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Sábado, 1 de abril de 2006
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Sin perder el sentido
Un fisioterapeuta, un músico y una cocinera invidentes analizan la teoría de la compensación, según la cual los demás sentidos se agudizan para contrarrestar la ceguera
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TUS manos son tus ojos». María Luisa Valdés lo dice por experiencia. Se quedó ciega cuando tenía ocho años a causa de un glaucoma. Pero eso no le ha impedido estudiar, trabajar y formar una familia. María Luisa es un ejemplo de que, cuando la vista falla, la naturaleza despliega una estrategia de compensación para que los otros sentidos suplan al que se ha perdido: en su caso, utiliza el gusto en la cocina para hacer las delicias de su marido y sus dos hijos. «El pisto dicen que me sale bien. Mi madre me enseñó a hacerlo», comenta María Luisa, para quien, más allá de la percepción, hay que contrarrestar la discapacidad visual con una voluntad de superación diaria.

Tanto los expertos como los afectados coinciden en que esa compensación es un hecho. Pero con matices. Al igual que María Luisa Valdés, telefonista en la delegación de la ONCE en Granada, el fisioterapeuta Joaquín Llovera cree que uno de los sentidos que más se desarrolla para suplir la carencia de la visión es el tacto. El guitarrista Vicente Fernández Maldonado barre para casa: «El oído es nuestro sentido más importante».

Ciegos totales y formados en centros educativos de la ONCE, los tres invidentes consultados por IDEAL coinciden en que nunca han tenido dificultades graves por culpa de su ceguera. María Luisa (Granada, 1942) estudió en Alicante y Madrid y a los 18 años empezó a ganarse la vida en casa haciendo punto. Finalmente se colocó como telefonista en la propia delegación de la ONCE en Granada. Aparte de trabajar, ha criado a dos hijos, que hoy tienen 26 y 24 años, es una excelente cocinera y una experta de la costura que enseña a otras mujeres a coser y hacer punto.

Asegura que en la cocina se vale de «truquillos» para compensar la falta de visión. Por ejemplo, no puede añadir los ingredientes «a ojo», por razones obvias, sino que ha de medirlos. Y las recetas las apunta en Braille. Tampoco puede ver la potencia del fuego, que calcula por la posición de los mandos. Como otras amas de casa, adopta cada nuevo electrodoméstico que facilita las tareas. La freidora, sin ir más lejos, le permite preparar los alimentos sin preocuparse de si les ha dado la vuelta o no, lo que, para ella, es difícil de precisar.

Sin embargo, no cree que su sentido del gusto sea más fino que el de otros cocineros. «El tacto sí está más desarrollado: tus manos son tus ojos -asegura-. Y te entra todo por el oído. Por eso nos molestan tantísimo los ruidos. Cuando estoy en un sitio ruidoso digo: 'Ahora es verdad que no veo'».

A su juicio, lo que compensa la deficiencia visual no es tanto la percepción por otros medios como la fuerza de voluntad. «Las cosas me cuestan más trabajo que a los que ven, pero las hago. Hay que tener voluntad de superación cada día», concluye.

Aunque no conocía la carrera, Joaquín Llovera (Valencia, 1947) optó por la Fisioterapia porque a finales de los sesenta apenas había salidas laborales para los invidentes. Estudió en un centro de la ONCE en Madrid y empezó a gustarle cuando comenzó a ejercer, primero en su ciudad, como particular, y más tarde en La Coruña, donde obtuvo una plaza de la Seguridad Social. Casado con una andaluza y padre de una hija, cuando le ofrecieron el traslado a Granada, lo aceptó. Y aquí se jubiló el pasado diciembre como fisioterapeuta en el Hospital de Traumatología, donde a lo largo de tres décadas sus manos se han labrado fama de ser casi mágicas.

«No sé si la ceguera aumenta el tacto o la finura, pero lo que sí es seguro es que aumenta la habilidad y la destreza: uno aprende a sacarle más partido -reflexiona Llovera-. Cada uno tiene unas capacidades especiales, y algunos no llegan a explotarlas nunca porque no les han enseñado o no se han dado cuenta de que las tienen, pero lo que sí es verdad es que todos los ciegos aprendemos a tocar».

