Guardianes del camino a ras de hielo

Manuel Alarcón y Francisco Morillas, frente a la pala de uno de los camiones quitanieves del centro de conservación. / Javier Morales

Así se vivió desde una máquina quitanieves el inicio de la jornada del gran 'colapso' en Sierra Nevada | La sal ayuda a evitar el hielo, pero hay nevadas e incidentes en la carretera, como el del pasado domingo, que son imprevisibles

Javier Morales
JAVIER MORALESGRANADA

El cielo todavía es azul en la capital, pero hacia Sierra Nevada se funde a gris. No son nubes perfiladas, sino una neblina densa que resguarda al Veleta, dejando entrever la nieve que tiñe las cotas más bajas. A las puertas de Pradollano empiezan a caer los primeros copos, desordenados, casi imperceptibles. Atentos a los coches de Guardia Civil y Emergencias 112, Manuel Alarcón y Francisco Morillas, dos de los 160 guardianes a ras de hielo que conforman el Plan de Vialidad Invernal en la provincia, aguardan junto a dos camiones quitanieves a la espera de la evolución de la nevada. «Esto es así, está despejado, pero de pronto entra una nube, empieza a nevar y ya no sabes cómo puede acabar», relatan a medias. Es domingo, 13 de enero, y faltan siete horas para el colapso de la carretera.

Manuel Alarcón es jefe de conservación de carreteras en el centro de Las Víboras, junto a la gasolinera de la A-395. Es uno de los cinco centros de toda la provincia, y de él dependen los viales de Sierra Nevada y el área metropolitana, unos 300 kilómetros que vigilan y conservan. Cinco operadores controlan las cámaras de los túneles del Serrallo las 24 horas del día. Otros cinco vigilantes atienden a accidentes y cualquier tipo de afección en las vías, junto a siete operarios que, además de conducir los quitanieves, acuden en caso de incidencia. Hay un capataz, encargado, administrativa y jefe de operaciones.

El equipo es extenso y milimétrica, dicen, la coordinación de los miembros del centro con Guardia Civil, Emergencias, Protección Civil y administraciones: la A-395 es la carretera asfaltada más alta de Europa y cualquier precaución es bien recibida. «La carretera completa sólo se ha cortado en momentos muy puntuales. La zona superior sí se corta con más facilidad», señala Alarcón. Sí es común que haya retenciones a causa de coches -incluso autobuses, como sucedió el domingo- que se cruzan en la vía o se quedan anclados en los arcenes, generan retenciones y esto impide el paso de las quitanieves.

Previsores

Trabajan con antelación, atentos a los avisos de los servicios meteorológicos y la Guardia Civil, pero situaciones como la vivida en la tarde del domingo son imprevisibles. Entienden las críticas de los conductores en estas eventualidades. Desde la madrugada esparcen sal para evitar las placas de hielo e impedir que la nieve cuaje en caso de nevada. Y lo consiguen: en cuanto esos copos caprichosos pasan a ser una cortina blanca, los arcenes, donde no llega la sal, empiezan a acumular capas de nieve, mientras que el centro del asfalto sigue intacto.

La carretera debe estar lista para los trabajadores de la estación que intercambian turnos de madrugada, para los esquiadores más tempraneros o para que los servicios de emergencia puedan actuar. El de los conservadores, dependientes de la Junta de Andalucía, es un trabajo de 24 horas, 365 días al año, que en invierno se intensifica en determinadas carreteras como esta.

La sal llega desde un almacén más amplio a un cobertizo en el propio centro de conservación. Desde allí la cargan en los remolques de los camiones, y basta pulsar un botón en la cabina de los vehículos para que el cloruro sódico salga disparado en todas direcciones desde una especie de aspersor en la parte trasera del camión. A partir de los cinco grados bajo cero, la eficacia de la sal disminuye y son otros químicos añadidos a las montañas blancas en estos almacenes los que ayudan a fundir el hielo.

Pese a que confían en la sal ya repartida, al filo de las once de la mañana el tráfico se intensifica -hay cola para entrar al parking de Pradollano-, crece a la par la nevada, y los coches de la Guardia Civil de Tráfico y Emergencias empiezan a ir de un lado a otro. El protocolo está activado.

La Hoya de la Mora es el punto de encuentro de los viajeros ocasionales que pasan el día en Sierra Nevada. En la subida, una voluntaria de Protección Civil advierte a los conductores del estado de la carretera. Nieva y nieva, han llegado hasta allí sin problema, pero desconocen lo que queda a la vuelta de la esquina: el atasco de la carretera por la tarde. Son ajenos mientras se deslizan con trineos junto a los arcenes de la carretera.

Mal equipados

Comentan Manuel y Francisco que, normalmente, los conductores habituados a las subidas a Sierra Nevada van bien equipados: combustible, ropa de abrigo -que se presupone-, algo de comida y, sobre todo, cadenas. Lo mismo sucede con los extranjeros. Pero los viajeros ocasionales, «muy bien preparados no vienen», puesto que no suelen acudir a la montaña armados con las cadenas que el domingo se hicieron indispensables. No es sólo cuestión de llevarlas en el maletero, sino de saber colocarlas en las ruedas.

Tras repartir sal en la subida hacia la zona alta de Pradollano por la A-395 y retirar nieve con la pala en los tramos de arcén que no estaban abarrotados de coches, la nieve amaina. Esperan más precipitaciones a partir de las tres o las cuatro de la tarde.

El pronóstico se cumple, con Sierra Nevada a rebosar y en plena 'operación regreso' de domingo. Dos autobuses se cruzan y taponan la carretera mientras cientos de vehículos particulares se disponen a abandonar la estación de esquí. Y llega el gran atasco, con la desesperación de los conductores 'atrapados' y de los propios vigilantes, que apenas pueden ayudar a descongestionar una carretera que la DGT ya califica como «intransitable».

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