A mi alegre madre

Natalia Conde./V. M. R.
Natalia Conde. / V. M. R.
VÍCTOR M. ROMEROGranada

Aquella señora era especial, tan activa y protectora derrochaba generosidad de forma ilimitada, desmesurada. Era mi madre. Y madre no hay nada más que una, aunque seguro que todas las madres son igual de entregadas y desinteresadas con sus hijos. Por eso creo que todas son especiales. Y eso es genial. En mi caso, mamá, luego abuela Natalia y más tarde la bisabuela, me enseñó a amar. De pequeño, brazos tan poderosos, la permanente sonrisa y su absoluto sacrificio me daban seguridad. Al final de sus días en la 'zona física', sus besos resultaron igual de reconfortantes y gratificantes aunque apenas pudiera sostener los párpados para mirarme con la misma ternura de siempre. Aglutinaba la poca energía que le quedaba para besar sin parar hasta que yo retirara la mejilla de sus labios. Tal fusión, de almas pienso, junto al susurro en la intimidad entre ambos, alimentaban su espíritu y el mío como si traspasaran el umbral de lo terrenal.

Recuerdo en mi niñez que si mi padre representaba la autoridad, la disciplina, el carácter y la verborrea -por eso quizá heredé la voz de trueno y así despertó en mi una tardía inclinación hacia la rima fácil y popular, chistosa, improvisada-, mi madre aportaba intenso afecto, sentido del humor, alegría, esa simpatía que transmitía y de la que contagiaba a sus seres queridos, a sus 9 hijos, 24 nietos y 9 biznietos, al 9/24/9 capicúa, y al pelotón de amigos a los que acogía en 'sus fiestas caseras'.

La abuela Natalia, mi madre, tenía gracia. Mucho arte. Apenas me regañó; al revés, regaló cariño, calor y capricho permanente. Ser su 'hijo bonito' cuando también lo era por parte de mi padre Carlos Tomás Romero García encendía a mis hermanos, a unos más y a otros menos... Es lo que hay.

Un día un vecino tocó a la puerta. «¡Señora, dígale a su hijo que no tire más piedras a mis palomas!». Yo, escondido, escuché a mi madre replicarle: «¿Que tira piedras? Oiga, caballero, las piedras se le habrán caído o, en todo caso, sus palomas se habrán cruzado por el trayecto». Interrogado después, confesé que les lanzaba pinzas de la ropa para verlas volar. Natalia me dijo: «Con razón siempre está el cesto vacío, ¿quietas no te gustan?, como no quedan pinzas... ¿lanzamos tus muñecos?». A la enésima fechoría se acercaba en tono amenazante con la zapatilla... las pocas ganas que tenía de endiñarme desaparecían al apretar sus muslos con ambas manos, era su punto flaco, caía al suelo redonda y muerta de risa. La bronca se convertía en un cachondeo general. Y es que mi madre era una fiesta. Aprendí de ella que la vida es diversión. Como hija única su ilusión y meta fue crear una familia numerosa. Y lo logró. Decía que el ser humano nace para compartir y nunca estar solo. Me enseñó a abrazar, el afecto, a amar. Su profesión, después de ejercer la principal, la de madre, fue la de animadora. La número uno para subir la moral. Así pasó por aquí. Seguro que no quiere que estemos tristes. Estaré alegre hasta que le devuelva alguna pinza de la ropa... Se lo debo. Todo. Gracias, mamá.

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