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Lunes, 24 de abril de 2006
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OPINIÓN
TRIBUNA
Arquitecto en Nueva York (IV) Juan Domingo Santos y la casa con huerto de cerezos
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JUAN Domingo Santos (Granada, 1961) pertenece a la tercera y más joven generación de arquitectos seleccionados para la exposición 'On Site: New Architecture in Spain' del Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York. Profesor de proyectos en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Granada, Juan Domingo Santos tiene una especial relación con la Vega, hasta tal punto que su propio estudio está instalado en una de las azucareras del siglo XIX, patrimonio industrial de primer orden. La obra seleccionada, aún en construcción, es una vivienda situada en Cájar, alrededor de un pequeño huerto de cerezos. Juan Domingo Santos dirige en la actualidad, además, las obras del Edificio Zaida de Álvaro Siza, también seleccionado en la muestra neoyorquina. Una frase ya clásica del propio Álvaro Siza sirve para adentrarnos en la problemática de la Vega de Granada, que el proyecto de la casa con huerto de cerezos, pretende poner de manifiesto: «Un lugar vale tanto por lo que es como por lo que puede llegar a ser». En nuestro caso, nos encontramos ante una Vega que aún vale mucho por lo que es, pero cuyo valor futuro queda empañado por las dudas que suscita una desafortunada colmatación urbana de discutible acierto. De ahí nacen, en principio, la reflexión y la propuesta de Juan Domingo Santos, en un intento de definir estrategias para que esta parte sustancial de la ciudad no se disuelva en un anodino muestrario de adosados, para que no se pierda la calidad de vida que aún es posible encontrar en la Vega, en su estructura a medio camino entre campo y ciudad. Estrategias para conservar, desde una postura contemporánea, sus cualidades paisajísticas y ambientales insustituibles, para que la referencia de la Sierra, la ciudad y la horizontalidad de su Vega, siga presente en Granada.



La Vega que desaparece.-El concepto de tradición, según Juan Domingo Santos, es en ocasiones una noción bastante confusa y que se suele emplear con muy poca precisión. Es, en definitiva, una palabra que encierra malentendidos, pudiendo usarse de manera diversa e interesada, llegando fácilmente a traicionarse su significado. Entender la tradición no sólo como lo que se transmite sino como el vehículo de transmisión, conlleva a aparición de la idea de cambio fluido, un concepto dinámico, afectado en sí mismo por los procesos de transformación. De este modo, según el arquitecto, la tradición no habla de conservar ni de destruir sino de mantener un espíritu vivo, puesto que cada época encuentra una expresión formal para construir la tradición de su propio tiempo.

Detrás de la casa con huerto de cerezos existe un amplio trabajo teórico. Una pregunta que ayuda a resumir el punto de partida es la siguiente: ¿pueden los actuales parques agrícolas convertirse en los futuros parques urbanos? Así, detrás del encargo de esta casa late un problema mayor: el conflicto que surge en el límite entre el suelo urbano y el agrícola. No es nueva la idea de que, al igual que la ciudad se desdibuja en suburbios, el campo puede convertirse también en una especie de 'sub-agro' en ese delicado punto de transición donde todo se mezcla. La existencia de este campo degradado se debe, en gran medida a la sustitución de antiguas zonas de explotación agrícola por masivas urbanizaciones residenciales, cuyo concepto de habitabilidad no aporta nada especialmente enriquecedor a los modos de vida de sus ocupantes. Un ejemplo clarificador de todo esto puede encontrarse en los planes parciales que borran los espacios agrícolas para restituir en la posterior urbanización unas artificiales y convencionales zonas verdes.

La Vega de Granada, especie en peligro de extinción, suscita los más encendidos debates. En esta discusión acerca del futuro de este espacio tan grato para todos los granadinos, la postura que defiende la casa con huerto de cerezos se basa en la transformación del espacio agrícola como clave a la hora de afrontar la urbanización de la periferia. Todo ello pasa, claro está, por encontrar maneras diferentes al invasor adosado que encajen de forma natural con la forma de vivir tradicional y con las particularidades de la vida contemporánea. Una tradición que no se resiste a morir sino que se ajusta a su época para definir el espíritu (tal vez utópico) de un momento concreto.



La casa, el patio, el huerto.-Pero, además del análisis urbano del que arranca, la casa en un huerto de cerezos admite una lectura espacial en la que se revela una gran riqueza. Al acercarse a ella en coche se pasa por una rápida sucesión de paisajes diversos: el fin de la ciudad consolidada, la primera periferia, un suelo agrícola que aún persiste con cierto aplomo, los pueblos del cinturón metropolitano Y si se mantiene la mirada atenta no es difícil encontrar algunos bellísimos huertos de cerezos. Jugar a que el huerto pueda ser un jardín doméstico además de un patio que vertebra la vivienda es la apuesta sencilla y ambiciosa de esta obra de Juan Domingo Santos. Pensar que la explotación agrícola puede coexistir con la vivienda de una manera distinta, más racional, mezclada y polivalente, es el sustento ideológico de la casa con huerto de cerezos. A la llegada, el pequeño edificio se nos presenta como una especie de ovni en medio de toscas urbanizaciones y de un suelo agrícola que todavía cabe adivinar. Cuando se recorren sus espacios y sus miradas, la casa hace que sea imposible mirar al resto de sus vecinas de la misma manera: los auténticos objetos ajenos a la Vega son algunas de ellas.

El árbol, el cerezo, deja su huella en la vivienda desde el principio: desde la distancia entre frutales plantados que coincide con la crujía de la casa, hasta la presencia y relación con árboles preexistentes conservados. La casa podría definirse como un conjunto de miradas, en un contexto en el que muchas de las construcciones aledañas de la Vega se niegan la mirada unas a otras. En un despliegue de transparencias, aperturas y veladuras, la casa se dispone en torno a un patio-jardín-huerto de cerezos inclinado, en el que las dependencias se colocan y relacionan. Aunque, tal vez, lo más emocionante de la casa no sea ni su contundente imagen (donde confluyen texturas contemporáneas de hormigón, celosías metálicas o perforaciones de ventilación e iluminación basadas en las formas tradicionales de los secaderos), ni su relación de escala y visión paisajística, sino el espacio que se genera en ella, un espacio que continuamente quiere escapar, casi estallar, abriéndose, liberando siempre algún punto de tensión. Una casa en la que cada acción del habitar que se realiza lleva aparejado un espacio que permite lecturas superpuestas y relacionadas, intentando desactivar los resortes convencionales de lo ya sabido de antemano. Una casa que proporciona la capacidad de realizar acciones, de vivir activamente de manera consciente. Y, en medio, en su punto central, el huerto de cerezos marcando el paso del tiempo: estructura y ramaje desnudo en invierno, blanco de primavera, verde en verano, rojo de otoño formando una alfombra. Una interpretación contemporánea del espíritu de la Vega alejado de cualquier pintoresquismo, que amplía el modo tradicional de habitar la casa agrícola, manipulando el huerto con criterios domésticos y urbanos



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