En busca del mar

Una cabra montesa hembra junto a su cría, ya casi juvenil, se asoman en los acantilados de la cala del Ruso, en el municipio de Albuñol, tras realizar un largo viaje desde las laderas de la Alpujarra./J. E. GÓMEZ
Una cabra montesa hembra junto a su cría, ya casi juvenil, se asoman en los acantilados de la cala del Ruso, en el municipio de Albuñol, tras realizar un largo viaje desde las laderas de la Alpujarra. / J. E. GÓMEZ
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El viaje invernal de las montesas desde las cumbres a los acantilados del litoral

JUAN ENRIQUE GÓMEZ y MERCHE S. CALLEGranada

La nieve cae sobre los glaciares de las altas cumbres de Sierra Nevada. Los prados se agostaron hace meses y en las vaguadas de la media montaña se apagaron los sonidos de las cuernas en tiempos de celo. Las cabras montesas iniciaron ya su éxodo anual tras la llegada del frío en busca de territorios más cálidos. Los cabritos, nacidos antes del verano, ya tienen edad suficiente para recorrer grandes distancias junto a sus madres en compañía de algún joven macho que les ofrece protección. Cada año, con el invierno, las poblaciones de Capra hispanica pyrenaica, se dispersan en pequeños grupos para invernar hasta que la primavera les empuje a volver a las zonas altas e inhóspitas de las montañas, el lugar donde dar a luz a sus nuevos retoños, concebidos en el otoño. Es tiempo de viaje, de descubrimiento de territorios y de colonización.

Desde las laderas de la Alpujarra, las sierras de Almijara y Lújar, el mar es una línea azul que se dibuja en lo más profundo de un valle que no tiene fin. A veces se vislumbra entre las densas nubes que al amanecer se forman en las zonas umbrías, por debajo de las sendas por las que transita el pequeño grupo de dos machos, tres hembras y dos pequeños cabritos que a principios de diciembre comenzaron a descender desde las cumbres camino de esa línea marcada en el horizonte. Es un viaje imaginario en busca del mar, un periplo no reflejado en las investigaciones científicas, que sitúan el mínimo altitudinal de esta especie ibérica en 200 metros, pero que la realidad del cambio climático y la antropización de sus hábitats les ha obligado a cambiar. Las montesas, que en Sierra Nevada tienen la mayor densidad de población de todo el mundo, protagonizan una inesperada migración invernal hacia cotas bajas y, algunas de ellas, hasta las costas de Alborán. Las cabras de Sierra Nevada deambulan por tierras del Poqueira, Trevélez y el valle del Guadalfeo; mientras que grupos que habitan las sierras medias, bajan hasta el mar, y en algunos casos, montesas de las altas cumbres llegan a los acantilados de Calahonda, los pasos de Castell y el litoral oriental, con las calas marinas del viejo Gran Cejel, la gran costa de los moriscos.

Sus territorios naturales han sido ocupados, la presencia del hombre y sus efectos sobre el ecosistema crece día a día, se ven obligadas a emigrar. Cruzan carreteras, caminos, bordean cercados, se alejan de los pueblos y caminan, durante días en busca de pasos por los que salvar la gran barrera de las autovías, buscan espacios cálidos y ocultos, llegar a la meta marcada por la línea azul, y con ella, conocer el mar.

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