«¡Las mujeres tienen que limpiar y a mí no me pueden decir nada!»

Una mujer, ante una escultura de un hombre enfadado./REUTERS
Una mujer, ante una escultura de un hombre enfadado. / REUTERS

Condenan a un año de encierro a un adolescente machista por amenazar de palabra y con un cuchillo a las educadoras que cuidaban de él

Carlos Morán
CARLOS MORÁNGRANADA

Desde que llegó al centro de protección para menores desamparados, el muchacho demostró una agresividad «exacerbada» hacia las mujeres -la plantilla del establecimiento era femenina prácticamente en su totalidad-. A pesar de que sólo era un adolescente, su comportamiento destilaba un machismo recalcitrante... e inquietante. Tan es así, que las educadoras de la residencia infantil y juvenil temían cruzarse con él. Su hostilidad hacía las féminas se disparaba a cada momento. «¡Las mujeres tienen que limpiar! ¡Una mujer a mí no me tiene que decir nada!», gritaba cuando a alguna de las monitoras se le ocurría llamarle la atención por su pésima conducta, un temperamento imposible que se veía agravado por el consumo de pegamento, alcohol y cocaína.

Lejos de mejorar, la situación en el establecimiento fue empeorando y alcanzó el punto máximo de tensión cuando el chaval en cuestión intimidó con un cuchillo a una de las trabajadoras después de que ella le recriminara por sus malas formas. La mujer llegó a temer por su vida.

Instantes después, lanzó un pupitre contra la nevera que había en la cocina del centro de protección. Él quería que le dieran algo de comer y lo quería ya, pero las monitoras le recordaron las normas de funcionamiento de la residencia y el chico reaccionó violentamente.

A juicio

Esos incidentes hicieron saltar todas las alarmas y los responsables del establecimiento decidieron que aquel estado de cosas no podía prolongarse durante más tiempo. El riesgo de que alguien resultara herido era evidente y el asunto acabó en la Fiscalía de Menores de Granada, que es la institución encargada de investigar los delitos cometidos por los muchachos de entre 14 y 18 años.

Las conclusiones de las pesquisas fueron taxativas: el sospechoso había cometido un delito continuado de amenazas. El asunto estaba tan claro que el día del juicio, el acusado se conformó con el 'diagnóstico' del ministerio público y aceptó la medida -la condena- que pedía para él: doce meses de internamiento en un correccional, donde será tratado de su adicción a las drogas.

Cuando cumpla el año de encierro, todavía permanecerá ocho meses más en libertad vigilada, es decir, que todos sus pasos serán supervisados por un juez de Menores y tendrá que cumplir una serie de objetivos educativos y sociales. Por ejemplo, la justicia vigilará principalmente que siga sin consumir estupefacientes, sus amistades y organizará su tiempo de ocio. Si en algún momento no sigue las instrucciones de los educadores, podría ser procesado por desobediencia, lo que implicaría su más que probable regreso al centro de internamiento para chavales infractores.

Dada la naturaleza del delito cometido y su aversión hacia las mujeres, la reeducación también incluirá pautas para que el chico aprenda qué es la igualdad de sexos y la practique.

En este sentido, las expertas de la justicia de Menores que evaluaron al procesado expresaron su preocupación por el machismo del joven, que no dudaron en calificar como «exacerbado». Intimidaba «a las trabajadoras del centro» con sus improperios, sus desprecios y sus vejaciones.

Decía que las mujeres no podían decirle nada, pero acabó en una celda.

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