Libertad en pleno mar

Gabi navega en su embarcación en compañía de sus amigas Andrea y Ana. / José Ignacio Cejudo

Gabi describe que cuando navega tiene «sensaciones de libertad, me siento un poco apartado de todo especialmente si me voy lejos»

José Ignacio Cejudo
JOSÉ IGNACIO CEJUDO

Navegar en un barco propio ofrece una perspectiva sobre el mar que nunca tendrá quien no dispone de esa suerte. La libertad de surcar las olas. El silencio auténtico allí donde la orilla queda tan lejos. La sensación de estar a merced del mar, de haber renunciado por voluntad propia a la tierra firme. Acercarse un poco más a la naturaleza. Sentir el aire puro que golpea la cara, de frente.

Gabi es salobreñero y tiene un barco, de su familia. Lo tiene desde hace apenas dos años. Se trata de una embarcación fueraborda. «Según el tiempo puedo sacarlo desde una o dos veces a la semana a todos los días, siempre que haga bueno», asegura. Cuando lo saca no es para un rato: «Suelo estar dos o tres horas con él, generalmente llego hasta La Herradura o Almuñécar como mucho». Los hay que se atreven a llegar mucho más lejos.

Gabi describe que cuando navega tiene «sensaciones de libertad, me siento un poco apartado de todo especialmente si me voy lejos». Comenta que allí, lejos, «te puedes encontrar con animales distintos, como delfines». «Me gusta ir con amigos, sin ellos sería difícil sacar el barco porque necesito ayuda», admite.

Entre esas amistades se encuentran Andrea y Ana, que lo acompañan en esta ocasión. Para Andrea se trata de su primera vez, al menos «en un barco de estas características». «Me ha sorprendido positivamente, es una sensación agradable que me gusta. Otra forma de disfrutar del mar. Voy tranquila y segura», subraya. Ana, por su parte, es una invitada habitual desde que Gabi comprara el barco hace dos años. «Me lo paso genial, es una sensación de libertad. Disfruto del paseo, veo los delfines y bajo a bucear un poco», relata antes de saltar del barco para darse un chapuzón.

Gabi deja más tarde la embarcación en la marina seca del Club Náutico de Salobreña, donde trabaja Luismi ayudando a sacar y guardar los barcos. «Tenemos unos 82, más o menos, y entre socios y socios no numerarios -allegados- habrá cerca de cien», informa. «Son sobre todo gente del pueblo, de Granada y hasta de Madrid, aunque también tenemos algunos extranjeros como unos alemanes ahora que nos dejan el barco todo el año», cuenta.

«Hay gente que se tira una hora en el mar y otros que están desde las nueve de la mañana hasta las diez de la noche porque se van lejos a pescar. Es muy raro que la gente venga sola, siempre suele venir con acompañantes como familiares o amigos», detalla. «En el club hay buen rollo, ahora se están proponiendo excursiones entre miembros hasta La Herradura», señala. Gabi corrobora esa comodidad general.

Alquileres

En la playa de Almuñécar tiene su propio varadero en la arena Rafa, que lleva diez años cuidando y arreglando barcos con su empresa, Náutica Rafa. «Hacemos un servicio para el pueblo, para que puedan entrar y salir embarcaciones y disfruten del verano», remarca. Cuida barcos, lanchas, motos de agua, piraguas... a una media de 250 euros al mes.

Reseña que los extranjeros solicitan sobre todo alquileres, servicio del que también se ocupa y que alcanza los 300 euros por cuatro horas en el agua, de media. Una forma distinta de apreciar el mar.

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