Los olivos de Boabdil

Los vareadores aprovechan la jornada soleada para recoger la aceituna en las inmediaciones del Generalife. / Jorge Pastor

Los 5.500 ‘lucios’, la variedad de la Alhambra, han dado esta campaña unos 2.000 kilos de oro verde. Los árboles, la mayoría centenarios, son vareados con métodos tradicionales por cuatro cuadrillas de jornaleros

JORGE PASTOR

Son las nueve de la mañana en la Dehesa de la Alhambra. Al final del camino, armados con varas y embutidos en monos azules, aparecen José Luis, Salvador, José y Miguel Ángel, una de las cuatro cuadrillas encargadas este año de recoger los 5.500 olivos de la Alhambra. Muchos, centenarios. El sol luce esplendoroso allá por las altas cumbres. Hay que aprovechar. El fruto está maduro y hoy no llueve. «Aquí no empezamos temprano porque estos árboles sufren más cuando se varean con frío», dice Francisco Guerrero, que lleva ya varios años organizando los tajos y programando la recolecta en las cincuenta y cinco hectáreas de olivares que hay alrededor del conjunto monumental de la Alhambra. Estamos en el Cerro del Sol. Donde Muley-Hacen soñó su entierro en Sierra Nevada. Donde van los granadinos que no tienen donde ir. Donde se detiene el tiempo. Extendidos los mantos sobre la tierra, aún húmeda, los aceituneros comienzan su labor. Palo va, palo viene.

La historia de la Alhambra, de su paisaje, es también la historia del olivo en Granada, ese árbol que los musulmanes relacionan con la luz de Dios. Los actuales, los que hay en el Cerro del Sol, por ejemplo, fueron plantados hace unos ciento cincuenta años. Así lo atestiguan los archivos de la Alhambra, que atesoran valiosas fotos, algunas tomadas por Laurent en 1875, donde se aprecian las tareas de plantación en la Dehesa del Generalife. Ejemplares ‘jóvenes’. En el Cerro del Sol siempre los hubo. Desde tiempos inmemoriales. Ahora, ladera arriba, conviven con los pinos, sembrados conforme el Estado fue adquiriendo las fincas en las inmediaciones de la Alhambra para frenar la erosión. Los olivos, alineados en franjas que también actúan como retén ante posibles fuegos, pueblan las zonas más llanas.

Campaña corta

Esta campaña ha sido corta. Muy corta. «Esto es todo de secano y la falta de precipitaciones ha hecho mucha mella», explica el encargado Francisco Guerrero, quien estima que, «siendo muy generosos, se habrán obtenido algo más de 10.000 kilos de aceituna, cuando en una cosecha buena nos podemos ir perfectamente por encima de los 150.000». La producción, unos 2.000 kilogramos de oro verde de la Alhambra con un rendimiento estimado de en torno al veinte por ciento, se ha llevado esta temporada a una almazara de Escúzar, que fue quien se adjudicó la puja. La Alhambra convoca todos los años un procedimiento abierto al que se postulan fabricantes de dentro y de fuera de la provincia. Se lo adjudica el que oferte el precio más alto. A diferencia de lo que ocurría hace unos años, que el aceite de oliva de la Alhambra se comercializaba a seis euros en latas de medio litro en las tiendas del monumento y en algunas grandes superficies, ahora se emplea básicamente para realizar ‘coupages’ (mezclas) que proporcionan al zumo resultante un dulzor muy singular y mucha personalidad. Ahora mismo la Alhambra no se plantea retomar este proyecto.

La variedad de olivo que remanece en los pagos alhambreños se llama Lucio, autóctona de Granada. También la denominan ‘Lucio Gordo’ o ‘Plateado’. Se estima que en la actualidad hay unas 10.000 hectáreas en toda la provincia, sobre todo en la Vega de Granada, los Montes Orientales y en las comarcas del Norte. De esas 10.000 hectáreas, 55 se localizan en el perímetro de la Alhambra, en la zona del cementerio municipal de San José, el Cerro del Aire o la Huerta de la Mercería. El Lucio se caracteriza por su resistencia ante las bajas temperaturas y por su vigor. Su porte es abierto y su densidad vegetal, espesa. Los expertos dicen que su madurez es prematura –la recolección se generaliza en la Granada después de la Concebida– y presenta un buen calibre de aceituna, lo que garantiza su aprovechamiento graso a la hora de la molturación. En la Alhambra se recoge con procedimientos manuales, aunque también se incluye alguna vibradora mecánica. Se extienden mantos de malla sobre el terreno que son arrastrados por los peones los diez o quince metros, no más, que hay de distancia entre oliva y oliva. Este año, poco propicio por la sequía, apenas hicieron falta un par de semanas para rematar la faena.

Catuxa Novo, jefa de servicio de Jardines, Bosques y Huertas de la Alhambra, comenta que «la función de los olivos en la Alhambra es fundamentalmente paisajística». «Además, estamos en una zona agropecuaria y también sirven para la prevención de los fuegos porque rompen la continuidad de la masa forestal», asegura Catuxa, quien añade que se trata de plantaciones con certificado ecológico, por lo que no se usan productos fitosanitarios para su mantenimiento y están destinadas a este tipo de producciones integradas, tan cotizadas en los mercados nacionales e internacionales. «Los trabajos de mantenimiento son los ordinarios, como la eliminación de las varetas o la roturación del entorno, pero la extensión limitada no precisa de personal dedicado en exclusiva a ello todo el año», refiere la responsable de todas las áreas verdes de la Alhambra, también de enorme importancia patrimonial.

Según Catuxa Novo, los olivos están plenamente integrados en el entorno y están ahí para el disfrute de los ciudadanos. «Creo que estéticamente son preciosos», apunta. «Además –agrega– su conservación está en sintonía con la política de la Alhambra de preservar y fomentar elementos antiguos, históricos y tradicionales». «Estamos hablando de una zona muy visitada, lo que también permite a la gente conectarse con actividades que son habituales en el campo», dice Catuxa Novo.

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