Ideal

Chano Domínguez estuvo en el Eshavira como en su casa

Chano Domínguez, sonriente y cómplice con el público.
Chano Domínguez, sonriente y cómplice con el público. / J. J. GARCÍA
  • Su personal lectura de esta música ha catapultado su popularidad hasta convertirlo en un referente de la fusión más allá de las fronteras peninsulares

Salvo la 'Alegría callada', del disco 'Imán', de 2003, que abrió la noche, y la 'Canción de amor', de Paco de Lucía, grabada con Jorge Pardo, en 1994, en el disco '10 de Paco', con que, a manera de bis, terminó el concierto, Chano Domínguez se alejó del flamenco, una de sus apuestas determinantes. No en vano, su personal lectura de esta música ha catapultado su popularidad hasta convertirlo en un referente de la fusión más allá de las fronteras peninsulares.

Por lo demás todo fueron recuerdos de sus grabaciones cercanas al jazz latino y sabia improvisación. A partir del segundo tema, el bellísimo, en palabras del pianista gaditano, 'Gracias a la vida', de Violeta Parra, popularizado por Mercedes Sosa, el grueso de sus apuestas se crearon sobre la marcha, el paso machadianamente hizo el camino. El buen gusto de apartar los micrófonos casi en el ecuador del recital, evitando así la chicharra continua y el acople que se imponía con cualquier movimiento, fue bastante aplaudida. De hecho, a la sala no le vendría mal revisar la megafonía para evitar estos y otros sucesos que han acontecido.

Un piano desnudo, de todas formas, en un local pequeño no necesita amplificación. El sonido salió ganando, y también la confianza. Hay que valorar la mano izquierda de Domínguez, que no siempre se limitaba a marcar el ritmo, a veces con empecinada violencia, sino que por su cuenta iba complementando la melodía.

Distendido

Tocar en el Eshavira para Chano es como andar por su casa. Desde 1986, que conoció este escenario, vuelve a él siempre que se precisa. Quizá por eso su distensión. Sin mediar descanso, los recursos de las piezas propuestas se solapaban en un paralelismo incomprensible, en las que a veces echamos en falta un contrabajo o unas escobillas de jazz que dimensionaran los momentos. Incluso el sentimiento del mismo pianista rayaba en su ausencia. Tanto es así que para las últimas melodías requirió la complicidad del público, que, a sottovoce, fueron coreando las últimas entregas, hasta que culminó con 'La Tarara' de Federico, que grabara en su disco 'Con Alma', de 2004, donde la cooperación del respetable parecía convenida.