Motril habilita su pabellón de deportes para acoger a 32 inmigrantes que no tenían donde ir

Los inmigrantes llegaron anoche al pabellón municipal de deportes de Motril para poder dormir bajo techo. / LAURA UBAGO

Ayuntamiento y Gobierno montaron este dispositivo después de que los chicos se viesen en la estación de autobuses sin dinero para viajar

LAURA UBAGOMotril

Fueron un par de horas angustiosas. Estaban en la puerta de la estación de autobuses de Motril sin destino ni futuro. Alí, originario de Costa de Marfil, 24 años, chandal gris, monedero con la bandera de Jamaica al cuello, hacía de portavoz del grupo. Eran los 32 integrantes de una patera sin rumbo. Liberados sin apoyo, no sabían cómo salir de esa situación kafkiana. «No hemos venido aquí para esto. No tenemos ni un puto duro. Necesitamos ayuda», contaba este inmigrante.

Tras pasar las 72 horas reglamentarias en el Centro de Atención para Extranjeros del Puerto de Motril, la Policía Nacional puso en libertada a los 32 inmigrantes de una patera. Fallaron todos los recursos. Cruz Roja aseguró que no podía hacerse cargo, que tenía a otros 20 en un hotel y que iba a llevar a 40 más fuera de Granada. El Gobierno no tenía ningún centro de internamiento con plazas para llevarlos. No encontraba oenegé que se hiciese cargo y comenzaron las llamadas al Ayuntamiento de Motril para habilitar un espacio. Ninguno localizaba la solución y los 32 inmigrantes se encontraban ayer a las siete de la tarde, lloviendo, a las puertas de la estación de autobuses sin dinero para viajar.

«Hemos ayudado a la Policía a traerlos hasta aquí porque creíamos que tenían un billete pagado. Si lo llego a saber, no los traigo», expresaba anoche un voluntario de Protección Civil de Motril apenado, impotente, mientras el coordinador de esta agrupación, Ramón Mesa, hacía llamadas intentando buscarles un sitio donde dormir.

La subdelegación del Gobierno de Granada llamó al Ayuntamiento de Motril para resolver la situación después de que los inmigrantes pasasen dos horas en la calle en las que pedían volver al centro del puerto o que la Policía les llevase «a una cárcel». «Lo que sea, pero esto no. La calle, no. Que venga Cruz 'Rojo', que nos lleven a algún centro», rogaba Alí, que hablaba en nombre de sus compañeros entre los que aseguraba que había, incluso, algún menor de edad.

«Todos tenemos familiares y contactos, pero necesitamos dinero para viajar. Tenemos dirhams, pero ¿dónde los cambiamos? Además, los móviles no nos funcionan. Yo quiero ir con mi hermano a Bilbao y no sé cómo hacerlo», expresaba este joven inmigrante que trataba de ayudar a sus compañeros a través de algún móvil que habían conseguido conectar.

Mientras tanto, unos chavales motrileños ofrecieron un cigarrillo a algunos de los inmigrantes, una forma de solidaridad y de brindarles un gesto entre tanta soledad.

Ramón Mesa, coordinador de Protección Civil, no se atrevía a marcharse y a dejarlos allí. «Algo tenemos que hacer, nos hemos visto aquí con ellos y no los podemos dejarlos en la calle», comentaba. La Policía Nacional, que había llevado a los inmigrantes hasta la estación, ya se había marchado.

Al final llegó la solución. El concejal de Deportes activó el dispositivo para abrir el pabellón municipal aunque con reticencias de pensar que esto no se había hecho bien. «Esto no puede convertirse en algo habitual. No podemos ser una avestruz y mirar para otro lado ante el problema de la inmigración. Yo les abro hasta mi casa, si quieren, pero que sea una emergencia, no podemos convertir el pabellón en un albergue de inmigrantes y el Gobierno debe tener un dispositivo elaborado para estas situaciones de emergencia».

Los voluntarios de Protección Civil trasladaron a los inmigrantes al pabellón cerca de las once de la noche y se quedaron allí para instalarlos asistidos también por Cruz Roja. La teniente de alcalde de Seguridad, Mari Ángeles Escámez, tuvo que encargarse del dispositivo y fue ella misma la que pidió a la Policía Nacional que le ayudase con esta actuación que recayó por completo en el Ayuntamiento.

Alí respiraba aliviado. Traía una bolsa de galletas que les había comprado un paisano que se habían encontrado por las calles de Motril. Se quitaron los zapatos y se abrazaron sentados después de vivir una aventura para olvidar.

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