El árbol de los inocentes

El árbol de los inocentes
J. E. G.

Un viejo tilo mantiene vivo el espíritu de los Abencerrajes

JUAN ENRIQUE GÓMEZ Y MERCHE S. CALLE
JUAN ENRIQUE GÓMEZ Y MERCHE S. CALLEGRANADA

Llega un rumor de pasos encadenados, gritos sordos tras gruesas paredes, sollozos de temor y muerte, sonidos que el viento apaga al silbar entre las ramas desnudas que desafían el invierno de Granada, entre los brazos alzados con los que un viejo tilo intenta alcanzar el cielo del crepúsculo para implorar la justicia que solo el tiempo otorga. Crece entre las viejas piedras de la medina intramuros de la Alhambra, junto a la desaparecida alberca y los muros maestros de baños y estancias del imaginado palacio de Abencerrajes, abandonado tras la muerte de sus moradores, engañados y degollados por el sultán celoso de poder. El gran árbol que se alza en el actual secano de la Alhambra, a un paso entre las puertas de la Justicia y los siete suelos, en la calle Real, donde las hordas del ejército napoleónico destrozaron casas y murallas. El paso de la historia lo convirtió en depositario del espíritu y la leyenda de los caballeros de la casa de Banu Sarray, el hogar que desde el siglo XIV ocuparon los cortesanos que llevaron el nombre de Ibn al-Sarray, aquellos a los que en Castilla conocieron como Abencerrajes, y consideraron una estirpe de caballeros medievales, defensores de las alcazabas de Ronda y Málaga, alcaides invencibles de las fortificaciones fronterizas del Reino de Granada, y para su desgracia, demasiado cerca del sultán y las intrigas palaciegas de la casa de Nasri, siempre enredada en luchas fratricidas.

Al anochecer, bajo el gran árbol de brazos abiertos, se puede escuchar el canto de poetas que cuentan el devenir de quienes llegaron desde las montañas del Atlas, sucesores de artesanos, de talabarteros dedicados a la fabricación de sillas de montar, pero con una vocación guerrera que caló profundamente en los ejércitos que iniciaron la conquista del sur de Iberia. Afincados en Al-Andalus fueron gentes letradas, poetas y botánicos hasta que en el siglo XIV comienzan a influir en la vida política y administrativa de Granada y a relacionarse de forma directa con el poder de los nazaríes. Los Banu Sarray trascienden las mezquitas y madrazas para aparecer en las crónicas de asaltos y batallas llegadas desde tierras de cristianos, que hablan de poderosos caballeros musulmanes. En Granada, en el ecuador del último siglo de la dinastía nazarí, Abu Nasr Saad, el padre de Muley Hacen y el Zagal, el abuelo de Boabil, conjuro la maldición que acabaría en sangre.

Abu-l-Surur, el primer ministro del Reino de Granada y Yusuf ben al-Sarray, jefe de los Abencerrajes salieron de las estancias palaciegas, junto a la alberca del gran tilo, cruzaron la medina y a través de la Rauda Real entraron en el Patio de los Leones, donde habían sido llamados por el rey. Nunca esperaron ser acusados de malversación y ejecutados de forma inmediata. La desgracia cayó para siempre sobre los Ibn-Sarray que huyeron a la Alpujarra y más tarde, traicionados por cristianos y moriscos, regresaron a las costas de África.

Las leyendas románticas cuentan otra verdad, acusan a Muley Hacen y su hijo Boabdil de dar muerte por celos de amor a los 37 jefes abencerrajes en la sala con el nombre de la casta guerrera, en el patio de los Leones, donde aún se aprecia el rastro de la sangre. Solo el árbol del palacio maldito cuenta la verdadera historia del cruel destino de los inocentes, de los caballeros musulmanes llegados del Atlas.

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