Ideal

El rastro de la guerra en los ojos de un niño

Francisca comparte los pocos pero duros recuerdos que le quedan de la Guerra Civil.
Francisca comparte los pocos pero duros recuerdos que le quedan de la Guerra Civil. / FERMÍN RODRÍGUEZ
  • Miedo, hambre, bombardeos... Aquel verano del 36 les marcó para siempre. 80 años después comparten el «horror» de la Guerra Civil

«El 18 de julio de 1936. ¡Ya lo creo que me acuerdo!». Fernando atesora una memoria prodigiosa, de esas que dejan al interlocutor boquiabierto. Hay cosas que, además, no se olvidan o no se quieren olvidar. La Guerra Civil española es una de ellas. Se le nota enfurruñado cuando recuerda aquellos años en los que el «horror» campaba a sus anchas por las calles de la capital granadina. Era un niño de apenas nueve años pero en sus pequeños ojos, hoy castigados por la vejez, se quedaron grabadas imágenes que quiere compartir, que describe con profusión de detalles, que se resisten a pasar a la historia... «Recuerdo aquel día con miedo. No me dejaron salir de casa a la plaza Nueva. Ni mi madre ni mis abuelos. Era consciente de lo que pasaba, ¿o es que los tiros y todo lo que había no se notaba?», rememora.

Por más que su familia se afanara en que el conflicto bélico que acababa de comenzar dejara la menor huella posible en su infancia, el rastro del ruido de metrallas o del trasiego de presos por el centro de Granada no ha logrado difuminarse con el paso de las décadas. Más bien al contrario. «Eso es historia. Tendría que estar en los libros de historia. No es agradable. Es una guerra en la que se mató a mucha gente. No es un bocado de buen gusto», afirma con vehemencia a sus 89 años. Han pasado ocho décadas de aquel verano del 36. De aquel día 18 de julio, marcado en rojo en la historia de un país azotado por casi tres años de espeluznante guerra fratricida que empezaban a escribirse con el eco de las bombas y de los tiros. Fernando no duda en bucear en los 'cajones' de su mente para traer al presente pasajes de este negro capítulo. «No me acuerdo mucho pero me ha llamado la atención que alguien se preocupe un poquito por esto, por eso he aceptado», confiesa sobre la charla, a corazón abierto, que regala desde la Residencia de Mayores La Milagrosa, en Armilla.

En la línea de batalla

No está sólo. En torno a la mesa, junto a él, toman asiento más testigos de una guerra «horrible, inhumana, criminal», tal y como la describe Serafina Ceballos, de 91 años. Tenía once cuando comenzaron unos interminables meses que describe en pocas palabras: «Fue lo peor que hay en el mundo. El que estaba allí tiraba para acá (hace el gesto de las metralletas). Gente haciendo trincheras. No había estudios, no había nada... No se sembraba en el campo. Sólo había hambre y piojos». Imposible abstraerse. Más cuando la suerte (o la mala suerte) colocó a su familia en primera línea de batalla: su pueblo, Alcaudete, en Jaén, y el río San Juan que dibujaba su geografía fueron 'frontera' bélica.

«Había un palacio con un torreón y allí un hombre con una escopeta y sus gafas nada más mirando al cielo a ver si venían los aviones, porque todos los días nos bombardeaban», esboza al detalle la escena. Dos tiros al aire eran el aviso. Luego las campanas de la iglesia se tañían con fuerza. Sólo quedaba correr a buscar refugio, el refugio. «Se liaba una: las madres embarazadas, con los niños a rastras. Los habían hecho los ciudadanos y eran así de altos (con la mano no levanta ni medio metro del suelo). Teníamos que entrar a rastras», continúa con el duro relato. Así, una y otra vez, durante meses, años... Hasta que pasaba el peligro. Aún recuerda la imagen de su abuela, cómo guardó en una olla de barro 10.000 pesetas de plata, los libros de la misa y la escritura de la casa. «Lo enterró en la bodega. Encendía una 'lamparica' con aceite y nada más que hacía rezar».

