Ideal

Un 'Don Quijote' de lujo con el Nacional

fotogalería

Toreros y mozas en un montaje muy español. / Ramón L. Pérez

  • El Ballet dirigido por José Carlos Martínez ofrece una impecable versión de la coreografía de Petipa y Gorski con el aforo completo

No podía pasar el año Cervantes sin que viésemos este ballet completo. Y el Festival, atento a esta efemérides nos ha ofrecido una versión de lujo. Varias veces se había visto en el Generalife alguna escena suelta de 'Don Quijote', como por ejemplo, quedas escritas con letras de oro en los anales del Festival las noches del 30 de junio y 1 de julio de 1953, cuando un Ballet Clásico representó su famoso 'pas de deux' a cargo nada menos que de Margot Fonteyn y Michael Somes. Luego, ya en el siglo XXI, se ha visto algún montaje más o menos íntegro del ballet cervantino pero nunca una versión tan brillante como la de anoche. Por eso se esperaba con gran expectación esta nueva creación de la Compañía Nacional de Danza sobre el ballet con música de Ludwig Minkus y coreografía inicial de Marius Petipa, más tarde modificada por Alexander Gorski. Sobre el plan coreográfico de estos dos últimos, José Carlos Martínez, el actual director artístico de dicha Compañía, y Premio Nacional de Danza 1999, ha planteado modificaciones vitalistas y muy 'a la española' que en modo alguno resultan chocantes ni irreverentes con la versión original.

Uno de los goznes sobre los que gravita su éxito es el conseguido equilibrio entre lo clásico y lo popular, dotando su versión de una gran agilidad en los pies que bordan el paso de puntas a plantas, una calculada insistencia en los brazos en aspa, ideales para alquitarar la jota del primer acto, y una gran masa coreográfica en escena que por momentos deslumbra y entusiasma.

Un gran espectáculo

Anoche el Generalife lució una escenografía escueta y preciosa. Mejor en los actos impares, con un telón de fondo al estilo antiguo pintado de ese cielo manchego plagado de nubes que casi recuerdan las de que pintaba El Greco. Poco decorado, pero el preciso. Un molino de viento que baila, más curioso que interesante. Y, entre el conjunto siempre armónico y algún número digno de particular aplauso, un excelente uso coreográfico del objeto. No me refiero solo a la lanza de Quijote sino a esos bien blandidos abanicos y a los capotes de torero que parecían tener su baile propio, al mantón de Manila en el bosque y a alguna que otra pandereta en la boda.

Todo sazonado por un vestuario de colorido contenido y sugerencias telúricas, una iluminación generosa y ciertos detalles de buen teatro en los gestos de fiesta, la lucha escénica y la cordialidad de los gitanos.

A veces, mejor enlatada

No voy a entrar en la manida discusión de si orquesta en directo o grabación de música 'enlatada' para estas noches de ballet en el Generalife. En realidad, y al final, todo es sonido por altavoz, porque incluso las orquestas que han bajado a este foso han necesitado amplificación sonora y, a veces, es preferible una buena grabación, como la de anoche, a una mediocre toma de sonido por una farfullera colocación de los micrófonos entre los músicos.

Uno de los detalles por los que gusta mucho esta versión de 'Don Quijote' es el tratamiento escénico y coreográfico de la figura central. Aunque la aventura se refiere a las famosas Bodas de Camacho, el caballero manchego, en esta versión de Martínez, aparece mejor dibujado, más protagonista, menos ensombrecido por el festejo y la jarana del pueblo en el que se aloja. Ciertamente lo que más deslumbró a los rusos, aquel 17 de diciembre de 1869, día de su estreno, fue el desfile de personajes populares hispanos, teóricamente manchegos, que bailan, beben, requiebran y se solazan muy lejos de los cisnes, sílfides y cascanueces que aquellos moscovitas estaban acostumbrados a ver bailando en el Bolshoi. Y que los coreógrafos se vieron obligados a introducir en el segundo acto como ensoñaciones quijotescas tras el calamonazo de los molinos. Pero Juan Carlos ha girado el punto de mira y dirige el aleteo de los cuerpos, el gesto de los brazos y el brío del baile hacia el alma enamorada del Caballero de la Triste Figura, desnudando a través de la danza su corazón enamorado pero herido por un amor imposible. Por eso este segundo acto restó más anodino, con una danza más sosita, un humo mal iluminado y peor controlado, y un dúo en el Dulcinea casi se cae de la nuca de Don Quijote. Pero estas motas en nada maculan la lindeza del conjunto y el animoso turbión de vitalidad y de optimismo que emana esta pieza en cada escena.

Derroche de buen trabajo, de jovialidad y de arte. Hasta la luna, escoltada de lejos por el planeta Marte, no quiso perderse esta preciosa noche entre la lanza y la danza. Y ella se asomó, cómplice del entusiasmo, por detrás del escenario de cipreses: Luna llena y redonda; noche plena y rotunda para un Festival que, con espectáculos así, roza su mejor excelencia.