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La Fura renueva el conjuro de Falla

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La Fura convirtió el escenario en una cueva mágica iluminada por antorchas y en la que bailarines embozados acompañaban a Marina Heredia. / ALFREDO AGUILAR

  • festival de música y danza

  • El público llenó la Plaza de Toros en el estreno de una versión de 'El amor brujo' más poética y menos grandilocuente de lo habitual en la compañía

Cien años era una efeméride perfecta para renovar los votos realizados por Manuel de Falla allá por 1915 con el estreno de ‘El amor brujo’. Así lo había pensado la dirección del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, que escogió a La Fura dels Baus para repetir el conjuro como colofón de su 64ª edición. Como los magos antiguos, acusados de emplear vírgenes en sus rituales prohibidos, el certamen y la compañía escogieron un escenario inédito para hacer magia, un ‘caldero’ de enormes dimensiones que ayer se llenó por completo para presenciar un espectáculo muy diferente a las versiones anteriores de la obra y que en esta ocasión mostró el lado más poético y menos grandilocuente de La Fura.

Lo habían avisado antes. «Queremos romper moldes igual que lo hicieron sus creadores, pero de manera diferente a como se ha hecho antes», había dicho previamente Carlus Padrissa, director de la compañía. Querían un brebaje nuevo y para ello dispusieron ingredientes diferentes a los que otros maestros escogieron antes.

El ritual, con casi media hora de retraso, comenzó cuando la mano de Padrissa echó sobre el ‘caldero’ expectante que era la Plaza de Toros la música de la Orquesta Joven de Andalucía. La formación afrontó con fuerza los primeros compases de una de las obras más míticas de Falla, ‘Noche en los jardines de España’. El sonido, derivado de la deliciosa ejecución de la partitura, se conjugaba de manera muy poética con el segundo de los ingredientes, las proyecciones de Val del Omar. Padrissa escogió tomas de la Costa para reflejar el agua, imágenes llenas de poesía en las que el autor granadino mostraba su fijación por los elementos.

Val del Omar no era el único ingrediente granadino. Mientras sonaba ‘En el Generalife’, Marina Heredia hizo su entrada en la Plaza de Toros en el papel de Candela. La artista, que se estrenaba en la interpretación con un papel pensado originalmente para Pastora Imperio, mostró los frutos de su trabajo durante meses con Rosario Pardo. Vestida de blanco, enganchada del brazo de uno de los bailarines del reparto, desarrolló un papel muy marcado por el flamenco que en su esencia ha sido abordado desde el baile y que ayer se volcó sobre otro de los ejes del arte jondo, el cante.

Maquinaria

Para el cante hubo que esperar algo. Antes La Fura dio entrada a una de sus características maquinarias, un mecanismo en el que Padrissa entremezcló algunos de los conceptos claves de la obra: la novia, el fuego fatuo, el sol. Oculto bajo una gran tela blanca que recordaba a un traje de novia, el aparatoso andamiaje comenzó a moverse lentamente en el escenario. Varios miembros del equipo empujaban la máquina sobre la que danzaba una de las bailarinas. Bajo ella, el cuerpo de baile daba forma al desengaño de una Candela enamorada perdidamente de un gitano que descubre en las cartas que la pasión es unidireccional.

A partir de ahí se desencadenó la trama. Poco a poco, en uno de los momentos más poéticos y más complicados para Marina Heredia, la artista se fue despojando de la bondad del personaje que se representaba a través de un vestuario blanco que había diseñado Chu Uroz. Ya de oscuro, surgió la raza de la cantaora, que cantó algunas de las letras que María Lejárraga compuso para la obra de Manuel de Falla y que sonaron llenas de vida en la garganta de la granadina. «Me preocupaba menos la música que la interpretación –había dicho Heredia durante la presentación de la obra–. He cantado un millón de veces ‘El amor brujo’».

A medida que Candela se va transformando en una Medea vengativa en la historia, Heredia fue mostrándose más y más oscura. La cantaora intercaló protagonismo con el cuerpo de baile, que lo mismo danzaba sobre la pista acompañando el paseo de la protagonista entre el público que aparecía sorprendentemente en los laterales de la plaza. Val del Omar y sus imágenes acuáticas, en especial las fuentes del Generalife, dieron continuación al espectáculo. La Orquesta Joven de Andalucía encauzaba la obra mientras tanto con su director, Manuel Hernández-Silva, dirigiendo con una batuta de fuego que se contraponía con el elemento líquido.

Incendio

Fue entonces cuando Padrissa se volcó con el último de los elementos de la pócima, el fuego. La Fura desencadenó un incendio que iluminaba la escena en la que Candela entra en la cueva de la bruja con la intención de recuperar a su amado. Seis bailarines danzaban entogados bajo la lona negra que simulaba el techo rocoso. En las manos portaban antorchas que antes había encendido uno de los bailarines.

En esa mística caverna entró Heredia, con una declamación que contrastaba con su cante, pero que logró momentos de poesía cuando se enfrentó al ‘fuego fatuo’ de la bruja. Fue este uno de los momentos más conseguidos del espectáculo. La partitura electrizante de Falla –la ‘Danza ritual del fuego’ es uno de esos retazos de absoluta belleza que el maestro gaditano legó a la historia– acompañaba a una Marina Heredia que se dejó el alma en los versos de la ‘Canción del fuego fatuo’. «Lo mismo que el fuego fatuo \ lo mismito, el querer. \ Le huyes y te persigue, \ le llamas y echa a correr», cantaba la artista mientras dos bailarines simulaban la llama misteriosa de la cueva sobre la deslumbrante máquina que ideó Padrissa.

Con el público volcado en el escenario, Heredia encaró entonces las líneas en las que Candela realiza el sortilegio que embruja a su amante. Su voz rasposa y honda logró convencer a la audiencia de la maldad de las intenciones del personaje. Tras ella, proyecciones en las que Val del Omar se interesaba por la simbología cristiana contrastaban con el paganismo de la escena que ideara Falla.

Redención

Con el brebaje casi finiquitado, La Fura subió las llamas hasta ocupar todo el escenario con ellas. Una enorme pira rugía de fondo mientras Candela-Heredia se vengaba del amante haciéndolo venir hasta la cueva. Allí transmutó en ángel negro, ascendiendo amenazante en la escena a lomos de la maquinaria de La Fura.

Apenas hubo tiempo para más. Tras 75 minutos de espectáculo, La compañía cerró la historia con la redención del enamorado y con una Marina Heredia que volvió a desplegar su arte con una interpretación bien jonda de la partitura de Falla. Bailarinas simbolizando campanas sonaban desde el graderío mientras el escenario apagaba las llamas antes encendidas para dejar paso al ascenso del Sol, un disco blanco que hacía subir la maquinaria.

Con la luz, se cerró el conjuro. El brebaje ideado por el Festival y la Fura renovó la magia de una obra que no se apaga con el tiempo y que en los próximos meses se podrá disfrutar en los teatros de Peralada, Sao Paulo y Bolonia.