrid'. Allí conocí a la pintora surrealista Maruja Mallo, a los escritores José Luis Sampedro, Juan Madrid, Lourdes Ortiz, Luis Antonio de Villena, Fernando Savater, Luis Mateo Díez... Allí surgió la idea de la Tertulia de Creadores, que, al año siguiente, dirigiríamos Kiko Feria y yo en el Círculo de Bellas Artes, y por la que pasaron todos los protagonistas de la movida, desde Santiago Auserón a Jesús del Pozo, Javier Valhonrat, Juan Pablo Silvestre, Fietta Jarque, Sibila, José Luis Tirado, Rodrigo, Fernando Márquez 'el Zurdo', El Hortelano, Ouka-Lele...

¿Qué hermoso era Madrid! Teñido por la luz desusada y galvánica que iluminó a las vanguardias de comienzos del siglo XX, parecía la ciudad de todas las innovaciones. En cada café, en cada bar, en cada sala de conciertos, la gente componía con su simple presencia una irrepetible obra de arte. Qué variedad la de los gestos, qué libertad la de las ropas, qué ingrávidos y musicales los movimientos, y, sobre todo, qué misterio detrás de cada mirada, qué mundo nuevo y desconocido para abismarse en él. Salías de casa a las dos de la madrugada y encontrabas en todas partes riadas de jóvenes que iban o venían de los más diferentes tugurios. Recalar en ellos era toda una aventura. Cada cual tenía su secreto, su morbo. En cada uno, quedabas subyugado por algo inconcreto pero rabiosamente actual. El Sol. El Barbieri. El Rock-Ola. El Electra. La Vía Láctea. El Oba-Oba. El Central.

Madrid era a la par Nueva York y París y Londres y Berlín. Venían extranjeros de todo el planeta para reconocer que era la ciudad con más vida que habían visto jamás. Aquel renacimiento parecía imposible. Bastaba ir una noche de verano a la Castellana para quedar maravillado: una enervante riada futurista hacía la ruta entre las múltiples terrazas de osados neones y audaces diseños. Te podías sentar sobre el césped de los bulevares y contemplar a la muchedumbre como si viajaras a través del cosmos. La mirada lo era todo en medio de una frialdad serena y distante. Porque declarar abiertamente el deseo significaba mostrar que se era un intruso. Entonces, como espoleados por un conjuro, los deslumbrantes secretos se cerraban para el impostor. La Movida era cruel e inexorable con quienes no estaban iniciados en sus extrañas y caprichosas reglas.

No sabemos cuándo comenzó pero sí el momento en que acabó. Fue el 19 de enero de 1986, día de la muerte de Enrique Tierno Galván. Madrid se quedó huérfana. Sólo en el corazón de un viejo sabio podía caber la dicha que se había vivido. Después, nadie fue capaz de recuperarla. Y la Movida desapareció como la niebla, dejándonos la prosaica desnudez de la verdad. MARTÍNEZ CANO



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