Locos por los hinchables

Juguetes hinchables de animales como el flamenco o de alimentos como pizzas, cucuruchos o frutas triunfan en las playas.
Juguetes hinchables de animales como el flamenco o de alimentos como pizzas, cucuruchos o frutas triunfan en las playas. / J. I. C.

José Ignacio Cejudo
JOSÉ IGNACIO CEJUDO

Forman parte del verano tanto como las gafas de sol, las sombrillas y las toallas. Un clásico. Uno más. Lo sorprendente es que cada vez se compran con mayor frecuencia; es decir, siguen de moda. Las colchonetas, roscos y demás juguetes hinchables que llenan todos los años las playas de España, y cómo no las granadinas, regresan en este verano con más fuerza que nunca y con nuevas tendencias.

Las modas vienen y van y no dejan de renovarse. Al cocodrilo de toda la vida lo ha sustituido un inofensivo flamenco rosa, un nuevo inquilino habitual del mar y de la piscina también. Es más simpático que el gran lagarto verde y triunfa sobre todo entre las chicas. Su dueño puede sentarse y hasta tumbarse sobre él, con un gran agujero en el interior, y hasta abrazarse al largo cuello del ave, de un rosa intenso como el calor de la estación.

Paseando por la playa granadina puede uno encontrar también la otra referencia en cuanto a hinchables. Ya no valen las falsas embarcaciones; ahora se deja volar más la imaginación para navegar sobre alimentos mismos. Todos ellos apetecibles para los niños: no verán verduras.

Así, uno puede surcar las olas sobre un trozo de pizza con todos sus ingredientes, un helado de varios sabores o una fruta refrescante como una sandía o una piña.

Estas innovaciones no conllevan la muerte de todo lo anterior. Se siguen viendo cocodrilos y hasta tortugas. También tiburones. Los hay quienes prefieren navegar con la colchoneta simple, de un color, de toda la vida, y quienes no abandonan ese falso barquito inflable.

Con ellos juegan los niños, tratando de arrebatárselo los unos a los otros en disputa, y se relajan los mayores, que buscan la serenidad en las profundidades, alejados del bullicio de la orilla sin tener que esforzarse demasiado en el nado ni en flotar. Un descanso maravilloso.

«Los bichos les gustan a todos los críos. Los flamencos se nos han agotado ya este verano, este ha sido el de su 'boom'. Cuestan 25 euros. La venta se mantiene», cuenta Inma desde su negocio en el paseo marítimo de Salobreña. Antonio, desde otra tienda vecina, tampoco dispone de más existencias ni de flamencos ni de otros animales, y asegura: «Los jóvenes son más niños que los propios niños y disfrutan más de los inflables».

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