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La Alhambra oculta

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El Peinador de la Reina pone frente a frente las delicadas yeserías nazaríes y los dibujos renacentistas de la época de Carlos V. / Alfredo Aguilar

  • El monumento mejor estudiado de Granada guarda aún estancias secretas, rincones de singular belleza escondidos a los ojos de las más de 10.000 personas que lo visitan cada día

Por encima del arrullo del agua, a solo un paso del estanque que maravilló a embajadores y poetas, el clic de una cámara certifica una vez más la victoria de la Alhambra. No hay turista que no caiga derrotado. Granadino o foráneo, cada una de las 10.000 personas que visitan sus estancias a diario no pueden más que tratar -en vano- de inmortalizar la delicada belleza del monumento. No cientos ni miles, millones de imágenes construyen un mosaico que, sumadas a las decenas de publicaciones que salen cada año, convierten al recinto como el más conocido del país. Y sin embargo, la joya de la corona nazarí sigue guardando secretos. Lejos de las cámaras, habitaciones de una delicadeza infinita conforman un tesoro invisible, ajenos a los pasos de los visitantes.

Estas joyas poco conocidas están guardadas por una sencilla metálica, larga como el antebrazo. La porta Reynaldo Fernández, director del Patronato de la Alhambra y el Generalife, que hoy hace de guía en este paseo por la otra cara del monumento. «Lo que vamos a ver está fuera del recorrido habitual y es una maravilla», sonríe jugando con el misterio.

Con un giro de muñeca, el metal resuena y una puerta se abre como una gran boca en la pared. La oscuridad no oculta la poderosa presencia de los muros de la Torre del Homenaje. Erigida en el siglo XIII en la cabecera oriental de la Alcazaba, se alza 26 metros sobre paredes de gran espesor. Es una de las más altas -y más fuertes- del monumento. «Ni un terremoto la derribaría», cuenta Reynaldo Fernández posando una de las manos en una de las columnas de mampostería que la sostienen.

Seis plantas conforman el edificio. La más bajas fueron empleadas como mazmorra durante el periodo nazarí, pero también en épocas ta n recientes como el Franquismo. Más arriba, tras un ascenso por escalones irregulares -«esta dificultad para el acceso es la que impide abrir la torre a las visitas»-, se alcanza la estancia que empleaba la guardia. Aquí los muros son más estrechos y están plagados de inscripciones.

La torre formaba parte del sistema de vigilancia de la alcazaba, como recuerda el director del Patronato, pero es testigo de un hecho que la hace aún más especial. «El rey Muhammad, primero de la dinastía Nazarí, la escogió como residencia»., señala.

Escaleras arriba, en la última planta de la torre, está la zona que habitó el monarca, construida alrededor de un sencillo patio descubierto. Diferentes estancias se abren desde el corazón, cada una de ellas para uso y disfrute de Muhammad y su familia. «Habitaciones, un salón con vistas a la ciudad, una cocina... no faltaba nada», señala Fernández.

Es difícil imaginar esta joya desde abajo, rodeada de poderosos muros, pero aquí está. «Y bien escogida», apunta. «Su localización permitía al rey vigilar la capital parte del reino, desde el camino de acceso por Guadix hasta los que llegan desde la Costa y la Vega».

Puerta de las Armas

La Torre del Homenaje guarda más secretos bajo su sombra. Muy cerca, en los bajos de la Alcazaba, se levanta la Puerta de las Armas. Construida casi al mismo tiempo, en el siglo XIII, era el principal acceso al recinto desde la ciudad. «Por aquí entraban los granadinos cuando venían a la Alcazaba en época nazarí», cuenta Fernández.

Sus proporciones y su diseño dan testimonio de su importancia. Erigida en recodo, para dificultar su conquista, el visitante era 'cacheado' y debía dejar sus armas en una pequeña estancia que aún permanece. «El funcionamiento es comparable con el que hoy día dan los servicios de seguridad», señala.

Si además el visitante venía en caballo, los soldados retiraban al animal y lo alojaban en las enormes cuadras situadas junto al acceso. La estancia se conserva en perfectas condiciones. La oscuridad, rota solo por la luz verde de una alarma, no oculta las diferentes caballerizas que acoge.

Cerca, pero en dirección contraria, está el foso. Es el lugar perfecto para entender el grandioso baluarte que es aún la Alcazaba. Hasta tres murallas de gran tamaño se superponen, una tras otra, configurando una fortaleza digna de una capital de reino. Asaltarla, intentar atravesar los altos muros después de ascender cargado con una armadura y bajo una lluvia de proyectiles, era sin duda cosa de locos.

Peinador de la Reina

En agosto de 2010, Michelle Obama visitó la Alhambra acompañada por su hija Sasha. La Primera Dama de los Estados Unidos fue captada desde la distancia por los fotógrafos disfrutando del que algunos señalan como el «mejor atardecer del mundo» en el Peinador de la Reina. Se desconocen las palabras que pronunció entonces, pero en esa estancia todo invita al recogimiento 'stendhaliano'.

