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Blanca deposita una flor sobre la tumba de su hermano en presencia de familiares y amigos. pérez / RAMÓN L.

40 años sin Arturo Ruiz García, el granadino asesinado la víspera de la Matanza de Atocha

  • «Ya nos gustaría que nuestros jóvenes tuvieran la misma visión de la vida de nuestro hermano; algo en lo que él creía, por lo que luchó y por lo que murió», recuerda Blanca

  • Una reconstrucción de la jornada del 23 de enero de 1977, cuando el joven natural de Darro y de 19 años, cayó asesinado en Madrid por los disparos de un guerrillero de Cristo Rey cuando se manifestaba por la libertad en España

Arturo Ruiz García tenía 19 años, era estudiante y murió asesinado en Madrid por un guerrillero de Cristo Rey que le descerrajó dos tiros a quemarropa. Corría un frío y duro 23 de enero de 1977 y al día siguiente, pistoleros de extrema derecha entraron en un bufete de la calle Atocha y cometieron la histórica matanza de abogados laboralistas.

Han pasado cuatro décadas completas y nadie olvida estos últimos hechos, hay memoria y honor, pero Arturo Ruiz García, natural de Darro, un pequeño pueblo de apenas 1.500 habitantes en la comarca granadina de Guadix, todavía espera el suyo. Quizá es el momento.

Su hermana, que tenía entonces trece años, ha escrito una carta en la que pide memoria, para que los jóvenes de ahora sepan cuál es el precio que se paga por la libertad: «No he olvidado nunca que tuve un hermano (...) Ya nos gustaría que nuestros jóvenes tuvieran esa misma visión de la vida; algo en lo que él creía, por lo que luchó y por lo que murió».

Hoy, cuando se cumplen cuarenta años de su asesinato, el periódico IDEAL reconstruye de la mano de los recuerdos y testimonios de sus hermanos y amigos estas 24 tristes horas de hace cuarenta años sin perder de vista que el asesino de Arturo Ruiz García, un guerrillero de Cristo Rey llamado José Ignacio Fernández Guaza, nunca pagó por su crimen.

La mañana en la cocina

Blanca, la hermana pequeña de Arturo, tenía trece años y estudiaba primero de BUP en el instituto Herrera Oria, en Madrid. El padre había sido secretario del Ayuntamiento de Darro, pero lo habían trasladado recientemente a Madrid. En el piso del barrio del Pilar vivían cuatro de los ocho hermanos, ya que los mayores «habían volado ya».

Así que en el piso de la calle Islas Cíes se encontraban aquel 23 de enero de 1977 «Manuel, Arturo, Elvira y yo». Los padres vivían en la localidad madrileña de Gargantilla de Lozoya «y venía mamá a echar un ojo y a hacernos alguna comida que nos gustara, como ensaladilla rusa», así que «estábamos esperando que apareciera por el piso en cualquier momento».

«Esa mañana del 23 de enero, Arturo se fue muy temprano. No comentó nada. Tampoco comentó la víspera. Manuel ya tenía novieta y pasaba muchos días fuera con ella y esta vez no estaba. Elvira estaba estudiando en el instituto, COU y a la par trabajaba en una lavandería». «Por la mañana -sigue el relato-, mi hermana y yo limpiamos la casa y Elvira me dijo, 'vamos a comer y después hacemos los deberes y luego te dejo ver la tele', que éramos muy responsables». Y así lo hicieron. «Y ahora tengo la imagen muy clara. Como no iba a ver la tele puse la radio y escuchamos las noticias de las tres de la tarde mientras comíamos. Así nos enteramos. Dejamos la comida en el plato y nos fuimos a casa de un primo, que vivía al otro aldo de la calle. Nos fuimos temblando. Nos abrió la puerta y no sabía nada. Llamaron mis padres, que también se estaban enterando por la tele. Y mis hermanos, desde Barcelona, que se hicieron el viaje de una tacada en un Dyane 6».

