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Un hombre espera al metro de Granada: la broma infinita

Un tipo espera al metro de Granada. Se llama Job. Job Santos. Está sentado en la parada de Juncaril como uno de esos vaqueros del viejo Oeste que miraban las bolas de heno rodar y rodar y rodar. Está esperando, impertérrito, algo que no pasa. Algo que lleva anunciándose demasiado tiempo y que no llega a pasar. Y lo peor de la no llegada del metro es que la indignación supina que se respira en Granada empieza a tornarse en una terrible, macabra y lamentable broma infinita.

Les cuento la historia. Los amigos de El Bolardo -la mejor página de humor a este lado del Mediterráneo- publican un vídeo en directo en su página de Facebook en el que un tipo, Job Santos, espera durante tres horas y media la llegada del metro. La evidente malafollá del asunto no tarda en extenderse por Granada a través de las redes sociales y la cosa se pone divertida. Muy divertida. Cientos de comentarios. Algunos pillaban la ironía. Otros se enfadaban porque no llegaba nunca el metro. Y muchos, ¿la mayoría?, expresaban un sentir común que les resumo con esta idea: "Total, esto ni es un metro ni es nada. Qué más da lo que tarde en llegar. Ya ni se le espera".

Eso es, exactamente, lo que decía Foster Wallace en su novela 'La Broma Infinita': "La aceptación es, por lo general, un asunto de cansancio más que de otra cosa". Nos hemos cansado de esperar y eso ha hecho que no nos indignemos lo suficiente con el cachondeo supino del metro de Granada. Los días pasan y la anécdota sigue creciendo. La gente se sigue sorprendiendo cuando ve un tren en marcha por mitad de la ciudad, como si fuera uno de esos 'flash-mobs' en los que un grupo de actores se infiltra en la realidad.

Una frase más de Wallace: "La mediocridad depende del contexto". Nosotros, me temo, somos el contexto.

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