Ya su acceso sobrecoge, como reconoce el director del Patronato. Lo primero que invita al silencio es una espectacular balconada. De construcción reciente, comienzos del siglo XIX, ofrece vistas sobre el corazón blanquiverde del Albaicín. Más allá, tras una puerta de madera, se abre el Peinador.

La luz llena esta estancia erigida sobre los restos de la Torre de Abu l-Hayyay, terminada bajo el reinado de Muhammad V, en el siglo XIV. Un arco de medio punto situado en mitad de la sala permite disfrutar aún de los restos de decoración nazarí. A través de la linterna surgen las delicadas yeserías que fascinaron a los escritores románticos.

Por deseo expreso del emperador Carlos I, todo fue modificado. Los arquitectos desmocharon la torre y la coronaron con una habitación que sigue los principios del Renacimiento. «Los nuevos tiempos tenían que reflejarse también en las nuevas construcciones», afirma Fernández.

Hoy, siglos después, el tiempo no ha borrado ni un ápice de la belleza que debió tener este espacio en su origen. Las pinturas cubren los muros y resplandecen con la luz que entra por los ventanales. En ellas, Carlos I da cuenta de su poder. Soldados y barcos se dirigen a la guerra para combatir al enemigo. «Los dibujos representan la campaña del Emperador en Túnez».

También hay espacio para las enseñanzas morales. Las pinturas reflejan alegorías de las virtudes o la fábula griega de Faetón, otra prueba de que un nuevo sistema -en este caso, de ideas- se desplegaba ya sobre el monumento.

Arrabal e Hierro

Los nuevos tiempos cristianos también dejaron su impronta en otro de esos rincones secretos que guarda la Alhambra. Es la conocida como Puerta del Arrabal, situada bajo la influencia de la Torre de los Picos, junto al adarve que da al Generalife. «Hoy da a la Cuesta de los Chinos, pero entonces fue empleada como posible salida del recinto en dirección al arrabal del Sacromonte», cuenta Reynaldo Fernández.

Las dimensiones, como ocurre en la citada Puerta de las Armas, son enormes. Los fuertes y altos muros de mampostería dan testimonio de su importancia dentro del sistema defensivo de la Alhambra como protección frente a los ataques desde el Generalife.

La zona fue muy transformada tras la conquista de los Reyes Católicos. Aunque la puerta permaneció en pie, los gobernadores de la Alhambra levantaron un poderoso bastión en el exterior para afianzar la defensa y sumó un nuevo acceso, la llamada Puerta del Hierro. Ante ella, se conserva aún un gran patio que servía entonces a los soldados que cuidaban los cañones situados aquí. Las piezas de artillería estaban listas para vomitar fuego a través de las cañoneras abiertas en la muralla. Hoy esas 'bocas' permanecen cerradas y pueden contemplarse al pasar por la Cuesta de los Chinos.

Infantas

«En esta torre situó Washington Irving la famosa leyenda de las tres princesas de los Cuentos de la Alhambra», recuerda Reynaldo Fernández bajo la sombra de la Torre de las Infantas. El espectacular edificio fue habitado, según el relato decimonónico, por Zaida, Zorayda y Zorahaida, hijas del sultán Muhammad 'El Zurdo'. Las tres cayeron enamoradas de otros sendos presos cristianos e idearon su huida. Solo el respeto por el padre impidió que una de ellas, Zorahaida, se marchara junto a las demás. «Parece que la princesa no paró de llorar y algo de realidad tiene la historia porque, junto a la torre, hay una fuente llamada de las lágrimas».

El rumor del agua se cuela en el edificio, una de las construcciones defensivas que dan al Generalife. Aunque su factura es nazarí, como advierte la impresionante decoración interior, se encuentra muy modificado. «Esta zona sufrió mucho durante la presencia de los franceses», señala.

Aquí las visitas sí entran, aunque no de manera habitual. «En ocasiones abrimos la torre para que la gente pueda contemplar el interior». Sin embargo, el acceso a la planta superior está vedado. Una escalera empinada permite ascender la torre, motivo que impide que las visitas suban hasta ahí.

Con la planta organizada alrededor del patio interior, diferentes estancias se abren por todo el piso, habitaciones que fueron usadas por efectivos de la tropa inicialmente. «Aquí vivían los soldados antes de que llegaran los franceses; después de que estos volaran la zona fue cuando la ocuparon familias con escasos recursos que degradaron mucho la torre».

Hoy, como el resto de la zona, luce de forma espléndida. Las yeserías están recuperadas y los arcos de las ventanas geminadas 'vuelan' con elegante sencillez. Es un torreón digno de su leyenda y de servir como broche de oro del recorrido. Un tesoro de incalculable belleza, alejado de los visitantes habituales y que revela la otra cara, la más secreta, del monumento más conocido de Granada.