Todo había cambiado de la noche a la mañana. «No nos podíamos asomar a las ventanas no fuera a tirar una bomba alguien. Nos sentábamos mi primo y yo en una de ellas, que tenía una reja muy grande, y pasaban por allí los coches con los falangistas, con unos fusiles saliendo por la ventanilla. Paraban, te apuntaban y te decían: cierra o te pego un tiro», cruda vivencia para Fernando, un chiquillo que incluso llegó a ver «cómo llegaban camiones de presos a plaza Nueva. Los metían por la puerta principal, salían luego otra vez al camión y los llevaban a la Cuesta de Gomérez para fusilarlos. Eso lo vi dos veces y cuando lo dije en casa ya no me dejaron salir más». Aún así, desde su hogar, depende de cómo soplara el viento, «se oía muchas veces la metralleta». «Aquello fue un horror», acierta a decir.

Fernando siguió yendo al colegio, pero nada era igual. «Aprendí a hacer instrucción y por la tarde me metían en la iglesia de Santa Ana. No nos veíamos con los amigos», añade. Cuenta que su profesor de entonces, al que le unió una amistad, le confesó que en esos años «no me podía enseñar porque lo tenía prohibido. Había unas normas muy estrictas. Nos llevaban a la Alhambra a hacer instrucción. Eso sí lo aprendí bien». Aunque tuviera edad de estar en la calle jugando con sus amigos, la guerra 'bombardeó' su infancia para siempre.

A pie hasta Lanjarón

Porque la guerra en los ojos de un niño sigue ahí, grabada a fuego. Como los dos días que empleó Ana Caballero (92 años) en cubrir a pie el trayecto desde su pueblo, Busquístar, en plena Alpujarra granadina, a Lanjarón. «Nos vinimos andando y desde allí ya nos trajeron a Granada. Cogimos morcilla, longaniza, cosas de la matanza,... y con esos íbamos comiendo». Dejó a sus amigos, a familiares en su pueblo. Sirenas y cañonazos. Y miedo, «mucho miedo». «Era una cría», pone el acento durante la delicada conversación. Gesticula cuando recuerda las metralletas, «pim, pim, pim». Ya en Granada, acudía al colegio del Corazón de Jesús, donde las niñas eran «mediopensionistas»: «Llevábamos una tortilla y allí nos daban sopa. No pasamos hambre nunca; éramos de una familia buena».

Una vivencia que dista de la de Francisca Lara (90 años). Nació en Granada, se marchó a Benamejí (Córdoba) con su familia y regresó a la ciudad de la Alhambra justo tres días antes de empezar el conflicto bélico. «Ya sabían cómo estaban las cosas y mi familia nos llamó para que nos viniéramos, para que estuviéramos todos juntos». Para Paquita, como la llaman cariñosamente en la residencia de la Diputación Provincial de Granada, se acabó el colegio y la comida se convirtió en un artículo de lujo. «Íbamos a los comedores, una vez al día, ¡con el hambre que teníamos!», explica. En su cabeza retumbaban las sirenas. «Cuando las sentíamos era un 'corre que te pillo'. Íbamos buscando un sitio dónde meternos. Mi madre con un niño, mi padre con el otro... y corriendo nos metíamos en los sótanos con más miedo...».

Traumas infantiles, al fin y al cabo, que tardaron en diluirse. «Los bombardeos eran tremendos. He estado pegando chillidos en la cama hasta después de casada. De las pesadillas que me daban me tiraba al suelo. Tenía las rodillas negras», apunta Serafina. Habla de sus padres con admiración. Él, corredor de grano. Ella tendera. El negocio familiar hubo que cerrarlo pero hizo acopio de una cosecha de lentejas. Por fortuna. «Mi madre se quedó con todas las que pudo. Un día comíamos arroz, otro lentejas, pero no nos faltó». También porque su padre practicaba el trueque con los «cortijeros». Jabón, hilos o calcetines a cambio de huevos o trigo.

Distintas miradas de una misma guerra. Todas inocentes. Todas infantiles. La memoria histórica en carne y hueso. Con arrugas. Con canas. Con dolor.