Los últimos testigos de Federico

Tica Fernández-Montesinos, sobrina del escritor, y Ángela Barrios, hija del músico Ángel Barrios, desvelan cómo era la persona que se esconde tras el mito

Los últimos testigos de Federico
PABLO RODRÍGUEZ

Cuando enfermó de otitis, la abuela y la madre de Tica decidieron que lo mejor era cortarle el pelo. Así perdió la chiquilla sus coletas, para evitar que la infección se extendiera. Es verdad que en aquella Granada provinciana de 1934 una cabeza de cabellos recortados era señal de que algo no iba bien. Eso lo sabían hasta los niños de cuatro años. Pero, después de todo, ella tenía una belleza a prueba de tijeras y lo importante era prevenir.

La otitis, enfermedad que hoy podría curarse con un sencillo tratamiento, era una cosa seria entonces. Incluso si en la familia había un médico con el prestigio del doctor Fernández-Montesinos. El dolor empezaba en el tímpano e iba levantando un muro que impedía entrar el sonido. Pero, para ella, lo peor eran las dos coletas cercenadas.

Tío Federico era poeta. Para Tica era el mejor del mundo; no porque lo dijeran los periódicos o viajara a la Argentina o hablara en las radios, sino porque nadie sabía más canciones que él. Le había enseñado la de «La niña que está en la bamba, con la toquilla encarnada...» o aquella que decía «en los olivaritos niña te espero / con un jarro de vino y un pan casero». Pero su favorita era otra, la de «De aquellos dos que vienen, ¿cuál es el tuyo? / El de la capa blanca y el pelo rubio». La cantaba de noche, antes de dormir, con la luz de las luciérnagas.

La medicina de Tío Federico tenía forma de canción y era la más potente de la época. Curaba los rasguños de las rodillas, acababa con los dolores de barriga y no necesitaba más síntomas que unas lágrimas. Pero no podía con la otitis. Así que una tarde, mientras la niña lloraba, Tío Federico entró en la habitación y se llevó las manos a los ojos. «Hacía como si llorara, pero era de mentirijilla». La respuesta fue una sonrisa tan grande como el poeta. «Yo le agradecí la ternura del gesto».

Aquella niña tiene hoy casi 86 años y ha hecho patria de su infancia. Hija de Manuel Fernández-Montesinos Lustau, médico y alcalde de Granada, y de Concha García Lorca, hermana del poeta, Tica se ha convertido en una señora inteligente, culta, cosmopolita y feminista que se enorgullece de su papel como opositora al franquismo durante la dictadura. Como demuestran algunos de sus silencios, la terrible herida que los rebeldes del 36 le produjeron a ella y a su familia no ha terminado de cicatrizar.

Cuando se cumplen ochenta años de los asesinatos franquistas, el testimonio de Tica cobra toda su dimensión: el tiempo la ha convertido en la última testigo de Federico. Aunque permanecen algunas -pocas- voces de los que se cruzaron con él en sus viajes por Argentina, Uruguay, Cuba, Estados Unidos o España, sólo ella puede decir cómo hablaba y reía en la intimidad del hogar la persona detrás del mito.

Nacida el 9 de diciembre de 1930, Tica estaba destinada a llamarse Concha. «Le han puesto en el registro Vicenta, Pilar y Concepción, pero como este último es el nombre de su madre y el más bonito, ése se le dirá, porque el mío es muy feo y yo no quiero que lo lleve», escribía su abuela a Federico pocos días después de su nacimiento. Sin embargo, el poeta consideró que Vicenta era más bonito y se salió con la suya. «Me llamaron Vicenta porque le gustaba a Tío Federico», confiesa.

Tica creció en una Huerta de San Vicente que rememora con la belleza del paraíso. Blanca, blanquísima, con la puerta pintada de verde y el jazmín al costado derecho de la jamba, rodeada por acequias y árboles frutales. De uno de ellos colgaron un columpio. De allí vienen sus primeros recuerdos del poeta.

«Federico era muy bueno con nosotros los niños y nos enseñaba canciones», recuerda. Algunas de ellas las legó para siempre en 'Notas deshilvanadas de una niña que perdió la guerra', libro de memorias que publicó en 2007. Ahí están la canción del caracol:

«Caracol, col, col,

saca los cuernos al sol,

que tu madre y tu padre

también los sacó»

La de la mariposa:

«Mariposa del aire,

qué hermosa eres,

mariposa del aire

dorada y verde...»,

que también apareció en La Zapatera Prodigiosa, o la de la campanilla:

«La chica,

la grande,

la campanilla del estudiante».

Muchas de ellas aún las canta, con un hilo de voz que atraviesa el tiempo hasta su infancia y trae de vuelta a un Federico íntimo y familiar.

«El pájaro era verde

las alas de color

el piquito encarnado

más bonito que el sol...

Esta se la canté hace unos años a mi amiga Antonina Rodrigo (investigadora lorquista) y le encantó», recuerda Tica, que solía hacer como si tuviese alas, agitando los brazos al compás de su tío.

También canta otra, una tonada de ronda de sabor popular:

«A la víbora del mar,

por aquí podréis pasar.

Por aquí yo pasaré

y una niña dejaré.

