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Los forenses perfectos de la tele

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J. M. Mulet. / Alberto Ferreras

  • J. M. Mulet analiza cómo ha evolucionado la investigación criminal en la historia y la manera en que se ha trasladado a la ficción

En un pequeño pueblo de China aparece uno de sus habitantes asesinado. Alguien ha segado su vida con una hoz. Los vecinos dan la voz de alarma y el investigador policial comienza a pesquisar en busca de pruebas. A mediodía, Tie Yen Chen decide que todos los hombres del pueblo acudan a la plaza del pueblo con sus aparejos de labranza. Las moscas que por ahí pululaban se dirigieron rápidamente hacia una de las hoces.

Los restos de la sabrosa sangre estaban esperando. Es el siglo VII y uno de los primeros casos de entomología forense documentado. Un muestra de que la ciencia se ha aplicado desde hace miles de años para descubrir los misterios de una de las fascinaciones de la humanidad: la muerte. Y, sobre todo, cuando son más raras. «Nos da morbo la muerte y despierta nuestros instintos más primarios. Además tiene la atracción de lo prohibido. Hay que entender que vivimos en sociedades cada vez más seguras, que hay muy pocos delitos violentos y nos atrae esa capacidad del mal», explica J. M. Mulet (Denia, 1973), divulgador científico y profesor de biotecnología en la Universidad Polítécnica de Valencia. Esa atracción por las causas en que uno acaba en la morgue y su evolución a lo largo de la historia le llevó a plantear una asignatura optativa sobre el tema (Biotecnología Criminal y Forense).

La idea arrasó entre los alumnos, que han crecido viendo sagas como 'C.S.I.' y series similares y les atrae este tipo de misterio. Como a los niños de los setenta que crecieron con 'El hombre y la Tierra' o 'Mundo submarino' querían dedicar su vida a salvar el planeta y los de los ochenta con 'Fama' y 'Cosmos', enamorados por la danza y la astronomía.

Una fascinación que este divulgador científico ha querido plasmar en 'La ciencia en la sombra' (Destino), un libro donde repasa la evolución de esta ciencia y cómo se ha plasmado en las ficciones televisivas. «La ciencia forense no ha tenido una continuidad. Esporádicamente ha salido una figura en un sitio y ha ido aportando cosas, pero no ha habido ese trabajo laborioso durante un cierto tiempo. Por ejemplo, el primer laboratorio moderno que se hizo en Lyon por Edmond Locard fue a principios del siglo XX. No es una ciencia tan antigua», comenta Mulet, que repasa algunos de los principales crímenes. Unos delitos que se popularizaron gracias a la aparición de las novelas negras en el siglo XIX, con Edgar Allan Poe -y su Auguste C. Dupin- y la irrupción del mítico Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle.

Una muestra de cómo la ficción ha acudido a la ciencia para contar historias. La televisión, con los avances en las investigaciones policiales, tampoco podía desaprovechar esa oportunidad. «No son tan diferentes los chicos de 'C.S.I.' que los de la vida real», indica Mulet, que señala algunos errores.

«Sirven para todo: desmontar un coche o hacer una prueba de ADN. Nunca tienen recortes presupuestarios. Cuenta con todo tipo de métodos y materiales y resuelven todos los crímenes. Ojalá la verdad fuera así», argumenta el divulgador y escritor, quien defiende la base científica de los creadores de Grissom, Stokes , Sanders, Sidle o Willows a pesar de «ciertos forzamientos de guión». «Son metódicos y hacen todas las pruebas, analizan la escena del crimen. No tiene comparación con otras series como 'Castle' o 'El mentalista'. Patrick Jane lo sabe todo y Richard Castle lo mismo. No toman una huella nunca. Parece que los hechos objetivos los obvian», señala Mulet.

El gran salto

La ficción, a veces, se pasa de lista. Películas como 'Regresión' se basan en la pseudociencia para llevar a un inocente a la cárcel; o en las aventuras de James Bond la tecnología «es una caricatura, está muy alejada de la realidad». O la importancia que se da a los detectores de mentiras en algunas series, cuando está demostrado que «no demuestran nada». En cambio, el ADN es el quid de toda la evolución. «Podemos secuenciar todos los genes del ADN», añade Mulet. «Y cada vez, se puede trabajar con muestras más pequeñas, en peor estado y obtener más resultados. Antes solo podías comparar si era o no el sospechosos. Ahora puedes decir que raza tenía, el color de los ojos o de pelo», explica el profesor.

La aparición de los microscopios de comparación para comprobar el estriado de las balas o los análisis químicos para los restos de la pólvora han revolucionado también los laboratorios forenses. Unos centros de trabajo donde hay mucho humor negro. «Creo que es un mecanismo de protección emocional. Necesitas poner una barrera o un recurso para lo que ves todos los días», explica Mulet.