los pabellones de los Mondragones serán derribados en pocos días

Para el verano las instalaciones militares inauguradas hace 80 años darán paso a un solar para 600 pisos

los pabellones de los Mondragones serán derribados en pocos días
JORGE PASTORGRANADA

Fue el pasado viernes a las once de la mañana. Representantes del Ayuntamiento de Granada, la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía y la unión temporal de empresas (UTE) formada por Contenedores y Ogamar se reunían para firmar el acta de derribo de las últimas edificaciones de los Mondragones. Los camiones y las retroexcavadoras entrarán en lo que queda del acuartelamiento de Santa Bárbara, básicamente naves en estado ruinoso, en cuanto deje de llover. Los trabajos de replanteo ya han empezado. Dentro de tres meses, para el verano, la antiguas instalaciones militares, inauguradas el 5 de febrero de 1946 por el entonces capitán general de la región, Lafuente Baleztena, se convertirán en un enorme descampado de casi 16.000 metros en pleno corazón del distrito Beiro donde, en un futuro, se levantarán seiscientas viviendas, de las que cuatrocientas serán de protección oficial y doscientas de promoción libre.

Los Mondragones, que albergaron grupos de Intendencia y Sanidad Militar del Ejército, forma parte de la historia de Granada. Pero los Mondragones forma parte también de la biografía de miles y miles de jóvenes -ahora ya no tan jóvenes- que allí aprendieron el oficio de soldado, que hicieron carrera cuando se instauró el Ejército profesional y que se curtieron para desplazarse a zonas de conflicto como los Balcanes. Como los cabos primeros Antonio Gutiérrez y José María Prados, ambos con un dilatado currículum de medallas, condecoraciones y distintivos por sus décadas de servicio. Este periódico les acompañó el pasado miércoles durante una emotiva visita a los Mondragones antes de que el cuartel se convierta en una montaña de escombros. Un viaje al pasado de apenas una hora en que afloraron la nostalgia, la sonrisa e incluso alguna lágrima.

Antonio entró en los Mondragones en 1984 y salió en 2005. «Entré voluntario, como un crío inocente que pesaba cincuenta y siete kilos y tenía una mata de pelo, y salí como un hombre adulto espabilado, con ocho kilos más y prácticamente calvo», bromea Antonio mientras rememora algunos de sus destinos durante sus más de veinte años como 'inquilino' de los Mondragones. Empezó el Centro de Movilización y Reclutamiento, donde se archivaban buena parte de los expedientes de la tropa que pasó por la plaza de Granada, sede de la Novena Región Militar. Después vinieron otros muchos cometidos. Fue el encargado, por ejemplo, del bar donde acudían los mandos cuando daban de mano. «Lo llamaban el Escorial por lo mucho que tardaron en hacerlo», recuerda Antonio. «¿Qué vas a hacer de tapa?», le preguntaban los jefes. Su arroz y sus callos causaban furor. También su mítica ensaladilla rusa. «Allí, mientras se tomaban unas cervezas, se hablaba de lo divino y lo humano, del Ejército y de temas personales;, pero siempre con respeto hacia los superiores, aunque durante aquellos ratos de charla nos olvidábamos de la jerarquía», relata Antonio con nostalgia. Nunca ha perdido el contacto con sus compañeros. Incluso organizaron una gran quedada hace seis años.

Amistades verdaderas

Allí conoció a Pepe Sánchez, Adrián Muñoz y Manolo Simón, que hoy día siguen siendo sus grandes amigos. «Como lo era Eva, que vino a verme en una guardia y al final terminó casándose con Manolo Simón». «Cuando alguien pasaba por el altar hacíamos un mocho para hacerle un regalo en común», comenta Antonio. Después todos asistían a la boda, como a la del sargento Pepe Calero que se celebró en la iglesia del Perpetuo Socorro. «Normalmente íbamos vestidos de calle, aunque en ocasiones acudíamos uniformados y se les hacía el túnel de sables». Antonio también estuvo al frente del batallón de administración, donde se pagaban las nóminas. «Mil cien pesetas que se abonaban en mano». El día del cobro todo el mundo salía de pernocta con la soldada en el bolsillo y muchas ganas de vivir la noche granadina.

La vida de José María Prados también está estrechamente ligada a los Mondragones. Tanto es así que estuvo residiendo cinco años en uno de los pabellones que dentro de poco desaparecerá. Estuvo en los Mondragones entre 1990 y 2002. A mitad de camino, en 1996, conoció a Sonia, su mujer, con la que ha tenido tres hijos. «Me cautivaron sus ojos verdes; aunque poco después me enteré que era por sus lentillas», dice entre risas. La rondó y la cautivó. Fue poco después de regresar de Bosnia, donde estuvo siete meses. Formaba parte del pelotón de transportes. Lo suyo con Sonia, que aún sigue en el Ejército, fue a más hasta el punto que matrimoniaron.

Al día siguiente partieron hacia Macedonia. IDEAL publicó un reportaje. Lo hizo el periodista Román Urrutia y lo tituló 'Una luna sin miel'. Ahora José María vuelve a salir en el periódico. Para hablar del fin de los Mondragones. Donde conoció a Sonia. Donde fue feliz.

José María Prados, ya retirado, era especialista en conducción. Con apenas veinte años tenía todos los permisos. Participó en muchas maniobras integrado en la compañía móvil. En Almería, en Murcia, en Padul. Llevando las duchas, la panificadora, la lavandería. También desempeñó funciones como instructor. «Era muy serio, pero también tenía mucha mano izquierda», comenta José María. Enseñaba de todo. Desde el conocimiento y manejo del armamento o los equipos de intendencia hasta el decoro en la vestimenta. «De todo un poco».

Añoranzas. Memorias del ayer. De Antonio Gutiérrez, de José María Prados... de todos los que, en algún momento, llegaron a sentir los Mondragones como un segundo hogar. Jornadas de curro que empezaban a las siete de la mañana con el toque de diana y el 'quinto levanta tira de la manta' y que terminaban a las diez de la noche con la retirada -a las once todo el mundo durmiendo o en silencio-.

El principio del fin de los Mondragones empezó el 22 de junio de 1995, cuando la bandera nacional se arrió por última vez sobre los artilleros de Granada. El siguiente punto de inflexión fue en 2005, cuando el Ministerio de Defensa acordó la cesión total de todos sus terrenos al Ayuntamiento de Granada. Los Mondragones se convirtieron entonces en un 'plan parcial'. Parte de los inmuebles fueron reformados para acoger dependencias municipales. La otra parte será derrotada la semana que viene. La UTE Contenedores-Ogamar empezará en primer lugar por la retirada de la uralita, un material altamente contaminante -hay mucho en los tejados y en los techos de los aparcamientos-. Después será el turno de los elementos naturales. Allí ha crecido mucha vegetación. Algunas ramas han penetrado incluso por las ventanas. Después vendrá toda la maquinaria y caerán los muros y paredes, donde proliferan los grafitis y las grietas. Para entonces tampoco quedará ninguno de los okupas que en los últimos años han pernoctado por allí.

Entonces, ya sí, los Mondragones serán Historia. Historia de Granada.

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