Y esa niña, ¿cuál será?,

¿la de alante o la de atrás?

La de alante corre mucho,

la de atrás se quedará.

Verbena, verbena,

jardín de Cartagena...».

La voz de Federico

Uno de los grandes misterios lorquianos es el de la voz del poeta. La ausencia de registro y los testimonios sobre su magnífica modulación la han convertido en un elemento mítico. El tiempo ha ido desgastando el recuerdo que de ella guarda Tica. Sin embargo, todavía acuden a su memoria detalles que sirven para hacerse una idea.

«De la voz de Tío Federico recuerdo las 'eses': tenían una forma parecida a como la dicen en Granada y Málaga», recuerda. Tanto ella como su familia, los que se marcharon a Estados Unidos tras la guerra, perdieron parte de ese habla granadina tan característica. «Era un sonido muy particular», remacha.

Tica rememora una anécdota a cuenta de la pronunciación del poeta. Federico no pronunciaba las 'eses' finales, como muchos granadinos de la época. Eso provocó que Gregorio Fernández-Montesinos, hermano del padre de Tica, bromeara con él. «Federico, ponle la 'ese' a Dios...», cuenta que le dijo al poeta.

Tica revela también otra particularidad del lenguaje del poeta. «Nunca le oí decir tacos, se cuidaba mucho de decir nada delante de los niños», señala. La hija de Concha recuerda, sin embargo, que esa característica del habla de Lorca contrastaba con la de su abuelo, Federico García Rodríguez, y sobre todo la de su tío-abuelo Frasquito, Francisco García Rodríguez: «Mi tío abuelo era de decir palabras como 'puñetas' o así. Recuerdo que una vez le visitamos y le dije que esas cosas no las decían las mujeres».

Las tardes de juego con su tío y sus hermanos ocupan un lugar importante en la memoria de Tica. El poeta inventaba historias que luego representaba con gestos de mimo. Las risas estaban aseguradas con él. «Su sonrisa era única, llenaba toda la casa», señala. «Tenía un gran sentido del humor y era un bromista, aunque siempre con la gente que tenía confianza. Creo que se llevaba bien con todo el mundo y mi recuerdo es de verlo siempre sonriendo, alegre como era él; aunque es verdad que, más adelante, ya de mayor, he visto fotografías de la época en las que salía más serio. Creo que le preocupaba lo que estaba ocurriendo alrededor».

Los últimos tiempos trajeron la angustia a la casa de los García Lorca. La detención del padre de Tica y la persecución de su tío Federico provocaron una gran inquietud en la familia, que trató en todo momento de mantener al margen a los niños. Pese a ello, percibieron un cambio en la situación. Tal y como ella misma cuenta, «fue una vaga sensación de miedo» que hoy queda sepultada entre silencios y recuerdos de sus juegos en la huerta.

Federico y los Barrios

Si Tica Fernández-Montesinos García es la memoria íntima de la familia, Ángela Barrios ofrece el testimonio del círculo de amigos del poeta. Su padre, el músico Ángel Barrios, tuvo mucha relación con Lorca desde los tiempos del Rinconcillo. La tertulia, que se celebraba en la plaza del Campillo, acogía a personalidades ilustres de la ciudad, como Francisco Soriano Lapresa, Ismael González de la Serna, Manuel Ángeles Ortiz, José Mora Guarnido, Constantino Ruiz Carnero, Antonio Gallego Burín, Melchor Fernández Almagro, Luis Mariscal, Ramón Pérez Roda, Francisco García Lorca -hermano del escritor- o Hermenegildo Lanz, entre muchos otros.

Esa amistad, nacida al calor del amor mutuo por la música, no se perdió con el tiempo ni los traslados del poeta a Madrid, donde ambos compartieron pensión. «Federico venía a menudo a la casa de mi padre. A la del Fargue no, a la de la Alhambra», cuenta la hija del músico. Allí se encontraba con Barrios y también Falla, amigo íntimo de ambos y padrino de Ángela.

Como Tica, la hija del guitarrista resalta el cariño que tenía por los niños, con los que solía tener gestos de cariño. «Me llevaba en brazos siempre que venía y jugaba conmigo a la pelota». Aquella cercanía le dejó el recuerdo de «un hombre muy moreno, guapo, bien arreglado y que, al contrario de lo que han dicho alguna vez, no parecía afeminado».

Eso sí, para Ángela Barrios, la figura del poeta contrastaba con la del maestro Falla. «Mi padrino era mucho más serio, más grave, no hablaba demasiado; sin embargo, Federico era más dicharachero, más hablador, e intervenía mucho más en las conversaciones».

Recuerda aquella época con una mezcla de sensaciones. «Mi padre se movía mucho con él y con Manuel Ángeles Ortiz, que pintaba muy bien. Era un grupo maravilloso, que hizo mucho por Granada. Es una lástima lo que pasó con Federico luego».

A lo largo de su vida, Lorca reunió un legado que iba más allá de lo material o lo literario. Ese tesoro guardaba tardes de sol en la huerta, juegos de mimo, sonrisas de niño y patadas a la pelota; también 'eses' granaínas, habaneras y canciones de ronda. A través de esa herencia, 80 años después de su asesinato, el corazón de Federico aún palpita.

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