«Mi hijo, mi hijo»

«Estuvimos en casa de mi primo hasta que vinieron mis padres, que los trajo mi hermano Manuel. Y ya se desbordó todo. A la casa empezó a llegar todo el mundo, desde compañeros del insti a los amigos de Arturo. Recuerdo a mi madre en una esquina con la cabeza agachada diciendo desconsolada 'mi hijo mi hijo mi hijo'. Mi padre estaba en silencio, que nunca fue mucho de hablar. Estaba la novieta de Arturo que se llamaba Mari Luz».

De Madrid a Darro, Francisco Torres, profesor ya jubilado conocía a toda la familia y también a Arturo. De hecho, el padre fue maestro de Arturo. «Yo ya tengo 64, así que Arturo hoy tendría 59 años», recuerda a la primera. «Éramos como hermanos, su padre secretario del Ayuntamiento y mi padre el maestro». Aquél día estaba trabajando en Marbella y fui a Jódar a ver a la novia -una novia que está ahora misma sentada a su lado, como los últimos cuarenta años-, «y nos enteramos por la tele».

«¡Callaros-Callaros!», acertó a ordenar Francisco Torres cuando escuchó el nombre completo de Arturo en la noticia. «Nos vinimos para Darro del tirón. La noticia nos dejó helados. Imagínate el panorama. Mi padre intentaba contactar con Madrid. Imposible. Todo se vivió muy triste. Mi padre había sido su maestro, era muy amigo de su padre y curiosamente mi padre, en los últimos años, escribió unas memorias y después de una vida de maestro, solo cita a tres alumnos por su nombre. Uno de ellos es Arturo».

En la parroquia San Eloy

Volvemos a Madrid. Blanca recuerda que «mi padre, al ver que cada vez venía más gente, se agobió. Yo era de la parroquia San Eloy, al lado de casa. Así que pedimos permiso y la parroquia nos cedió la iglesia. Tengo recuerdos de la tensión que se respiraba mezclada con el dolor... Mi padre en el altar pidiendo calma, los 'grises' -la actual Policía- en la puerta de la iglesia. Dentro, del templo, silencio. Sentimos mucha cercanía de la gente, muchas muestras de apoyo. Recibimos hasta un telegramas de apoyo del Rey Juan Carlos.

Por último, Blanca recuerda que no presenció los funerales. «Y no me acuerdo ya de nada más. Es como si lo hubiera querido borrar todo de golpe. Y borrado está».

Cuarenta años ya

Pero no. Pasó el tiempo y murieron los padres. Los hermanos quisieron rendir homenaje a Arturo cuando se cumplieron los 35 años de su asesinato en la calle Estrella de Madrid, detrás de la Gran Vía. Blanca recuerda de entonces y de ahora que «la presencia de Arturo es grande. Hizo algo muy especial. Y mis padres se encargaron de que a mí no se me olvidara. Creo que ese tipo de cosas no se tienen que olvidar. Nunca. El recuerdo que tengo es que Arturo era problemático, era un revolucionario».

Por ejemplo, recuerda, cuando empezaron las obras del centro comercial La Vaguada, en el barrio del Pilar de Madrid, Arturo fue el que se subió hasta lo alto de la grúa para colgar la pancarta en la que se defendía al pequeño comercio del barrio. Él era así, siempre el primero». Por eso, Blanca entiende que «para mí ahora la juventud apenas tiene valores para luchar, está atontada, no se implican en nada».

«Creo en el ejemplo de Arturo, continúa, porque los jóvenes de ahora no tienen ni memoria ni valores. Están perdidos. Para mí Arturo es un ejemplo de tener valores, ideología y de luchar por algo en lo que crees que hay que luchar por ello». Aunque te cueste la vida. Aunque cuarenta años después sigas pidiendo Justicia».

Memoria. Justicia. Democracia. Libertad. Lucha. Grandes palabras que, cuarenta años después, lo son más todavía y que la familia Ruiz García quiere que sea la bella herencia de Arturo.