En su trabajo, la dificultad radica en aprender las distintas técnicas sin ver. «Los videntes tienen una visión global de las cosas. Los ciegos tienen una visión paso a paso. Usted ve de un golpe los objetos que hay en una caja. Yo tengo que coger cada una de las cosas, una por una, para saber lo que hay. Para aprender la técnica de fisioterapia también tienes que aprender cada uno de los movimientos uno por uno», explica.

Para Llovera, lo más gratificante de su trabajo era ser útil a los demás y, especialmente, trabajar con niños, desde paralíticos cerebrales hasta pequeños con pie zambo. A pesar de su jubilación, Joaquín no quiere desconectarse completamente de su trabajo y ha aceptado la oportunidad que le brinda la ONCE de impartir un pequeño taller de masaje y relajación, tanto para invidentes como para otros colectivos.

Oído innato

Vicente Fernández Maldonado (Granada, 1927) es músico porque su madre pensó que era una buena salida para un niño ciego. «Y acertó», subraya el ya casi octogenario guitarrista. Mucho antes de convertirse en Vicente 'El Granaíno' y recorrer medio mundo en sus giras, estudió con maestros invidentes y no pudo marchar a Madrid porque estalló la Guerra Civil. El guitarrista asegura que la ceguera no representa un obstáculo, pero sí hace las cosas más difíciles. «No es lo mismo leer una partitura a primera vista que leerla en Braille y aprenderla de memoria para luego poder interpretarla», resalta.

Sin embargo, no cree que sus aptitudes musicales tengan nada que ver con su discapacidad. «Una cosa es el oído musical -que se nace con él o no- y otra, el oído de oír, que se agudiza con la práctica, como es lógico. El tacto también se agudiza, pero el oído es nuestro sentido más importante». En su opinión, otra aptitud superdesarrollada en los invidentes es la memoria. «Tienes que memorizarlo todo. Por ejemplo, las calles... En cambio, el olfato y el gusto no creo que se alteren».

Posición del cuerpo

Para Miguel Ángel Martínez Merchante, técnico de rehabilitación de la ONCE, «el sexto sentido existe, pero no es exactamente un sentido». La paradoja se llama sentido quinestésico, y tiene que ver con la información que envía el cuerpo al cerebro. Por ejemplo, no es necesario ver para saber que uno mismo está sentado: nos informa de ello la presión sobre el trasero y la espalda, la relajación de ciertos músculos, la tensión de otros. «En la calle los ciegos saben si van cuesta arriba o cuesta abajo», apunta Martínez Merchante.

Según este psicólogo, hay estudios que aseguran que el oído es capaz de hacer entre el 40% y el 50% de las funciones que realizaba la vista... «y otras que como videntes no desarrollamos».

Uno de esos sentidos 'nuevos' es lo que él llama «la sombra del sonido»: un ciego sabe la posición de un determinado objeto porque éste hace un efecto pantalla y mitiga los sonidos. Un ejemplo que hasta un vidente puede comprobar es el de una marquesina que 'tapa' el ruido del tráfico cuando pasamos por una acera.

Pero los ciegos llegan a adquirir una gran sensibilidad y son capaces de calcular las dimensiones de una habitación por el eco del sonido. Esa habilidad, desarrollada al máximo, sobre todo en los ciegos congénitos, es lo que Martínez Merchante denomina «el sentido del obstáculo», es decir, la capacidad de saber, sin verlo, que algo se interpone en nuestro camino.

Para este técnico, la compensación entre las distintas vías de percepción es un hecho, especialmente en el caso del oído y el tacto. A su juicio, la vista domina tanto la percepción de los videntes que a menudo nos perdemos muchos estímulos auditivos y táctiles porque lo que entra por los ojos nos distrae del resto.

Entre las experiencias que demuestran esta habilidad casi sobrenatural, el psicólogo recuerda la de un ciego que recorrió un edificio en el que nunca había estado: «Veía con su oído y no se chocaba ni una sola vez, gracias al sentido del obstáculo». Otra, que él mismo realizó, fue pedir a niños ciegos caminando por el centro de una alameda que señalaran la posición de los árboles: no fallaban nunca, porque el ruido del tráfico actuaba como 'chivato'.

Este experto cree que el gusto y el olfato no son tan útiles para los ciegos porque raramente les sirven para orientarse. En la calle, recuerda, los aromas característicos traicionan la presencia de una carpintería, una farmacia o un bar, pero el aire puede arrastrar perfumes lejanos y confundir al invidente.



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