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Cesáreo Jiménez Romero, autor de la obra.
Cesáreo Jiménez Romero, autor de la obra. / RAMÓN L. PÉREZ

Granada, mil años como el agua

  • Una obra en tres tomos recopila la relación milenaria de la ciudad con el agua y su abastecimiento

  • Muestra al detalle toda la infraestructura hidráulica histórica de la capital desde el siglo XI y la larga lucha por gozar de un suministro de calidad ya en el siglo XX

La relación de Granada con el agua es connatural. Sus primeros pobladores supieron escoger el asentamiento idóneo, junto al curso de tres ríos que distribuyen el agua 'desprendida' por Sierra Nevada, la Sierra de Huétor y la de Alfaguara. Los ríos Genil, Darro, Monachil y Beiro constituyen ese 'cuarteto' hidráulico que definen el vínculo de Granada con el líquido elemento. Con una mención a ellos empieza 'Mil años del agua en Granada' (Fundación AguaGranada), una obra de Cesáreo Jiménez Romero (Granada, 1942), en tres tomos, que recopila la relación milenaria de la ciudad con el agua, a través de sus ríos, nacimientos y manantiales, y toda la infraestructura hidráulica construida en calles, plazas y jardines para su encauzamiento, almacenamiento y distribución. Refleja también «la larga lucha de autoridades y gobiernos municipales por conseguir que el agua que se suministrara en Granada fuera de calidad», como reza la presentación de este auténtico tratado hídrico.

Sin vestigios de la huella romana y de las posibles infraestructuras que pudieron haber existido en otras etapas históricas, 'Mil años...' arranca en el siglo XI, justo cuando los ziríes trasladan la capital desde el núcleo de Elvira a su emplazamiento actual heredero de la Ilíberis romana y prerromana. Ahí empieza a surgir la rica herencia hídrica de Granada que recoge la obra. «Los aljibes constituyeron el abastecimiento público más importante que realizaron los musulmanes en nuestra ciudad, pues aparte de su fin religioso y utilitario, los alarifes se recrearon en algunas atrayentes portadas o se afanaron en un vistoso juego de bóvedas, como pude comprobar al hacer su estudio, convirtiéndolos también en construcciones monumentales», indica Cesáreo Jiménez, quien detalla que «no ha sido tarea fácil y mucho menos rápida» dar forma a esta investigación que le ha llevado en torno a dos décadas. «Ha habido que estudiar infinidad de documentos de archivo, mucha bibliografía y tomar incontables apuntes de hemeroteca», resalta.

Afición por la Historia

En su tiempo libre, como afición, Jiménez Romero tenía por costumbre leer sobre Historia, más concretamente sobre la historia de su ciudad natal. Ese estudio se encaminó con el tiempo hacia la curiosidad por los recursos hídricos que finalmente han dado paso a la creación de esta magna obra que será presentada hoy en la Feria del Libro de Granada. Al autor le llamó la atención la ingente cantidad de acequias y otros elementos que poblaban la ciudad en su momento y en la actualidad. Y sobre todo, un dato: a mediados del siglo pasado solo una ciudad en el mundo contaba más fuentes monumentales que Granada. Se trataba de Roma, conocida en todo el planeta por sus 'fontanas'. La capital granadina albergaba entonces 56 fuentes públicas monumentales, 62 pilares públicos, 60 fuentes de taza baja en los jardines del Paseo del Salón, 722 fuentes particulares y, atención a este dato, 2.232 pilares particulares. Todo un homenaje al agua repartido por la ciudad.

«Actualmente se cuenta con 22 aljibes públicos en el Albaicín, y tenemos conocimiento de ocho desaparecidos y catorce particulares. Fuera del Albaicín hay dos públicos, en la Capilla Real y en Rodrigo del Campo, además de 13 desaparecidos, entre ellos, uno muy singular, el que hubo en el palacio de Cetti Meriem con la base de vidrio tallado y pintado de almagra que, hoy, su hallazgo, haría feliz a cualquier arqueólogo», recuenta Jiménez.

En la Edad Media no se conoce que hubiera «algún problema especial» respecto a los aljibes, «pues una de las cláusulas que se añadieron a las concertadas para las Capitulaciones hablan del cuidado que debían tener con las acequias del campo, pero nada dicen de las de la ciudad, que iban descubiertas y eran respetadas escrupulosamente». Cesáreo lo constata: «Los problemas de higiene y abastecimiento llegaron con la Granada cristiana».

Las reclamaciones por la falta de agua en algún aljibe fue algo frecuente hasta mediados del siglo XIX, explica el autor. «A partir de estas fechas se le suman nuevos problemas como el gamberrismo y el vandalismo. Los gamberros arrojaban al interior de los aljibes todo cuanto les apetecía, dejando las aguas contaminadas, y los vándalos arrancaban las portezuelas de las bocas o destrozaban las bombas hidráulicas cuando se pusieron con el fin de evitar que cada persona utilizara su propia vasija para extraer el agua, ante la desaparición constante de los acetres, dispuestos para este menester», relata. Por todo ello, los aljibes fueron sellados en varias ocasiones, por el gasto que suponía su mantenimiento para las arcas municipales, lo que llevó a algún concejal a formular la petición de que fueran todos clausurados. «Por fortuna la mayoría de los capitulares opinaron lo contrario, porque aparte de su fin utilitario, resaltaban el valor histórico y monumental. Gracias a esta decisión, aún podemos contar con los 24 aljibes públicos que se distribuyen por la ciudad». Un capítulo íntegro del libro está dedicado a la arquitectura hídrica en los palacios nazaríes de la Alhambra y otro apartado estudia la utilidad del gran aljibe de Tendilla, conocido como aljibe de la Alhambra.

Ya en época moderna destaca también Cesáreo Jiménez la pérdida de un tribunal único, «que tanto bien hubiera hecho en nuestros días, en la ordenación del territorio de la Vega granadina, al considerar a las acequias como ejes fundamentales en la organización del urbanismo como siempre lo han sido». Habla del Juzgado de las Aguas, «muy discutido, avalado siempre por los reyes y en el que nunca se permitió la injerencia de otros tribunales»». «Nadie movió un dedo para rescatarlo», recalca.

Con las competencias adjudicadas al Ayuntamiento por la Ley de 1845, en 1865 se fija el nuevo reglamento, surgen las batallas entre cañeros y propietarios de las acequias, por un lado, los vecinos y el Consistorio, una 'guerra' que duraría un siglo, con medio centenar de proyectos y propuestas. El debate sobre el modelo de distribución del agua se enconó hasta la elección de un proyecto que no fue el mejor, según Jiménez. El alcalde era el Marqués Casablanca. En 1929 comenzaban las obras, que acabarían ya mediado el siglo. Los granadinos recuperaban así el agua de excelente calidad que siempre habían tenido.